Columna de Maximiliano Arce Castro: La fatiga de Haití y Cuba ¿existe una solución?

Tanto en Haití como en Cuba se están viviendo procesos históricos de crisis que deben ser vistos como una oportunidad para lograr una salida institucional que vaya de la mano con propuestas de la misma ciudadanía.

Mientras en Chile los ojos están puestos en la Convención Constitucional y la contienda electoral para suceder al Presidente Sebastián Piñera en La Moneda, varios kilómetros al norte de nuestro país unas protestas sociales inéditas y un magnicidio hicieron que el mes de julio -dejando de lado la infinidad de memes sobre Julio Iglesias- estuviese lleno de noticias.

El 7 de julio la noticia del magnicidio en Haití sacudió al mundo y este 14 de agosto lo volvió a hacer un terremoto de 7,2 grados en la escala Richter de magnitud, que hasta la fecha tiene un saldo de más de 1.200 y más de 5.700 heridos. Este desastre natural no solamente recordó las precarias condiciones en las que vive la mayoría de la población en Haití, donde existe una inflación que bordea el 25% anual, y donde según el Banco Mundial seis de cada diez personas son pobres, sino que le recordó al mundo entero la crisis política que viven luego de que el presidente Jovenel Moïse fuese asesinado en su residencia en la capital haitiana Puerto Príncipe, donde un grupo de hombres armados asaltaron la residencia, dejando además herida a la Primera Dama, Martine Moïse.

A la fecha son casi una treintena los sospechosos del asesinato del mandatario haitiano y una veintena de ellos han sido detenidos, la mayoría ex militares, pero aún sin tener a un culpable. Luego del asesinato, el primer ministro interino de ese entonces Claude Joseph declaró estado de sitio, provocando una lucha por el poder interno, que terminó finalmente en que Ariel Henry (ex primer ministro de Moïse) asumiera como presidente de Haití el 20 de julio, para preparar las elecciones presidenciales, parlamentarias y locales para septiembre, además de la realización de un polémico referéndum constitucional que busca reforzar el poder presidencial.

Varios kilómetros al norte de nuestro país unas protestas sociales inéditas y un magnicidio hicieron que el mes de julio -dejando de lado la infinidad de memes sobre Julio Iglesias- estuviese lleno de noticias.

Sabemos que Haití está sumido en una crisis democrática desde hace varios años, y este suceso llega a confirmar la tendencia de que no existe una institucionalidad suficientemente fuerte que pueda resguardar el estado democrático en el país.

Y es que la isla tiene una serie de características que definen de alguna u otra forma esa inestabilidad, como bien lo explican Daron Acemoglu y James A. Robinson en su libro “Por qué fracasan los países”: un círculo vicioso de instituciones y una economía extractiva donde un mismo grupo de personas manejan a su antojo el poder sin importar las consecuencias para la ciudadanía.

Por más intentos que existan por parte de organizaciones internacionales, si no se depura finalmente las malas prácticas, la corrupción y la mafia que existe detrás de ciertos grupos internos en Haití y que incluso afectan las donaciones y aportes de ayuda humanitaria que realizan diferentes países y ONGs, será muy difícil encontrar un camino democrático para tener una salida institucional y transparente sobre su futuro, y está en los mismos haitianos el poder organizarse -teniendo en cuenta que es el poder de las organizaciones de la sociedad civil es muy limitado- y definir una solución.

Sabemos que Haití está sumido en una crisis democrática desde hace varios años, y este suceso llega a confirmar la tendencia de que no existe una institucionalidad suficientemente fuerte que pueda resguardar el estado democrático en el país.

Y fue precisamente en otra isla, Cuba, donde días después -el 11 de julio- comenzaron una serie de protestas y movilizaciones ciudadanas que exigían respuestas y soluciones al gobierno de Miguel Díaz-Canel por la crisis provocada por la pandemia del Covid-19. Esto sumado a la crisis económica que ha provocado una mayor escasez de insumos médicos, alimentos y el aumento sostenido de los precios de los productos básicos.

Este grito desesperado de ayuda fue el puntapié inicial para que se sumaran más voces exigiendo libertad y democracia, mientras la policía reprimía violentamente a los opositores al régimen castrista, imágenes que de forma inédita para algunos se pudieron ver a través de redes sociales por primera vez gracias al internet de la isla, el cual días después fue interrumpido para que no se siguieran produciendo flujos de información al mundo.

Y así como en el estallido social en Chile, el Presidente Piñera aseguró que “estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada, ni a nadie, que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite”, su par cubano Díaz-Canel afirmó que estas protestas buscaban “fracturar la unidad de nuestro pueblo”.

Este tipo de estrategia se conoce en el mundo académico de las Relaciones Internacionales como “securitización”, proceso que crea la necesidad de identificar y combatir las amenazas existenciales a la seguridad con acciones de emergencia y medidas excepcionales, afectando la relación entre él y la ciudadanía, desde declarar estado de emergencia hasta utilizar la represión policial o militar para “controlar” la situación, creando nuevas imágenes de la realidad.

Y así como en el estallido social en Chile, el Presidente Piñera aseguró que “estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada, ni a nadie, que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite”, su par cubano Díaz-Canel afirmó que estas protestas buscaban “fracturar la unidad de nuestro pueblo”.

Tanto en Haití como en Cuba se están viviendo procesos históricos de crisis que deben ser vistas como una oportunidad para lograr una salida institucional que vaya de la mano con propuestas de la misma ciudadanía. Así como en Chile se logró dar cauce al estallido social a través de la Convención Constitucional -que por cierto no va a arreglar todos los problemas si no existe una voluntad política del sistema para realmente hacer los cambios necesarios y si no se condena a los responsables de las violaciones a los Derechos Humanos ocurridas durante las movilizaciones- es imperativo que ambos países puedan a través del diálogo encontrar una solución que refuerce la democracia y la participación real. Para eso se deben generar las condiciones de parte de todos los sectores políticos, económicos y actores de la sociedad civil. ¿Será esta la gran oportunidad para ello? Está por verse.

*Maximiliano Arce Castro es periodista, máster en Relaciones Internacionales, Seguridad y Desarrollo de la Universidad Autónoma de Barcelona. Trabaja como investigador en Geopol21.

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