Entrevista a Herman Koch, escritor holandés: La normalidad como un campo minado siempre a riesgo de estallar

Entrevista a Herman Koch, escritor holandés: La normalidad como un campo minado siempre a riesgo de estallar

Lo primero que hace es preguntar por Chile. Dice que ha estado viendo las noticias. Que está preocupado. Preocupado y pendiente. No solo de nuestro país. También de Barcelona, donde vive su hijo. Son tiempos raros para hacer entrevistas y él lo sabe. Responde siempre cordial, en un español perfecto. A ratos me dice que ha pasado un tractor, yo escucho de vez en cuanto a los pájaros cantar de su lado de las cosas. Él me responde desde el campo, yo le pregunto desde las alturas de un edificio que mira a un Santiago que marcha y protesta. Se trata de Herman Koch, escritor holandés de importante trayectoria y uno de los invitados del cancelado Festival Puerto Ideas, en el cual venía a conversar sobre “Lealtad filial y decencia pública”, un tema que hoy es de suma urgencia.

Es fuerte ese primer título pero sin dudas muy acorde a la obra del escritor holandés. Y es que los libros de Koch se sumergen en problemas que dejan incómodos a sus lectores, una incomodidad productiva, tal vez, que obliga a repensar ideas y prioridades. Una incomodidad que pregunta, entre otras cosas, hasta qué extremos es capaz de llegar un padre o una madre por sus hijos. Así, en una de sus novelas más famosas, La cena (llevada el cine hace poco tiempo y que lo hizo merecedor de importantes premios), dos hermanos y sus parejas (uno candidato a primer ministro, el otro un profesor que guarda más de algún secreto) discuten sobre un crimen cometido por sus hijos: dos chicos que nunca parecían haber dado problemas hasta que, en un incidente de violencia desbordada, atacan a una indigente que dormía en una caseta de un cajero automático, causándole la muerte (caso que Koch tomó de la vida real).

En otro de sus libros, Casa de verano con piscina, un médico se aloja temporalmente con su familia en la casa de veraneo de un adinerado actor y una de sus hijas sufre de un doloroso incidente por el cual decide tanto resguardar las apariencias como cobrar venganza. En Estimado señor M un escritor es acosado y confrontado por un hombre sobre el cual ha escrito una novela de gran éxito y en la que parece haber tergiversado las cosas más de la cuenta. En su última novela, Sospechas, el alcalde de Amsterdam se pregunta por la fidelidad de su mujer a la vez que se enfrenta a las decisiones de sus padres (que quieren terminar voluntariamente con sus vidas antes de necesitar que sus hijos cuiden de ellos), la violencia que suponen los actos cotidianos y la paranoia que pueden desatar las redes sociales y las aplicaciones de los celulares.

En todas ellas, la normalidad es vista como un teatro de apariencias, una barrera frágil bajo la cual está siempre latente la violencia, la normalidad como un campo minado siempre a riesgo de estallar. Una normalidad bajo la que subyace una corriente de secretos o, como  comentó Koch en otra entrevista: “las vidas secretas que todos llevamos: cómo nunca podemos conocer realmente a una persona (el tipo amable que se sienta junto a nosotros en clase de matemáticas puede bien ser un asesino).”

Sobre secretos, vigilancia, el peligro de la normalidad, lo políticamente correcto y sus libros, hablamos por teléfono con Herman Koch.

Yo creo que dialogas de una manera muy desconcertante con todo lo que está pasando. Esa normalidad que siento que reflejas en tus libros pero que es una normalidad frágil y que en cualquier momento cae un alfiler y explota, ¿no? Tus libros tratan de las vidas secretas que llevamos todos y creo que, en La Cena y en tu último libro, esas vidas secretas están estrechamente relacionadas con las tecnologías y las redes sociales. Tanto en La Cena como en Sospechas, la trama avanza gracias a que un padre mira el celular de su hijo, o se revisan los emails y horas de conexión de Whatsapp de una pareja, las llamadas perdidas, o las fotografías o videos sacados con el teléfono.  ¿Cómo ves tú las tecnologías en relación a lo que escribes (en tanto a tus temas y en tanto tu práctica como escritor)?

Yo creo que como escritor soy lo mismo que la otra gente. Incluso La cena puede sonar un poco antigua porque Whatsapp no existía hace diez años. No había ni Twitter. Seguro que yo habría hecho al político usar Twitter en La Cena. Yo creo que en los libros simplemente reflejas la sociedad. Yo personalmente debo decir que no uso las redes sociales. Que no tengo ni Instagram ni Facebook ni Twitter ni nada. A mí me gusta estar un poco escondido (se ríe). Un poco una vida privada donde no tengo que dar opiniones inmediatamente porque la gente en Twitter se siente como presionada de comentar sobre todo, ¿no? Y esta tentación yo no la tengo. Entonces, en un aspecto, yo no estoy nada adaptado a la modernidad pero sí me he interiorizado bastante bien sobre cómo funcionan todas estas cosas.

Y, en relación a esas vidas secretas de las que hablan tus libros, ¿te parece que las tecnologías facilitan el llevar esas vidas secretas o han potenciado el llevar una vida virtual paralela a la vida real?

Mmm. Justo pensaba que, cuando yo tenía 17 años, me iba de viaje por Europa y mis padres no tenían ni una idea de dónde yo estaba. Y entonces, mi vida secreta era muchísimo más secreta que la vida de los jóvenes ahora, por ejemplo. Hoy, un padre manda un mensaje y dice “bueno, contesta, dónde estás, qué tal te va por Roma”, y entonces incluso un jovencito se puede sentir presionado, con “hey, tengo que contestar a mis padres si no se van a preocupar”. Y es un poco una presión de que nunca más te puedes desconectar y eso vale también por parejas, por amigos…

Se desata una especie de paranoia…

¡Sí! Y un poco yo veo la presencia de esta vida secreta un poco más fácil antes de estas tecnologías. Porque me acuerdo de que a veces yo estaba un mes viajando en autostop por el Este de Europa y mis padres decían “llama” y uno tenía que ir a una cabina, con un montón de monedas. Y luego podías decir a tus padres: “era tan difícil, no podía llamar”.

Pero también la tecnología puede ayudar a crear nuevas ficciones, ¿no?

Sí, yo estoy pensando en eso todo el tiempo porque sí que me llama la atención. Me da curiosidad qué impacto tiene mi vida privada…yo también estoy en grupo, no estoy totalmente desconectado, tengo Whatsapp…pero esto sí lo veo como un lado más divertido de comunicar. Pero claro que en ficción hay muchas posibilidades con las nuevas tecnologías. Y yo creo que, sí, que hay que usarlas todas. Yo me informo sobre cómo funcionan: todas esas cámaras de vigilancia y hasta dónde puede llegar todo eso; que todo esté grabado.

Te han dicho en otras entrevistas que tus personajes son poco queribles, que tus narradores son poco confiables y tú contestas que nadie es confiable completamente, que siempre estamos mostrando distintas facetas de nosotros mismos, que eso es lo más humano que hay. Y yo pensaba que tus narradores más que ser poco confiables me parecen un poco más paranoicos, en el sentido de que, por lo menos en tus últimos cuatro libros, siempre están cuidándose las espaldas, no queriendo revelar cierta información, le cambian el nombre a la mujer, a la hija, como si todos estuvieran casi contestando un interrogatorio policial, todos muy conscientes de que sus palabras pueden ser tergiversadas, pueden ser utilizadas en su contra.

Sí, es verdad, tienes completamente razón. Es cierto que en general los lectores, los críticos, se fijan más en que son narradores poco fiables, que puedes no saber si es la verdad, pero es justo lo que tú dices, están casi pensando “si alguna vez todo esto sale a la luz, yo al menos he dado mi versión y es una versión creíble para el mundo de afuera o incluso [para] alguien que viene a investigar”. Una cosa es mentir, que ellos creen que no están mintiendo, que no están diciendo barbaridades, y otra omitir algunos datos de alguna cosa que ha pasado. Piensan que igual no es lo mismo callarse sobre una situación, o callarse sobre un nombre, así no les pueden decir “usted estaba allí y ha dicho tal cosa”, porque no lo ha dicho nunca.

Entonces ¿crees tal vez que tus narradores integran esa sensación de vigilancia [de la que estábamos hablando anteriormente], esa vigilancia interna,  la sensación de que siempre lo que yo diga puede ser usado en mi contra?

Sí, sí, yo creo que sí. Y claro que, en el caso del último libro, esta vigilancia interna como tú dices es dirigida a su mujer, a su esposa, cuando ella dice “Vale, tomemos una última copa”, él inmediatamente piensa, “ah, claro que dice esto porque si no yo sospecharía que estaba demasiado cansada y tiene otra relación con el concejal”. Y todas las frases que la gente le está diciendo las está interpretando, lo que ve también lo está interpretando, sin dar spoilers, y piensa: ¿he visto realmente a mi padre pasar en un descapotable o igual era otro tío mayor que se parecía mucho a él? Porque, cuando confrontas a una persona con un “¿qué haces aquí?“ ya estás comprometido, no puedes escapar. [En Sospechas] este alcalde busca pruebas pero no las quiere encontrar. Ya sea conscientemente o inconscientemente. Su idea, creo yo, es que si no encuentro pruebas igual no ha ocurrido nunca, es solo paranoia mía y podemos seguir con nuestra relación. En el momento en el que le dices a tu pareja “siéntate, tenemos que hablar”, el daño ya está hecho.

Y lo interesante y genial que logras ahí, me parece, es que logras transmitirle la paranoia al lector. Además de que en este caso pones también en juego la división entre lo público y lo privado/secreto.

Claro, una cosa es que un hijo tuyo haya hecho algo o sospeches que tu pareja te engaña, pero otra es que eso después pueda aparecer en todos los periódicos, que sea público. Entonces también está la lucha, en La Cena, entre la vida privada y la vida pública. El hermano, el narrador de La Cena, quiere ser lo más privado posible y no puede porque está conectado a esto. Esto me hace pensar en las hermanos y hermanas de alguien que de repente se ha casado con un presidente, un rey o con una reina, que acaba su vida privada, pero también la de los hermanos. Y hay muchos casos, sobre los que he leído, que lo han tomado muy mal y han caído en depresiones o peor. Letizia ha tenido una hermana que se quejaba muchísimo de que se le había acabado la vida privada, y acaba de suicidarse. Porque al menos en un alcalde y un futuro primer ministro han optado, de libre elección han dicho “vale, vamos por esto”, pero los familiares no, ni los hijos, a veces. Yo también lo he tomado de mi propia experiencia, yo soy relativamente conocido y gente, no todo el mundo, me reconoce por la calle y entonces te das cuenta: si ahora voy por aquí completamente borracho, gritando insultos, se van a enterar todos porque va a salir luego en la prensa. Siempre pienso “tengo que comportarme en público” y eso lo he usado un poco en las novelas.

Claro, en Estimado señor M, por ejemplo, está mucho. Ese rol público de los escritores, y que lo he leído en tus entrevistas también, de que a los escritores se les pregunta de todo, de pronto se convierten en líderes de opinión, tienen que tener una opinión sobre todas las cosas…

Y tú igual no quieres dar tu opinión sobre todo. Te ven como alguien inteligente que puede dar su opinión y pasa a menudo que hay escritores y lees entrevistas que piensas cómo puede ser que este escritor escriba libros y luego piense que es mejor callarse.

Pensaba en tu charla de responsabilidad pública y pensaba ¿qué te cautiva de las relaciones familiares? ¿Qué te llama la atención de esas relaciones familiares y esa lealtad a toda prueba?

Para empezar, tengo que decir que, cuando yo empiezo una novela, no tengo ningún plan, ningún esquema. Tengo el punto de partida, y luego todos estos otros temas salen porque surgen, naturalmente son temas de los que quiero hablar y entonces pienso “esto cae bien en esta novela”, “esta historia justo cabe bien aquí”. Por ejemplo, el alcalde que no sabe si su mujer lo engaña, yo, escribiendo toda una novela, tampoco lo sabía. Porque yo pienso que la única manera en que lo puedo escribir, la así llamada paranoia, solo lo puedo hacer si yo no sé si es verdad o no, hasta muy cerca del final. Al terminar, a veces yo tengo que releer mi propio libro para saber qué ha pasado.

Y que se relaciona también con algo que has dicho en otras entrevistas: que te importa dejarle preguntas al lector, no todas las respuestas, en tus libros nunca cierras todos los hilos ni dejas al lector tranquilo con una explicación para todo.

No, eso no me gusta. Un final muy película de Hollywood no me gusta. Yo lo dejo un poco entreabierto y la prueba es que muchas veces lectores me preguntan “¿y qué enfermedad tenia éste?” Y, sobre lo que preguntabas antes a propósito de las familias, yo veo que, en mis libros, todas las familias, más que una familia, son un clan que no quiere que se meta gente de afuera. No quieren que se meta la policía, ni tampoco los asistentes sociales, los psicólogos, la prensa, que piensan “por favor déjanos que tenemos que defender nuestra vida privada”. Hasta el punto en que Claire [la mujer del narrador de La Cena] toma la decisión del final que le demuestra a su marido que estuvo a punto de desbordarse, de cruzar esta frontera, de poner los secretos de la familia a plena luz de todos.

¿Y puede ser que esa protección de los secretos vaya de la mano con una desconfianza de los canales regulares, de las autoridades, y por eso todos llevan la venganza al final a sus propias manos?

Piensan que una solución que saca todo a la luz es una solución equivocada. En Casa de verano con piscina el narrador piensa “si llevo esto al tribunal y mi hija tiene que contar todo esto una y otra vez puede ser más dañino, mejor que curen las cicatrices antes e intento una venganza personal”. Y pasa lo mismo en La Cena, todo lo que ha pasado tiene que quedar dentro de nuestra familia, el caso del alcalde [de Sospechas]también piensa que lo peor que puede pasar no es solo que salga a la luz sino que no tiene que salir a la luz dentro de la propia familia porque para su hija también sería una muy mala experiencia darse cuenta de que no forma parte de una familia feliz.

En un minuto de tu libro Estimado señor M dices: “Un lector lee un libro. Si el libro es bueno, se olvida de sí mismo; eso es lo único que tiene que hacer un libro. Si mientras lee, el lector no puede olvidarse de sí mismo y piensa en el escritor constantemente, el libro es un fracaso. Esto no tiene nada que ver con disfrutar de la lectura. Quien quiere disfrutar se compra una entrada para la montaña rusa.”]¿Te parece que una de las funciones de la literatura hoy tiene que ser la de incomodar, de sacarnos de nuestro sitio?

No sé, porque depende mucho del lector, de quien lo lee. Porque yo tengo reacciones muy diferentes a mis libros. Gente que dice, “ay todo el tiempo estaba muy incómodo leyendo”, y otros que dicen “ay qué bien que dices tantas cosas que son verdad y que antes incluso no me había atrevido ni a pensar”. Yo creo que el libro tiene que hacer las dos cosas (incomodar y que los lectores vayan teniendo sus dudas durante el libro) pero creo que nunca hay que olvidar que el libro también tiene que entretener y que tienes que tener ganas de pasar a la siguiente página.

También haces esa distinción en Estimado señor M, cómo hay veces en que quieres comer comida muy sofisticada y a veces uno quiere solo comerse una hamburguesa. Cito: “Había otra diferencia entre la literatura y el resto de los libros. En esencia, era como la misma comida en dos restaurantes distintos. A la derecha está el restaurante de las estrellas Michelin, a la izquierda, un Burger King o un McDonald’s. No todos los días te apetecen bocados refinados, no siempre quieres llevarte a la boca un trocito minúsculo de foie presentado en un plato casi vacío. A veces te apetece una hamburguesa con beicon y queso fundido, un bollo blando y empapado, que la grasa te gotee por la barbilla. Pero eso siempre va acompañado de un sentimiento de culpa.”

Sí, las dos cosas. Y a veces la gente se siente culpable y es casi como una confesión: “bueno, yo he estado en el centro de Paris donde está toda esta gastronomía y me he ido al McDonalds, porque en este momento tenía muchísimas más ganas de una hamburguesa que caracoles en salsa de ostras”.

Leí que tu rutina como escritor es escribir todos los días pero por poquito tiempo y te quería preguntar si tienes una “disciplina” (por usar una palabra) como lector: ¿cómo lees, cómo buscas los libros que vas leyendo? ¿Lees libros relacionados con lo que estás escribiendo o dejas de leer cuando estás escribiendo?

No, yo siempre sigo leyendo. Incluso, siguiendo con lo de la hamburguesa, yo a veces leo libros de baja calidad porque me relajan más que libros muy bien escritos y con muy buenas ideas. Por ejemplo, tarde en la noche no suelo leer libros muy-muy buenos porque me hacen pensar y también pensar si puedo yo también robar algo de allí. Pero siempre leo, porque otros escritores y otros libros siempre me dan ideas. Pero creo que leo menos que cuando tenía veinte años, eso sí. También hago, no sé como será en Chile pero me imagino que será igual, que la gente ve muchas series. Justo lo último que acabamos de ver ayer es Mindhunter. Me gusta mucho el ambiente. Luego también Big Little Lies, a mí me encanta. Las dos temporadas. Pero sí yo veo aquí, entre mis amigos, que hay gente que ha dejado de leer. Que antes leían libros y ahora están viendo series. Y yo no. A mí siempre me gusta más leer un libro que ver una serie. Pero es  cierto que es una cosa que puedes hacer en compañía porque, en general, si estás como yo, en pareja, es algo que haces juntos mientras que, leer, cada uno lee su libro.

¿Y qué libros buscas? Yo leí en tus entrevistas que decías que cuando joven estudiaste y leíste mucho a los rusos pero que ahora lees más a escritores norteamericanos. ¿Hay algunos que sean importantes para ti?

Esto lo veo siempre difícil. Porque es más que tenían importancia en su momento. A veces los hojeas y te das cuenta, “vaya, esto ha cambiado”. Un libro te puede producir un impacto que no lo tiene años después. No sé verdaderamente decirte qué libros son tan importantes. Pesa más la totalidad de libros leídos: de novela negra, clásicos rusos, Madame Bovary. Pero tengo que decir que en general leo menos. Suelo viajar en tren y antes iba con un libro y ahora voy mirando el paisaje.

¿Y literatura latinoamericana o chilena? ¿Te has acercado a ella?

Yo he leído varios de Bolaño. Algunos me gustaron y otros me parecieron muy largos.

Tampoco sé que tanto está traducido…

Eso no, porque muchísimo está traducido. Aparte que yo soy un poco una excepción porque puedo leer en el original. Pero leí mucho en su momento a García Márquez y Vargas Llosa. Aquí estaba todo. Y a partir de allí hay muchos escritores traducidos. Por ejemplo Valeria Luiselli está muy de moda, muy leída, en Holanda. Recibe buenas críticas.

¿Y de Chile qué sabes?

¡Muy poco! ¡Y es que estáis tan lejos! (se ríe). No, en serio, yo he seguido la historia de Pinochet, de Allende, de la dictadura, los libros, las películas, teníamos mucha consciencia de lo que estaba pasando en Chile entonces. Y no sé si ustedes vieron venir [lo que está sucediendo ahora] pero la reacción acá en Holanda y en España es un poco: “¿qué está pasando allí?” Y supongo que esto también era una señal de que no sabíamos nada. Porque seguro que vosotros pensábais, “bueno, pero esto ya llevaba un buen tiempo en el aire, pasa en cualquier momento”, ¿o no?

Sí, y por eso creo que tus libros dialogan de forma muy perturbadora con este momento: estas apariencias donde parece que todo está bien hasta que deja de estarlo y entonces explota. Como en tus novelas en las que siempre estalla la violencia y siempre en escenarios muy bellos. Escenarios de familias de vacaciones, acomodadas, de mucho lujo, y de repente de este foie gras, del que hablabas, sale una bomba. Y quería preguntarte por lo políticamente correcto, cómo se representa en tus novelas como algo (potencialmente) peligroso a ratos.

A mí me interesa mucho, en el terreno de la novela, expresar opiniones políticamente incorrectas aunque sea por parte del narrador, gente que está dentro de una misma mesa o una discusión. Y yo creo que siempre hay muchas cosas, temas grandes, económicos, del clima, y nunca hay un solo lado y piensas “lo humano sería hacer esto, pero lo económico sería hacer esto o lo más sensible sería hacer esto.” En una novela puedes poner todas las opiniones y esto a veces echa una luz sobre un asunto que normalmente no entra en una discusión pero que, en una novela, sí puede entrar muy bien. Y esto es lo que a mí me gusta y tengo que decir que los mismos pensamientos políticamente incorrectos a veces los tengo yo (pero solo los tengo durante unos momentos, mientras escribo) y estoy siempre investigando hasta qué punto puedo llegar en pensar estas cosas. Yo creo que es un terreno interesante y que como escritor es una pena si lo dejas ahí.

¿Y te parece que hay una responsabilidad también de parte de los escritores en tratar algunos temas? Pensaba en Estimado señor M y ese escritor que quiere contar una historia real y llega a alterar (no quiero dar spoilers) esa historia. ¿Qué pasa con el escritor cuando se enfrenta a material real y tiene que trabajar con él y dar un testimonio de alguna manera?

A mí, la verdad, me parece que tiene que haber un mínimo de interés personal. Y yo por ejemplo, tengo algunos temas que pienso, bueno, allí no voy a entrar, simplemente. Porque no me da la gana y porque no me interesa demasiado. Algo personal tiene que estar allí e incluso tú mismo sentirte incómodo. Yo pensaba, por ejemplo, en La Cena, no iba a poner un político como Trump, que por supuesto en ese momento no existía. Voy a poner a alguien que cree en la justicia social y que es razonable porque es mucho más interesante. Porque todo el mundo, en general, está de acuerdo en que Trump es un loco, que está desvariando. Lo interesante para una novela sería justo tener un protagonista como Trump que hace algo muy bueno. No puedes negarlo, no puedes decir “qué mal que ha salvado a estos niños”, pero su carácter sigue siendo el mismo de Trump y esto me llama mucho más la atención que decir que, como escritores, vamos a condenar la política del presidente de Estados Unidos.

Quisiera preguntarte por tus planes futuros. Si estás escribiendo algo, si alguno de tus libros está siendo adaptado.

Bueno, yo sigo escribiendo. Tengo un libro que va a ser publicado en Holanda en Enero. He terminado ya casi el siguiente

Y, estos libros nuevos, ¿trata alguno de estos temas que hemos hablado?, ¿hay una continuidad con tus últimos libros?

No totalmente. El siguiente es bastante personal, bastante autobiográfico: en él el “Yo” se llama Herman Koch. Pero allí también empiezo a fantasear. Y es que tampoco el propio escritor es un narrador muy confiable…

Por último, ¿hay algún tema sobre el que aún no hayas escrito pero que te genere curiosidad?

Yo, desde hace mucho, he pensado en libros como Madame Bovary y Ana Karenina, cómo sería un libro así ahora. Claro que los tabúes de esa época ya no existen. Pero a mí, a veces, me gustaría escribir un libro así, con una pinta casi clásica, y con una mujer fuerte de protagonista que tiene una historia igual que Madame Bovary o Ana Karenina.

Traducirlo a hoy día.

Pero todavía no se me ha ocurrido. Lo tengo pendiente.

Comentarios
Sabía ud que... A VECES CANTO ODAS, OTRAS VECES SOLO ALGUNOS MINUTOS. -------------------------------- Sabía ud que... CUANDO HANNIBAL LECTER LEE UN LIBRO DE COCINA, PARTE POR EL ÍNDICE. -------------------------------- Sabía ud que... ME GUSTAN LAS ESCULTURAS GRIEGAS, AUNQUE A VECES NO TENGAN NI PIES NI CABEZA. -------------------------------- Sabía ud que... JOAQUÍN LAVÍN JR PASÓ DE SER UN ENTUSIASTA A UN ENTUSIESTA. -------------------------------- Sabía ud que... COMO NO VAN A DEJAR LIBRE A LOS LADRONES SI LES DICEN “HABLE AHORA O CALLE PARA SIEMPRE”. --------------------------------