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Conforme se mostró el abogado y premio nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, Agustín Squella, con el anuncio que hizo la Presidenta Michelle Bachelet sobre el camino que seguirá el proceso para dar vida a una nueva Constitución, asunto que recaerá en el próximo Congreso, el primero elegido con la reforma al binominal.

“Me parece bien trazado, con sensatez, con cordura, con realismo, incluso con sobriedad, lo cual causa la irritación tanto de los que no quieren oír hablar de una nueva Constitución, como de los que creen que un país puede cambiar de Carta Fundamental al modo como en una habitación se pasa de la oscuridad a la luz: apretando un simple interruptor”, opina.

Sobre el hecho de que la definición recaiga en los parlamentarios que serán elegidos en los comicios de 2017, manifiesta que “no sería jurídicamente correcto ni tampoco institucionalmente deseable que un proceso constituyente pasara por fuera del Congreso Nacional. Siempre se ha dicho, y me parece a mí que eso está muy bien, que el camino hacia una nueva Constitución tiene que pasar por las vías institucionales que tenemos actualmente en el país, nos guste o no nos guste. Me parece que haberlo propuesto de esa manera es una muestra de seriedad, aunque a algunos o a muchos nos pueda dejar con la sensación de que va a tomar mucho tiempo o más del que uno querría y que no hay, por cierto, ninguna seguridad de que la mayoría de nuestros congresistas, sobre todo pensando en la oposición, se sume como debería ser a este proceso”, afirma en diálogo con La Tercera.

 

Sobre las críticas respecto de que se chuteó la definición, generando como consecuencia más incertidumbre, la respuesta de Squella es clara:  “¿Se imagina usted la incertidumbre que habría provocado, quizá con mucha mayor razón, que el camino hubiera sido más corto o más instantáneo como han propuesto algunos de que una nueva Constitución se podría producir a partir de una asamblea constituyente gestada por un simple decreto supremo de la Presidenta de la República? A este gobierno, que tiene puntos a su favor y que desde luego tiene varios, y a veces muchos, puntos en contra, le está pasando algo injusto, pero que les suele pasar a todos los gobiernos: le dan porque bogan y le dan porque no bogan. Si el camino que se trazó es muy largo, bueno, qué lástima, pero la incertidumbre se va a prolongar por tres o cuatro años. Si el camino es muy corto, la incertidumbre se transformaría en pánico para los sectores que esgrimen la palabra incertidumbre como una suerte de conjuro frente a una sociedad que está en cambio y no porque lo quiera obstinadamente un gobierno, sino porque está en cambio, nos guste o no, hace ya muchos años. “Incertidumbre” parece ser la palabra favorita de quienes no quieren la más mínima reforma en ningún campo. Una palabra aún más rara en boca de empresarios y emprendedores de actividades económicas, donde la incertidumbre es pan de cada día y hasta un estímulo para atreverse a hacer cosas. Que un empresario se queje de la incertidumbre es tan absurdo como si un futbolista lo hiciera porque habrá roces con los jugadores contrarios cuando empiece el partido. Roces, digo, nofouls”.

 

Squella también se define acerca de cómo debe ser esta nueva Constitución que resulte de la hoja de ruta trazada por Bachelet.

“El peor error sería aspirar a una nueva Constitución que fuera la revancha contra quienes impusieron la de 1980. Porque la impusieron, ¿no? Ella fue redactada entre cuatro paredes, retocada finalmente por la mano del propio Pinochet y un par de asesores, y consultada en un plebiscito típico de toda dictadura, sea esta de izquierda o de derecha: sin partidos políticos, sin prensa libre, sin registros electorales, sin apoderados opositores en las mesas receptoras de sufragios, y utilizando el papel más delgado posible. Porque así fue, ¿no?

La nueva Constitución tiene que ser la del país y no la de la parte de un país que pone el pie sobre la otra. Felizmente, yo no he escuchado a nadie de gobierno que esté pensando la Constitución en términos de un desquite y tampoco de retroexcavadora, otra palabra, esta última, que la derecha adoptó como conjuro ante cualquier posible nuevo cambio”.