La semana antepasada este columnista se equivocó en un dato: escribió que el terremoto y posterior tsunami acaecido en la mitad del territorio chileno, había ocurrido el año 2009. De manera inconsciente, asocié dicha calamidad con la primera (y última) Trienal de Chile, llevada a cabo en el país entre octubre y diciembre de ese año. El curador de una de las muestras de la Trienal, el español Fernando Castro Flórez, había anticipado el desastre natural ulterior, titulando su propuesta con el fatídico nombre de “El Terremoto de Chile”.

Esto sugiere la siguiente idea (algo avistado por la historia del arte): que el lenguaje estético estaría en condiciones de anticipar eventos ocurridos a nivel histórico y cultural. Como toda premonición, lo natural es que ocurran errores. Las turbulencias nunca son exactas (pregúntenle a la ONEMI). Los yerros a nivel estético son siempre productivos. Basta con repasar la tradición del arte: está infectada de interpretaciones equívocas de fábulas religiosas (confundir la decapitación de Holofermes con Juan Bautista, por ejemplo), de trazos pictóricos imprecisos, de erradas concepciones de las leyes de la composición y la perspectiva, etcétera.

En materias estéticas, los yerros, motes y desaciertos no siempre reproducen las ineficiencias a nivel económico o, como ha ocurrido en el país, los fiascos perpe-trados en el último censo republicano.

A nivel estético –parafraseando a Nietzsche- no hay nunca que “mostrar los cinco dedos”; no hay nada que probar, nada que demostrar. Los artistas que explican conscientemente su obra no son más que unos psicóticos empedernidos. Esto es algo que tiene enferma a la educación universitaria del arte en Chile.

El teórico francés Roland Barthes no fue indiferente a los errores intelectuales. Le daba un carácter simbólico a los yerros del pensamiento. Afirmaba que primero escribía sus textos a mano, para luego transcribir los resultados en las pretéritas máquinas de escribir (antes del desarrollo computacional). Todo quedaba a la suerte del cansancio (la droga perfecta). Decía que le gustaban las letras ampu-tadas: reemplazar, por ejemplo, la “m” por la “n”.

Había que amputarse una pierna, privilegiar letras con dos extremidades en lugar de tres. Todo en pos de conseguir errores productivos. Citemos uno de sus más sugerentes pensamientos: “Estos errores mecánicos, por no tratarse de deslices sino de substituciones, remiten a un tipo de perturbación muy distinto a las singularidades de los manuscritos: median-te la máquina el inconsciente escribe con mucha más seguridad que en la escritura natural, y podría imaginarse un grafoanálisis mucho más pertinente que la sosa grafología; es cierto que una buena mecanógrafa no se equivoca: ¡no tiene inconsciente!”

A veces los artistas mateos son como las frías y perfectas mecanógrafas: ¡es que no tienen inconsciente! Siempre están dispuestos a mostrar los cinco dedos. Prefieren de manera obtusa las letras completas, libres de amputaciones.

He escuchado de ciertos editores de libros afirmar que existen grandes escritores disléxicos y que entregan los textos llenos de erratas (algo que caracterizaba los envíos de Proust). Lo mismo se puede decir de las artes visuales: grandes artistas que los sosos descalifican porque “pintan mal”. Los lerdos confían siempre en las reglas y códigos instituidos; les fascinan las fórmulas, los regímenes establecidos y el respeto por las legalidades de todo orden. Son los que más sufren con los desastres naturales; no soportan que se derrumben las estructuras y que se desborden los lechos marinos.

El arte –cuestión de turbulencia y desarreglo- está más cerca de los desastres naturales que de las transcripciones escritas a la perfección (un caso ejemplar: la pincelada y el dibujo visionario de Van Gogh, ilegibles para el público y la crítica oficial de la época). A veces es mejor escribir y pintar con la mano zurda o, como decía Picasso, “aprender a pintar de nuevo”.

Se trata de algo que la mencionada curaduría de Castro Flórez puso en evidencia. No hay nada más chileno que la turbulencia desplegada por la naturaleza. Lo ha afirmado recurrentemente el poeta Nicanor Parra: “Chile es un paisaje y no un país”. No es casual que el género pictórico que ha imperado en el país sea el paisaje. La violencia de la naturaleza es el fondo estético de la madre patria. Calza a la perfección con la imagen dionisiaca del mundo pregonada por Nietzsche. “El fondo de la tragedia es la risa”, escribió el pensador alemán. Lo mismo que imaginar –como lo hizo Artaud en su concepción del teatro de la crueldad- la figura de un loco muerto de la risa sobre un cúmulo de cadáveres infectados en alguna pandemia medieval. Pensar de otra manera sería lo mismo que imaginar el territorio como lo haría una secretaria perfecta, anodina, desodorizada, con aroma a lavanda: las mismas que no cometen errores.