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Columna de la convencional Margarita Letelier: Una constitución no sexista

Es absolutamente sexista pensar que debido a nuestro género tenemos más o menos derecho a ocupar un cargo. Indistintamente si el género es femenino o masculino, la capacidad de las personas no depende del sexo ni del género.

Seguramente una “constitución feminista” genere adhesiones instantáneas porque el adjetivo genera simpatías en una buena parte de la población. Sin embargo, antes de pensar en una Carta Magna encaminada en un sentido o en otro, es fundamental preguntarse: ¿qué implica que una Constitución sea feminista? ¿Cómo se vería una constitución así?

Es absolutamente sexista pensar que debido a nuestro género tenemos más o menos derecho a ocupar un cargo. Indistintamente si el género es femenino o masculino, la capacidad de las personas no depende del sexo ni del género.

La capacidad y el mérito se miden por la experiencia, el estudio, la constancia y vocación. Si queremos que los poderes del Estado representen lo mejor que tiene Chile, entonces que los integren las personas más merecedoras. Siendo una de las posibles beneficiarias de esta medida, me rehúso a aplaudirla porque no me conformo con que el criterio para acceder a un cargo sea una parte de mi que es una coincidencia, en lugar de todo aquello por lo que me he esforzado por lograr. Prefiero que la meritocracia se sobreponga a la paridad.

Si queremos que los poderes del Estado representen lo mejor que tiene Chile, entonces que los integren las personas más merecedoras.

La búsqueda de la igualdad en cuestiones de género tiene, al menos, dos vías: la fácil y la difícil. La fácil es asegurar cuotas, beneficios especiales y más para hacer efectiva una discriminación positiva. Lo anterior termina siendo una cobertura superficial a un hoyo enorme. Poco durará y el hoyo no se tapará. La difícil es asegurar que se nivele la cancha en el acceso a educación de real calidad y salud. Tanto hombres como mujeres, niños como niñas en Chile deben poder acceder a la mejor educación posible desde la parvularia. Esta es la única forma en la que en serio nivelamos la cancha y permitimos el desarrollo de las personas basado en sus capacidades. Por ello, más que igualdad sustantiva y discriminaciones positivas, prefiero invertir en mejorar la calidad y accesibilidad de los derechos a educación y salud en igualdad de condiciones. 

No se puede negar. Durante siglos, la mujer fue obligada a estar ausente del mundo académico y laboral para dedicarse a las labores de casa. Lo que hoy entendemos como violencia intrafamiliar se veía como un asunto privado en el que los poderes del Estado no debían intervenir. Las cosas han cambiado mucho y debemos seguir avanzando en la dirección correcta.

Prefiero que la meritocracia se sobreponga a la paridad.

Me rehúso a aceptar que hoy las mujeres somos solo víctimas, somos mucho más. Por eso, para mí, una verdadera constitución feminista será la que, sin privilegios, premie los méritos de las personas, garantice que podremos desarrollarnos con libertad y que asegure que ni el sexo ni el género determinarán mi futuro, ni para mí beneficio o perjuicio.

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