Crédito: Cristián Navarro Ugarte

La pérdida de inocencia de la escritora Montserrat Martorell

Luego de lanzar su tercer libro, “Empezar a olvidarte”, la también periodista y académica reflexiona sobre el ejercicio de la escritura, la memoria, el feminismo y la muerte. “Yo no escribiría si detrás del dolor que produce la escritura no hubiera también algo que sólo puedo vivir cuando estoy escribiendo”, dice la autora, quien se considera mucho menos inocente que cuando publicó “La última ceniza” en 2016.

Montserrat Martorell (33) siempre dice que los escritores van perdiendo la inocencia en la medida que publican y siguen narrando.

En su primer libro, La última ceniza (Oxímoron, 2016), “había algo muy intenso, de mucha pulsión, de mucha pasión respecto a la escritura”. Sin dudas algo que le gustó al público, dado que la obra obtuvo el Premio Lector en 2017 y se lanzó hace algunas semanas en Colombia a través del sello Palabra Libre.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la también periodista y académica de la Universidad Alberto Hurtado ha aprendido a dialogar más con los personajes. A preguntarse qué quiere contar, para qué y por qué. Fue algo que desarrolló primero con Antes del después (LOM Ediciones, 2018) -traducida al árabe el año pasado- y que sin dudas lo hizo con su último libro, Empezar a olvidarte (Editorial Turbina, 2021), que llegó recientemente a Chile.

“Yo me acuerdo que, con La última ceniza, podía estar siete horas seguidas frente al computador. Pero ahora tengo una relación más sana con mi propia literatura. Creo en esta idea de Hemingway que hay que dejar que el pozo se llene, que no hay que estar sacando el agua todos los días porque de lo contrario te vas a quedar seco”, comenta la escritora.

Esa relación sana consigo misma la llevó a desarrollar esta vertiginosa novela en la que profundiza sobre la ruptura de una pareja, la muerte, el alcoholismo, la infertilidad y el perdón. También es una obra poco convencional, porque se abre desde la prosa hasta la poesía. “Para mí es el género mayor”, dice la autora.  

Bolaño decía que uno nunca deja de escribir la misma obra. En ese sentido, todas las novelas son una suerte de continuidad de la primera. ¿Dirías que Empezar a olvidarte se relaciona con La última ceniza?

-Yo creo que sí. Y me doy cuenta, como persona que estudia la literatura, además de que la ejerzo, y siempre he tenido la sensación de que una muy buena manera de conocer a un autor o a una autora es seguirle la pista en diferentes épocas, en diferentes etapas de su vida. Yo recuerdo que era muy chica, tenía 18 años, me voló la cabeza Milán Kundera con La insoportable levedad del ser. Pero después vas descubriendo que esas ideas, las obsesiones del autor en realidad se empiezan a repetir.

-Y en tu caso, ¿qué te obsesiona?

-Hay muchas cosas que me siguen acompañando. A mí me interesan mucho los vínculos familiares, me interesa lo que está roto, lo que está quebrado, lo que no le contamos a nadie, esa idea como de la máscara detrás de la máscara de la que hablaba José Donoso.

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Montserrat Martorell explica que la memoria es otra de sus obsesiones: “Veo a una generación pasada que tiene muchas ganas de olvidar, olvidarse, evadirse, cambiar. Sé que muchas personas a veces terminan un proceso y sienten la necesidad de no hablar más sobre eso. Y yo creo que hay cosas que no se olvidan nunca, te acompañan para siempre”.

En ese sentido, la mayor parte de su nuevo libro es contada a través del ejercicio de la escritura del protagonista. En ese proceso, él se enfrenta a sus propios recuerdos y reflexiones de la relación con su pareja y de su dinámica familiar. “¿Cuántas cosas dejamos pasar durante una vida relativamente larga? ¿Cuántas caras? ¿Rostros? ¿Señales de idas y vueltas? ¿Despedidas? ¿Cuántas cosas terminan por ordenarse en nuestra cabeza como un llanto sereno y anunciante que tiene el nombre de una palabra que desconocemos, que trizamos, que rompemos? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que dejemos ir a una persona? ¿Para conocerla? ¿Para enamorarse? ¿Y el olvido? ¿Queda en algún lugar? ¿A dónde van todas esas cosas?”, se pregunta ese hombre.

Me interesa lo que está roto, lo que está quebrado, lo que no le contamos a nadie.

-A ese ejercicio de la memoria se suma la reflexión de qué es la muerte y el duelo. ¿Qué significa para ti eso?

-Mi relación con la muerte es particular. Me gusta escribir y hablar sobre la muerte. La tengo muy presente. Una vez leí que alguien decía que la muerte era algo tan viejo, pero siempre que nos acontece parece nuevo. Eso es fascinante: es un gran tabú todavía en nuestra cultura y sin embargo nos vemos enfrentados permanentemente a esa posibilidad. Entonces a mí me interesaba mucho eso, qué pasaba en la vida de un hombre en sus últimos días antes de morirse. Como, de alguna manera, hay algo que te dice que eso va a suceder, hay una conciencia media semidormida que te va alertando. Y después los significados que hacemos: ¿cuántas veces nos ha pasado que se muere alguien y nos acordamos mucho de sus últimos momentos y le damos un simbolismo que quizás no hubiera tenido si esa persona no se hubiera muerto?

-Una búsqueda frenética por respuestas…

-Claro. Yo creo que los seres humanos buscamos permanentemente respuestas y a veces la muerte por obligación te las trae.

Crédito: Cristián Navarro Ugarte

-En ese sentido, más allá de la fragilidad humana ante la muerte, tu narrador está dolido ante la ruptura. Como feminista, ¿fue intencional mostrar la vulnerabilidad del hombre en una sociedad que suele pedirles que sean “fuertes”?  

-Sí, me gustaría pensar que sí. En mis dos primeras novelas mis personajes protagonistas han sido mujeres. La novela que estoy escribiendo ahora -me gané hace muy poquito un fondo del libro- también es sobre mujeres. A mí me interesan las mujeres, profundizar en la escritura de mujeres, soy feminista, hago talleres donde solo vemos autoras porque creo que hemos vivido la vida siendo invisibilizadas. El Premio Nacional de Literatura se entrega desde la década de los 40 en nuestro país y solo cinco mujeres lo han recibido (Diamela Eltit, Marcela Paz, Isabel Allende, Marta Brunet y Gabriela Mistral), entonces a mí me interesan las mujeres y me interesan estas mujeres que, aunque están quebradas por dentro igual tienen una fuerza, un germen que las dispara, que las moviliza, que son resilientes.

-¿Por qué hablar desde un narrador masculino en esta nueva novela, entonces?

-La voz mayoritaria la tiene él y probablemente tiene que ver con esto que tú dices, con mostrar las partes más gastadas de un hombre también.

-En línea con lo que decías: hace un año tuiteaste “hay una generación de escritores para las cuales las narradoras no existimos”. ¿Dirías que esto sigue siendo así?

Cuando escribí eso, estaba saliendo de un taller literario de un escritor internacionalmente muy conocido, extranjero, y me llamó la atención que en cuatro sesiones él nunca citó a una mujer. Escribí eso pensando siempre en las escritoras que ya pasaron, en las escritoras que ya no existen, en las escritoras que no fueron reconocidas, como María Luisa Bombal, por ejemplo, que nunca tuvo el Premio Nacional de Literatura. Pensando en cómo la crítica literaria destrozaba a grandes plumas, como Marta Brunet. Uno va profundizando en las distintas áreas, en la música, en la pintura, en la literatura y se va dando cuenta de que ser mujer siempre va a ser mucho más costoso, va a ser más difícil. Yo creo que nosotras, la generación que vive hoy, tiene más oportunidades. Uno entra en una librería y se encuentra con narradoras, hay una cantidad enorme de narradoras latinoamericanas, y en el mismo Chile, mujeres jóvenes están escribiendo y tenemos poetas que podrían perfectamente ser mañana las próximas galardonadas con el Premio Nacional de Literatura.

¿A quiénes te imaginas ganando ese premio?

-Pienso en Verónica Zondek, en Soledad Fariña, en Elvira Hernández, por ejemplo. Te podría nombrar tantas escritoras de mi generación también… Pero siempre me quedo con la idea de que deberían ser más las mujeres que leemos. Yo siempre le digo a los hombres con los que converso que midan su biblioteca y me digan cuántas mujeres tienen en sus repisas, en los libros.

-¿Y qué respuestas has tenido?

-La otra vez un amigo me decía: “no Monse, cómo se te ocurre, yo tengo un montón (de libros de mujeres)” y dije: “vamos a ver”. Él tenía una biblioteca interesante, importante, pero solo tenía a tres autoras ahí. Entonces yo creo que es muy importante eso, que nos leamos, que pensemos la escritura, que leamos a las mujeres clásicas, que leamos la tradición que nos antecedió, la tradición de la que nosotros somos parte y que también leamos lo que se está escribiendo hoy, porque lo que se está escribiendo hoy es un registro del tiempo que vivimos y ese tiempo me parece fundamental. Porque cuando uno lee un libro, no solamente lee una trama: está leyendo también un tiempo, una manera de relacionarse, de formarse. Creo que esa comunicación que existe entre la persona que lee y la persona que escribe y el contexto de ambos se fusiona y se crea algo que puede ser incluso muy mágico también.

-Aun así, cada vez más mujeres son reconocidas por su escritura. Pienso, por ejemplo, en que Diamela Eltit obtuvo el FIL recientemente y Nona Fernández es finalista del National Book Awards… Como miembro de Auch! (un colectivo que aboga por mejorar las prácticas literarias hacia la mujer y la no invisibilización de su trabajo), ¿sientes que ha habido avances desde su fundación en 2019?

-Sí, sin dudas. Estoy desde la fundación de Auch! y ha sido muy bonito porque uno dice “qué increíble la cantidad de poetas narradoras, ensayistas, escritoras, que existían y que probablemente funcionaban en grupos más pequeños”… Pero aquí formamos una comunidad muy activa en la que se mezclan nuestros sueños: los sueños de conocer, los sueños de leer, los sueños de ser escuchadas.

¿Qué más te gusta de lo que han hecho?

-Me encanta la iniciativa “Té conté”: son unos afiches preciosos que mandamos a hacer y que dicen, por ejemplo, “té conté que el Nobel de Literatura se lo han ganado 100 hombres y 14 mujeres”; “té conté que a la Mistral no la incluían en las antologías”, etc. Se lo repartíamos a la gente y vimos el interés que había. Juntamos libros también y se los dimos a familias que la estaban pasando muy mal en la pandemia.

Cuando uno lee un libro, no solamente lee una trama: está leyendo también un tiempo, una manera de relacionarse, de formarse.

-¿Qué rol juega un libro en una pandemia?

-Creo que el libro es un lugar donde uno también se siente más acompañado. Un libro es una esperanza. Te permite transformarte, te permite viajar… Estoy muy contenta de haber sido parte de eso. Creo que es un camino muy largo, hay muchas cosas que se nos siguen ocurriendo permanentemente, pero tiene que ver con esta idea de cómo ir haciéndole el camino a las escritoras en un ambiente que siempre fue muy difícil ser mujer. Espero que algún día vivamos en un mundo donde uno no tenga miedo de ser mujer.

-En ese sentido, ¿qué papel tiene un libro como Empezar a olvidarte, en el que se expone directamente al lector la presión que siente la expareja del protagonista por casarse, por tener hijos, etc.?

-Lamentablemente todavía vivimos en un país muy conservador que te obliga a tener expectativas respecto a lo que debería ser la mujer adulta, a lo que debería ser el matrimonio, una relación de pareja. Pero yo tengo mucha esperanza, porque hoy más que nunca veo a amigos y amigas siendo completamente originales en su manera de vivir, en sus amores, en sus pactos, con mucha más honestidad que en el pasado. Y lo que espero en realidad cuando escribo es ponerle nombres a las cosas, decirlas en voz alta: hablar de la sexualidad, hablar del erotismo, hablar de aquellas cosas que a veces están un poquito más escondidas y que sin embargo están en nuestra cabeza. Yo creo que la literatura tiene que ser un lugar donde puedan salir cosas que nos lleven a lugares más transitables.

Espero que algún día vivamos en un mundo donde uno no tenga miedo de ser mujer.

­­-Finalmente, ¿a qué lugares más transitables pretendes llevarnos con tu próximo libro?

-Estoy sufriendo con este libro (se ríe). Se trata de la relación de dos mujeres con mucha diferencia de edad. Tiene que ver con la sociedad de la cancelación, de moralismo, de las redes sociales. Mi personaje protagonista se va a ver enfrentada a dudar de si fue víctima de una pedófila o si realmente tuvo una relación de consentimiento con una mujer mucho mayor. Me ha gustado meterme en ese lugar que puede estar lleno de luz y al mismo tiempo que puede estar lleno de oscuridad porque yo creo que la vida es eso, esta idea de Nicanor Parra como somos embutidos de ángeles y bestias o lo que nos dice la Alejandra Pizarnik, que toda herida es una luz… Yo no escribiría si detrás del dolor que produce la escritura no hubiera también algo que sólo puedo vivir cuando estoy escribiendo, que es el conectarme con emociones muy profundas, con lugares más escondidos y con los nuevos significados que me van alcanzando.

­-Seguirás perdiendo la inocencia entonces…

-Sí (se ríe).

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