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Columna de Rafael Gumucio: El Pelao como símbolo

No era lo que decía ser. ¿Pero si lo hubiese sido? ¿Si realmente tuviera el cáncer que decía tener? ¿Qué tipo de argumento político es tener o no tener cáncer? ¿Qué tipo de izquierda valida a un dirigente por no dirigir a nadie más que a sí mismo? ¿Desde cuando no haber hecho política nunca es mejor que haber perdido y ganado elecciones antes? ¿Cuáles eran las ideas, el proyecto constitucional del Pelao Vade? Nadie se lo preguntó nunca, porque nunca importó. Estaba enfermo, era del pueblo, protestó, ¿qué más se le podía pedir?

¿Por qué el Choclo Delano y Carlos Eugenio Lavín hicieron lo que hicieron? ¿Por qué Ponce Lerou hizo lo que hizo? ¿Por qué casi nadie se resistió en la política a caer donde cayeron? En todos estos casos y los de colusión y un largo etc., la explicación más simple es la mejor: hicieron lo que hicieron porque pudieron hacerlo.

Para explicar al Pelao Vade y a Diego Ancalao no existe tampoco mejor explicación que ésta. Lo suyo no es una caída al pecado desde una pureza que no existe, sino las consecuencias de una forma de pensar la política de la que hemos sido parte, como espectadores más o menos entusiastas todo este tiempo, pensando de manera más bien mágica que alabar a los que se saltan el torniquete del metro nos haría respetar mejor las reglas, cuando las reglas nos convinieran a todos.

Explicar los actos de corrupción en términos de caída y envilecimiento personal es la ruta más simple para no comprender nada. El Pelao Vade, el más interesante de todo el grupo, es un ser humano herido y complejo (y seguramente querible), pero es sobre todo y ante todo es un símbolo. Esa es de hecho su profesión: símbolo. Es justamente una de las novedades; su cuerpo escrito, sus catéteres en el pecho, su semi desnudez expuesta a la represión, lo convierten en una estatua viviente, un monumento en movimiento.

El Pelao Vade quería ser actor, pero se fue a trabajar a LAN donde viajó por todo el mundo sacándose fotos (más bien alegres). También vivió la contradicción de asumir su sexualidad y las heridas de una infancia mal cicatrizada. Su vocación de actor volvió a él cuando vio un escenario abrirse ante sus ojos lo suficientemente grande para sus ambiciones: la plaza llena de brazos saludando al unísono al sol. Ahí, semi desnudo, pudo ser quien siempre quiso ser: un inmortal que le gana tanto a la represión como al cáncer. Para ser uno de los líderes visibles del movimiento de transformación más grande de la historia de Chile, nadie le pidió ideología, trabajo territorial, pasado o presente político. Nadie lo hizo parte de ninguna orgánica, porque ésa era justo la gracia del movimiento: ser de todos y ser de nadie, no tener jefes, ni políticos, ni sindicatos, ni más reivindicaciones de las que pudiera llevar sobre la piel.

El Pelao Vade, el más interesante de todo el grupo, es un ser humano herido y complejo (y seguramente querible), pero es sobre todo y ante todo es un símbolo. Esa es de hecho su profesión: símbolo. Es justamente una de las novedades; su cuerpo escrito, sus catéteres en el pecho, su semi desnudez expuesta a la represión, lo convierten en una estatua viviente, un monumento en movimiento.

Al Pelao Vade para ser parte de la historia sólo se le pedía ser víctima. Lo era de muchas maneras complicadas y ambiguas, pero lo que le pedía octubre era justamente algo simple, visible, innegable, algo que indignara sin pensarlo mucho contra esta sociedad visiblemente injusta en que vivimos. El Pelao Vade pagó así su entrada a ese gran escenario que fue la calle en la primavera del 2019. Se inventó la enfermedad que la calle quería que se inventara, sufrió de una injusticia que todos sabían injusta, mezcló en su mascarilla la bandera mapuche y la palestina y se dejó fotografiar y filmar lo suficiente por diarios y canales de todo el mundo.

¿Quién podía decirle qué es verdad o qué es mentira al Pelao? El movimiento tenía como hito cero una quema masiva de estaciones del metro que podría haber coordinado incluso hasta los propios carabineros, ¿o los marinos? ¿o los anarquistas? ¿o los barristas de algún equipo de futbol? Hasta hoy no se sabe ni se quiere saber. ¿Qué importa quién hizo qué?, era el lema de un movimiento que luego llamó dictadura a un gobierno democrático y presos políticos a presos a quienes ninguna organización internacional encargada del tema llama así. La precisión, la verdad, tanto como la legalidad, fueron abiertamente relativizados porque lo que importaba era el que movimiento siguiera moviéndose.

Al Pelao Vade para ser parte de la historia sólo se le pedía ser víctima. Lo era de muchas maneras complicadas y ambiguas, pero lo que le pedía octubre era justamente algo simple, visible, innegable, algo que indignara sin pensarlo mucho contra esta sociedad visiblemente injusta en que vivimos. El Pelao Vade pagó así su entrada a ese gran escenario que fue la calle en la primavera del 2019. Se inventó la enfermedad que la calle quería que se inventara

A Rojas Vade sólo se le pidió ser. No era lo que decía ser. ¿Pero si lo hubiese sido? ¿Si realmente tuviera el cáncer que decía tener? ¿Qué tipo de argumento político es tener o no tener cáncer? ¿Qué tipo de izquierda valida a un dirigente por no dirigir a nadie más que a sí mismo? ¿Desde cuando no haber hecho política nunca es mejor que haber perdido y ganado elecciones antes? ¿Cuáles eran las ideas, los proyectos, el proyecto constitucional del Pelao Vade? Nadie se lo preguntó nunca, porque nunca importó. Estaba enfermo, era del pueblo, protestó, ¿qué más se le podía pedir?

Las prácticas de la Lista Del Pueblo son sin duda cuestionables, pero lo es mucho más la teoría. O más bien una cosa no viene sin la otra. La trampa no la hizo Rojas Vade, la trampa se la está haciendo la izquierda a sí misma al comprarse como renovación una política totalmente desnuda de pensamiento crítico, de espesor intelectual, en que la autoayuda se une con al autorrabia y la autogestión, convirtiendo el sujeto rebelde en una especie de pyme de sus identidades.

Hacer política sin política y una revolución sin estrategia de poder, no es menos imposible que tener leucemia e ir a la calle todos los viernes a recibir gases y chorros de agua. Un engaño lleva a otro. De los dos, el más inocente me parece a mí es el de Rodrigo Rojas Vade.

La trampa no la hizo Rojas Vade, la trampa se la está haciendo la izquierda a sí misma al comprarse como renovación una política totalmente desnuda de pensamiento crítico, de espesor intelectual, en que la autoayuda se une con al autorrabia y la autogestión, convirtiendo el sujeto rebelde en una especie de pyme de sus identidades.

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