Escritores y críticos dan su veredicto: 7 libros chilenos de culto que vencieron al tiempo

¿Cómo los han tratado los años? ¿Qué nuevas lecturas pueden hacerse? Siete libros locales cumplen décadas importantes este 2021: “La última niebla”, “Palomita blanca”, “El jardín de al lado”, “Frente a un hombre armado”, “Mala onda”, “Tengo miedo torero” y “Putas asesinas”. Aquí, escritores, críticos y académicos los analizan.

“La última niebla”, a 80 años de su publicación en Chile

“La novela está basada en mi primer amor, que terminó a balazo limpio”, contaba hacia el final de su vida la escritora chilena María Luisa Bombal (1910-1980). Se refería a “La última niebla”, su primer libro, que fue escrito durante su estadía en Buenos Aires y que con los años le dio fama universal: la historia recae en una sufrida mujer prisionera en un abúlico matrimonio con su primo y quien pasa sus días recordando y reviviendo la fugaz aventura con un amante. Esa mujer, la protagonista, era su propia autora.

“La última niebla” apareció por primera vez en 1934 en Argentina, con la editorial Colombo de Buenos Aires. Bombal tenía sólo 23 años. La novela recibió elogios de Borges, de Alone y tantos otros despiadados de la crítica. Se reeditó y publicó en Chile recién en 1941 por editorial Nascimiento. En 1947 fue traducida al inglés y lanzada en Estados Unidos e Inglaterra. Para muchos no es sólo la obra cumbre de Bombal, sino una de las novelas que refundó la literatura chilena y de mujeres.

“Cuando ‘La última niebla’ fue publicada en 1934, el naturalismo imperaba como única forma literaria en nuestro país. Una literatura empecinada en reproducir la realidad tal cual se presentaba ante nuestros ojos. María Luisa Bombal no sólo rompe los códigos y establece realidades dudosas, etéreas, que rondan lo fantástico, sino que también instala un imaginario femenino que hasta entonces no había sido enunciado”, comenta la escritora Carla Guelfenbein.

“Expone el deseo, la fantasía erótica, el orgasmo, asuntos silenciados y considerados sin interés por un naturalismo esencialmente masculino y patriarcal. ‘La última niebla’ continúa siendo una novela rupturista y contemporánea. Profundamente literaria. Fue en gran medida la lectura de su obra la que me otorgó el impulso y la libertad para escribir”, añade la autora de “El resto es silencio”.

“Me parece que el libro, y no sólo el libro, sino toda la obra de Bombal, ha trascendido al paso del tiempo. Se lee y se relee en distintos circuitos, lectores y lectoras, también en la academia, en colegios, en universidades, se analiza y es ya parte de aquello que podríamos llamar ‘canon’, aunque eso de canon es bastante desagradable y debería ser prontamente reemplazado por alguna palabra no tan hegemónica”, dice Claudia Apablaza, editora de Los libros de la Mujer Rota y autora de “Diario de quedar embarazada”.

“La importancia de la obra de Bombal es crucial para entender el discurso de género y clase y sus respectivas subversiones en un determinado momento histórico, sobre todo desde el plano de lo íntimo –opina Apablaza–. Instala una pregunta que trasciende el paso del tiempo y que cuestiona el lugar de la mujer en la sociedad, pregunta que no deja de abrir otras preguntas, respuestas y aristas de análisis. Es además, y por sobre todo, un libro hermoso”. 

“‘La última niebla’ habla entre otras cosas del vacío existencial, y veo bastante claro que ochenta años después ese tema nos puede interpelar a casi todos”, le sigue Constanza Gutiérrez, la joven autora de la aplaudida novela “Incompetentes”: “Se nos muestra una posición social que permite o lleva a quien la encarna a tener una vida sin sentido, una que da ganas de rellenar con algo. La protagonista es como Madame Bovary, pero más aislada y sin libros. Se da cuerda sola, confunde la realidad con lo que imagina, y también elige la fantasía del amor como salvavidas. A mí me parece perfecta. Es placentero leerla: tiene su propio ritmo, su propio todo. Esa novela es una dimensión completa”.

La académica UC y doctora en Literatura Macarena Areco atribuye su interés actual “a tres de sus rasgos vinculados con la representación de la mujer, de la naturaleza y con el realismo literario, los tres relacionados con una cierta ambigüedad y ambivalencia, debido a lo cual su escritura proyecta una serie de contradicciones más que de certezas”.

“‘La última niebla’ no es una historia que dé cuenta de una realidad simple o unívoca, sino que de un espacio-tiempo complejo de leer, donde no hay claros límites entre lo tangible y lo inmaterial, lo impuesto socialmente y lo que podría haber ocurrido, ya sea en el ámbito del horror o del deseo, pero que no es fehaciente”, prosigue Areco; y concluye: “Esto último pone a Bombal y su literatura en conexión con la obra de escritoras actuales tan relevantes como Samanta Schweblin o Mariana Enríquez, en la que lo extraño, la raro, lo fantástico y lo ominoso permiten narrar a pedazos, como entre niebla, avanzando por el lado de lo oscuro y no sólo el de lo meramente racional o razonable”.

50 años de “Palomita blanca”, entre Lafourcade y Ruiz

Se cuenta que el ya fallecido escritor y periodista Enrique Lafourcade (1927-2019) escribió “Palomita Blanca” en 18 días y para probarle a su hijo adolescente que realmente lo comprendía. Su novela publicada en 1971 por editorial Zig-Zag retrató precisamente las inquietudes de dos jóvenes, María y Juan Carlos, quienes se conocen entre hippies y rock sicodélico, hacen un idílico viaje a la playa y viven una historia de amor con el convulsionado Chile de los 70 como telón de fondo. “Un amor imposible”, en palabras de su polémico autor.

Le cayeron flores y tomatazos de la crítica: “Lafourcade ‘se ha ido en vicio’ con un relato, calculado, inconexo y monologante que engendra el aburrimiento”, escribió Alone en El Mercurio sobre “Palomita blanca”. Así y todo, se convirtió en el libro más vendido en 1971 en Chile y 50 años después sigue siendo una de las novelas más vendidas en la historia de la literatura chilena. Hasta 2016, las ventas superaban el 1 millón y cien mil ejemplares en más de setenta ediciones.

No pocos atribuyen el éxito del libro a su profusa difusión escolar. También a la película que dirigió Raúl Ruiz en 1973 basada en la misma historia. Lafourcade exclamó “¿qué es esto?” cuando el cineasta le mostró el filme. “Era muy aburrido tu libro”, le respondió el director. 

“‘Palomita blanca’ es una novela conservadora de un escritor conservador que, pese a todo eso, estuvo en el lugar preciso en el momento adecuado”, comenta el escritor y periodista Antonio Díaz Oliva. “Es una suerte de Love Story chilena, con la UP de fondo, que comienza en Piedra Roja. ¿Por qué la gente la sigue leyendo? –prosigue el autor de “La experiencia deformativa”–: porque es una novela naif sobre la juventud chilena en un momento naif del país”.

“Nunca la leí”, confiesa Rafael Gumucio. Para el crítico literario Camilo Marks, en tanto, “‘Palomita blanca’ es, desde todo punto de vista, un libro de época, con los típicos giros y modismos de entonces. No me gusta la expresión ‘pasado de moda’, aunque evidentemente se aplica a este libro”. Menos tajante es el autor de “Pascua”, Marcelo Leonart: “Seguro que Lafourcade escribió cosas mejores, pero el pulso de esa voz es un hallazgo y esa historia medio telesérica también. Le tenemos que agradecer a Lafourcade que haya hecho posible la ‘Palomita blanca’de Ruiz”.

“Me gusta la relación que tiene hasta hoy la novela con la película de Raúl Ruiz, sobre todo por el retrato que hacen de la mujer”, coincide la escritora y autora de “Reinos”, Romina Reyes: “Hoy que tenemos mucha más visión de genéro y muchas más personas nos identificamos como feministas, es imposible no leer esa novela desde esa perspectiva y no ver a la protagonista como una chica abusada y muy controlada por ser mujer, cuya vida está siendo muy observada y juzgada siempre”.

El periodista y crítico José Ignacio Silva suma otro componente al debate sobre la vigencia de la novela: “Si bien la tenía por su inclusión en el currículum escolar (lo que hizo que se editaran más de un millón de copias), la muerte de Enrique Lafourcade, más la polémica por la disputa familiar de sus bienes, le dan, en alguna retorcida medida, un segundo aire a su autor y al libro, el cual funciona, tal como la versión cinematográfica de Raúl Ruiz, como testimonio de una época que marca profundamente la vida nacional hasta hoy”.

“Frente a un hombre armado” y la deuda con Wacquez

Diciembre de 1981. Con más de una década radicado en España, el escritor chileno Mauricio Wacquez -el aclamado autor de “Paréntesis y Excesos”, que pasó gran parte de su vida en Europa y quien moriría por complicaciones del sida en el 2000- estaba de visita en Santiago para hablar de su último libro, “Frente a un hombre armado”. Había sido publicado meses antes por Bruguera en Barcelona y autocensurado por su editor en Chile: era su respuesta al golpe de Estado de 1973, aseguró Wacquez en una entrevista en la revista Araucaria.

“Una novela lírica, histórica, homosexual, bélica y política, ‘Frente a un hombre armado’ es, sin duda, uno de los proyectos más complejos de la literatura chilena”, decía Alejandro Zambra en una crítica del 2003, cuando el libro fue reeditado por Sudamericana. Con los años, sin embargo, Wacquez desapareció del mapa y el proyecto de publicar sus obras completas aún no ve la luz. Se trata, según varios, de un autor fundamental e injustamente inexplorado en Chile. Uno raro y cuya escritura, según Adriana Valdés, “es el vehículo que le sirve para adentrarse where angels fear to tread (donde no se atreven a pisar los ángeles)”.

“A pesar de ser una novela escrita hace ya cuarenta años, su lenguaje no resulta anacrónico; por el contrario, llega al momento actual a renovar nuestro lenguaje, a renovar el poder de sus armas”, comenta Pablo Simonetti. “Su prosa inunda de posibilidades el erotismo. Un erotismo cargado de cultura, de verbo, de historia. Carga nuestra sexualidad con las más diversas fuentes vitales, transformando el sexo en una culminación biográfica, mítica y erótica de la existencia humana”, agrega.

“‘Frente a un hombre armado’ es, definitivamente, un texto crucial de la literatura chilena”, sostiene Camilo Marks. “Abrió paso a temas, técnicas narrativas y estilos que Wacquez dominaba y que en el presente hace que nos reencontremos con una prosa inigualable”, añade. Cuando la novela apareció hace 40 años –recuerda el editor y poeta Matías Rivas– algo se removió el ambiente narrativo chileno.

“Por poner un paralelismo, ‘Frente a un hombre armado’ tiene una relación con ‘El obsceno pájaro de la noche’ de Donoso. Conversan esos libros de una manera muy extraña y muy remota, pero ambos tienen la pretensión de cambiar la estructura en la novela realista chilena. En eso se juntan”, explica Rivas. Y agrega: “Si bien Wacquez hace una novela muy posterior, y por ende con otras preocupaciones, ambas son difíciles de leer y como son difíciles de leer, tal como ‘Lumpérica’ de Diamela Eltit y otras, implican un quiebre con la tradición y por ende hacen repensar la escritura. Y esa novela lo consigue hacer hasta hoy. Es una lástima que su obra se perdiera de vista”.

Lo mismo cree el también dramaturgo y director de teatro Marcelo Leonart: “‘Frente a un hombre armado’ es un portento. Un experimento verbal osado, denso, sensual. Una novela que debería estar siempre disponible, como toda la obra de Wacquez. Tajamar debería sacar de una vez sus obras completas (tuve una maqueta en mis manos y está preciosa)”.

El periodista y crítico José Ignacio Silva asegura que, a 40 años de su aparición, el libro de Wacquez sigue siendo una rareza: “Un objeto único que además tiene una perdurabilidad asegurada porque se inscribe dentro de la obra de un autor casi sin paralelo en Chile. Wacquez creó una obra única, parecida a nada, atrevida, experimental podría decirse con algo de liviandad, pero que ciertamente empujó fronteras en la literatura chilena, y lo hizo con libros como ‘Frente a un hombre armado’, estructuralmente fuera de la norma”.

“El jardín de al lado”, más pistas sobre José Donoso

Publicada por primera vez también hace 40 años, cuando José Donoso iniciaba su regreso definitivo a Chile en 1981, “El jardín de al lado” (Seix Barral) no es sólo una novela sobre el fracaso y la salvación, sino además un crudo autorretrato del que el autor de “Coronación” no pudo guardarse: Julio Méndez, un novelista chileno ya en la cincuentena, exiliado en España y obsesionado por un éxito y una consagración que no llegan, se sume en su ansiedad y una reflexión personal sobre la mediocridad.

Algunos vieron en esa biográfica novela suya una excepcionalidad dentro de la obra de Donoso. “Con ‘El jardín de al lado’, la novela donosiana parece abandonar aquellas características para emprender, tanto en temas como en procedimientos literarios, un rumbo diferente”, escribió el crítico Carlos Morand en revista Ercilla en 1981.

“Pepe Donoso tenía 57 años cuando aparece la novela en España. Se siente viejo y enfermo, como le ha sucedido casi toda su vida. Sus novelas culminan entre tragedias reales y enfermedades tal vez imaginadas. Aun así ha tomado la decisión definitiva e impostergable de regresar a Chile después de 20 años de exilio voluntario y éste es uno de los grandes motivos de la novela”, comenta el escritor chileno Jorge Marchant Lazcano.

“Sin embargo, está también la difícil intimidad –advierte el también autor de “Sangre como la mía”–. Le escribe a Pilar, su mujer: ‘¿Cómo va a caer esta terrible novela que he escrito? ¿No ha sido una imprudencia revelar tanto de nosotros en ella, tanto de mí?’ Y es el mismo Donoso quien mira desolado ese jardín, sintiendo la ausencia de la casa de sus padres en Chile, a punto de caer como corresponde con el Chile inaugurado por la dictadura. Parte de sus miedos de regresar se confirman cuando en el lanzamiento de ‘El jardín de al lado’ en Santiago, advierte espantado que sólo asistieron tres escritores chilenos. Ya no es más el Chile en donde ‘todos nos conocemos’”.

“Esta novela es su obra maestra más amable. Amable por lo realista, si se quiere, pero que contiene un relato absolutamente feroz de sí mismo, su pequeñez y su grandeza como escritor. Para mí es una novela inolvidable y una de mis favoritas de la vida”, opina Marcelo Leonart. “Donoso se ríe de los españoles, del Boom, de Carmen Balcells, de los exiliados; se ríe de todos y todas y hasta de él mismo”, le sigue Antonio Díaz Oliva: “Hay pocos escritores que son tan humildes como para reírse de sí mismos; y pese a ser un hipocondriaco emocional, José Donoso se reía de sí mismo”, agrega.

Para la periodista y editora de los “Diarios Tempranos” de José Donoso, Cecilia García Huidobro, “no cabe duda que ‘El jardín de al lado’ es una novela tan viva y apremiante como cuando fue publicada hace 40 años con enorme éxito de ventas”. Y concluye: “Como la mayoría de sus obras, esta novela está cruzada de ambigüedad y poblada de espectros, los suyos y los de su entorno, los que van dando forma a unos personajes que no terminamos de reconocer. Una entretenida historia que nos cautiva para luego dispararnos a boca de jarro el mayor de los dilemas: cómo desentrañar la escurridiza identidad y de qué manera sortear las trampas de sus estereotipos. ¿No es acaso eso precisamente lo que estamos debatiendo en este momento los chilenos?”.

“Mala onda”: Matías Vicuña y Fuguet 30 años después

La buena y mala publicidad hizo de “Mala onda” un fenómeno literario inmediato en el verano de 1992. La esperada primera novela de Alberto Fuguet, quien ya había abofeteado la escena literaria un año antes con “Sobredosis”, retomaba derechamente la senda autobiográfica y un relato que presentó a sus compañeros en el taller literario de Antonio Skármeta. Varios años y negociaciones literarias después apareció la novela, que en palabras de su propio autor, era “un grito, un enojo, un decir: ya basta”.

La historia transcurre en el Chile de 1980, en los álgidos días del plebiscito constitucional. Y la protagoniza Matías Vicuña, un adolescente de clase alta que vive un proceso de toma de conciencia tras un frenético paso por los excesos. Editado por Planeta hace tres décadas, fue uno de los libros más vendidos ese año. Para algunos, Fuguet se consagraba con “Mala onda” como uno de los autores con más personalidad en el panorama literario de la época. Otros, en cambio, como el crítico literario de El Mercurio y sacerdote Ignacio Valente, manifestaron lo contrario: “Grandes serán las tragaderas que necesita un crítico literario, pero no llegan a tanto como para terminar esta bazofia”, disparó en su crítica de los domingos.

En su tercera edición, la novela reapareció con una franja que reproducía una de las peores frases de Valente y el efecto fue inmediato: volvió a agotarse. Ese año vendió más de 30 mil copias, fue llevada al teatro, aún se lee en colegios y su protagonista, Matías Vicuña, se volvió con los años uno de los personajes inolvidables de la literatura chilena reciente. El aniversario de sus 20 años no estuvo tampoco exento de polémicas, y próxima a cumplir 30 a fines de 2021 sigue generando discusiones políticas, sociales y, por cierto, literarias. 

“‘Mala onda’ está tan ligada a recuerdos personales que no puedo ser objetivo”, dice Rafael Gumucio, y revela: “Me acuerdo de haber leído en el taller de Skármeta trozos del manuscrito y haber dicho que era una porquería. Recuerdo que leído en forma de libre me pareció un libro importante, necesario, renovador. Creo que fue de los pocos libros chilenos de ese tiempo que implicaron una apertura mental y sexual”. Matías Rivas hace hincapié en esto último: “‘Mala onda’ abrió una puerta en la literatura chilena al pop. A algunos les parecerá frívola o no, ahí está el prejuicio, pero pronto se revisitarán los años 90 y la novela es un referente clarísimo de esa época”.

Rivas agrega: “Fuguet es un autor capaz de retratar distintas épocas de Chile a través del lenguaje. Y hacerlo con precisión además, puesto que los diálogos son magníficos. Está mejor trabajado y depurado su estilo en ‘Missing’ pero de igual manera en ‘Mala onda’, que considero una novela chilena fundamental. Otra cosa es que le tengan tirria por las ideas políticas. Fuguet retrata el mundo de quienes no vivían la realidad que estaba en ‘Lumpérica’ y otras que contaban lo que pasaba Chile en dictadura. Fuguet da un giro hacia el cine de Tarantino, a la cita pop. Las novelas no se pueden hacer cargo de toda esa época. Y Fuguet se hace cargo de una parte y lo hace muy bien. Además, esa parte aún está viva y se puede leer y ver. No todos los jóvenes dialogan con el zorrón que podría ser Matías Vicuña. Pero saben muy bien quién es ese personaje y que aún vive. Y eso es muy difícil de conseguir”.

Camilo Marks prefiere tomárselo con calma: “Creo que es muy temprano todavía para juzgar ‘Mala onda’. Cuando apareció la encontré brillante, pero es muy posible, si bien no estoy seguro, que para las generaciones venideras sea un texto que nada les diga”. 

Más allá del relato y retrato de época de la novela, para la joven escritora Romina Reyes hace mayor eco el ejercicio temprano de la autoficción de Fuguet. “La literatura más joven y de la que me siento parte estamos tratando de posicionar también experiencias más subjetivas en la literatura, de personajes muy situados y situadas; desde los mapuches en el caso de Daniela Catrileo o el ser mujer y de clase media en mi caso personal y también en el de la Arelis Uribe, y me parece que puede haber una repercusión entre lo que fue ese libro y lo que estamos haciendo ahora”, comenta. “No es el único referente, y más allá de que sea una animadversión a lo cuico súper fuerte y todo ese tema de clase, sí hay un referente de querer hablar de Santiago y de querer hablar como un santiaguino común corriente. Hay mucha literatura hoy así y ‘Mala onda’ es un antecedente”.

20 años de “Putas asesinas”: Bolaño intacto

Un poeta herbívoro y suicida, un narcotraficante ilustrado, un ex futbolista africano, otro chileno y hasta su propio alter ego, Arturo Belano, protagonizan los 13 relatos que componen “Putas asesinas”, uno de los dos volúmenes de cuentos que Roberto Bolaño publicó en vida. Sólo dos años después de su publicación por Anagrama en septiembre del 2001, 20 años atrás, el escritor chileno radicado en España murió a la espera de un trasplante de hígado. Ya era un fenómeno literario absoluto.

Bolaño había publicado otro magnífico libro de relatos en 1997, “Llamadas telefónicas”. “Putas asesinas”, sin embargo, lo consagró como cuentista universal. “Lo que se cuenta siempre es una variación de lo que el hombre se viene contando a sí mismo desde hace miles de años. Lo que cambia, lo que permite que el árbol, si aceptamos darle esa figura a la experiencia literaria, se mantenga vivo y no se seque es la estructura, nunca el argumento”, decía el autor de “2666” meses antes de su muerte.

“Sólo por un buen relato puede justificarse todo un libro. En este caso, los trece cuentos de ‘Putas asesinas’ justifican el libro”, escribió la crítica literaria Patricia Espinosa en la desaparecida revista Rocinante en 2002, a semanas de la aparición del libro. Hubo reacciones más tibias, como la del entonces crítico de Qué Pasa, Camilo Marks: “Su último volumen es una colección de 13 relatos poco distinguidos, a veces malos, y en raras ocasiones a la altura de sus anteriores obras (la brillante novela ‘Los detectives salvajes’ o ‘Estrella distante’)”.

20 años después, Marks no ha cambiado de parecer: “‘Putas asesinas’ tiene algunos cuentos notables y otros prescindibles”, dice. Para Rafael Gumucio, en cambio, el libro fue una pequeña revolución: “El retorno del cuento en forma ‘boom’ latinoamericano pero con una ironía y distancia muy de Nabokov. Un libro que se devoraba y te hacía sentir más inteligente cuando lo leías”, comenta el también autor de “Milagro en Haití”.

“Bolaño está absolutamente intacto”, sentencia Matías Rivas: “Sus cuentos son excepcionales dentro de su obra y en este libro en especial llega a su máximo. Bolaño tenía una facilidad y plasticidad para hacer relatos que también va a pensar de nuevo el concepto del cuento. Es un gran libro para entrar a conocer a Bolaño. Es su lado más fantasioso, más narrativo, más cercano a las novelas, y también a lo autobiográfico. ‘Últimos atardeceres en la tierra’ es lejos uno de sus mejores relatos que yo haya leído sin duda”.

Para Marcelo Leonart, este último cuento es también uno de los mejores del mundo. Y dice: “No hay envejecido ni un día Bolaño. Y creo que seguirá así por mucho tiempo”.

A 20 años de “Tengo miedo torero”, la revancha de Lemebel y las locas

El recuerdo de una inesperada visita fue el germen que gatilló la primera y única novela de Pedro Lemebel, “Tengo miedo torero”, publicada a mediados del 2001 por Seix Barral. “Llegó un joven tan buenmozo a pedirme que le guardara unas cajas con libros. ¡Y eran tan pesadas! En ese tiempo de urgencias los chicos del Frente no tenían prejuicios, porque no había tantas casas de seguridad”, contó años después en una entrevista el también artista y ex Yegua del Apocalipsis, fallecido en 2015. Así apareció la historia de la Loca del Frente, una travesti ya mayor, que borda manteles para esposas de militares y que se enamora de un guerrillero involucrado en el fallido atentado a Pinochet de 1986.

Tras publicar cuatro libros de crónicas previos muy bien acogidos por la crítica, y dueño de una voz y una personalidad literaria sin parangón local, Lemebel decía que su paso de la crónica a la novela había sido un salto al vacío: “Escribir una novela es, de alguna manera, concentrar una idea de mundo en un libro. Yo tenía ese desafío y obsesión”, dijo años después de su aparición. La crítica comparó el libro con “El beso de la mujer araña” de Puig, elogió nuevamente el “estilo desenfadado, irreverente, sarcástico y, sobre todo, intencionadamente provocativo” de su autor.

A dos décadas de su aparición, el interés por “Tengo miedo torero” no afloja. Lo atribuyen ante todo a la figura de Pedro Lemebel. También al fenómeno de ventas de la novela, a sus traducciones a varios idiomas –inglés, francés, italiano, alemán y otros–, a que los libros de su autor se lean aún en colegios –y con polémica incluida: en 2019 alumnos de un colegio de Independencia se negaron a leer “La esquina es mi corazón”–, a su versión teatral de 2006 y hasta la reciente y comentada película de Rodrigo Sepúlveda protagonizada por Alfredo Castro. Lemebel nunca pasa desapercibido, coinciden.

“Ya desde sus crónicas radiales, ya desde el manifiesto ‘Hablo por mi diferencia’, Pedro Lemebel corría las barreras de lo que era posible hacer en esta democracia llena de vicios (‘demosgracia’, decía él) –comenta la escritora chilena Alejandra Costamagna–. En este Chile que se asoma tras el mayo feminista de 2018 y tras la revuelta que inicia el actual proceso constituyente, su figura aparece en los muros, en los discursos y en la memoria con su loco afán vivito y coleando. A veinte años de la publicación de ‘Tengo miedo torero’, cuando escuchamos a Elisa Loncon hablar de la “hermosa morenidad”, de este “país de países”, de una comunidad “hermosamente barroca”, es imposible no pensar en Lemebel”.

La también autora de “El sistema del tacto” profundiza en la dimensión política de la novela: “Lemebel hacía ver la domesticación a la que se nos sometía en la temprana transición, ese límite que nos señalaba hasta dónde se podía ser disidente –dice Costamagna–. Y en ‘Tengo miedo torero’ pone el acento en un asunto que muchas y muchos esquivaban: el sacudón necesario dentro de la misma militancia de izquierda respecto de ciertos parámetros conservadores que aún se mantienen. La Loca del Frente instala una hermosa fabulación acerca de la necesidad de quebrar las estructuras patriarcales que de tan arraigadas dejamos de ver”.

En enero de 2015, poco antes de la muerte de Lemebel, el profesor asistente de Estudios Latinoamericanos de Princeton Javier Guerrero visitó al autor en su departamento frente al Parque Forestal. La universidad estaba interesada en adquirir su archivo, tal como había hecho con el de Diamela Eltit en 2013. “Recuerdo haber leído con avidez ‘Tengo miedo torero’ cuando 20 años atrás fue publicada en Chile. Aún recuerdo la emoción de tomar entre mis manos la primera novela de aquel autor a quien había oído leer en Buenos Aires parte de sus crónicas del sidario, de su inolvidable libro ‘Loco afán’. También recuerdo haber entendido, temprano, que sería su última novela”, cuenta Guerrero.

“Entendí que la prosa era totalmente anacrónica, que los destellos de su exuberante pluma estaban ausentes de la novela, que era un libro que había llegado tarde, muy tarde… El tropos de la loca y el guerrillero ya había sido desgastado por una docena de escritores latinoamericanos: Manuel Puig, Senel Paz, Isaac Chocrón. Incluso, el comienzo de la novela, aquella nota que revelaba que el libro tenía su origen en una veintena de páginas traspapeladas entre cosméticos y medias de encaje, daba cuenta de que Pedro sabía que su novela pertenecía a otro momento, que se había vuelto arcaica –continúa el académico de Princeton–.  Pero los vientos de la historia son del todo imprevisibles. Pese a su fracaso, la novela volvería, se recuperaría del baúl apolillado y se repolitizaría en tiempos difíciles. El regreso de Pedro, si se quiere de la tumba, se produce con la vuelta de la novela en otro soporte y en otro momento de la insurgencia”.

Otros autores y críticos, como Rafael Gumucio, coinciden en que “Tengo miedo torero” “es lo menos interesante de Lemebel. Una novela escrita un poco a la fuerza, un poco tirada de las mechas”, opina el escritor chileno. “No soy tan fan de esta novela, mas sí de sus crónicas –coincide Antonio Díaz Oliva–. A veces creo que Lemebel hubiera escrito otra novela; una, quizás, ambientada durante los días del estallido”, desliza. Distinto piensa la escritora Constanza Gutiérrez: “Me encanta esta novela. No tiene ni un solo párrafo malo o fome, hasta lo utilitario lo embellece, igual que su personaje. Y claro que ‘descorre’ la cortina de gasa, y encima lo hace precioso, entretenido, con elegancia e insolencia a la vez”. 

Para el escritor y periodista Óscar Contardo, “‘Tengo miedo torero’ fue una demostración de talento que seguramente provocó una irritación silenciosa en todos los que habrían querido alcanzar el reconocimiento masivo que Lemebel tuvo. Su novela, un folletín dulzón y coqueto sobre una loca enamorada de un frentista misterioso, puede ser leída a la distancia como un anuncio a los debates sobre el género que vendrían después y también como la obra de un autor que porfiadamente se negó a que los años de la dictadura quedaran enterrados por el olvido cómodo de una democracia colmada de unas trampas que él presintió desde siempre”, opina el autor de libros como “Siútico” y “Raro”.

“A través de ‘Tengo miedo torero’, Lemebel saludaba a la distancia a la loca Manuela trágica de un Donoso atormentado dentro de un clóset asfixiante, y le demostraba que salir a la calle podía ser, efectivamente, muy peligroso, pero que la libertad era posible –dice Contardo–. Es una novelita rosa en apariencia, leve como un suspiro, pero también es la historia áspera de una generación que vivió bajo el acecho, y un acto de reivindicación a la valentía de un costurero fifí que se enfrentó al amor como una guerrillera solitaria enfrenta al batallón enemigo en medio de un campo de batalla. Con ‘Tengo miedo torero’ el cronista demostró que su escritura estaba hecha de un material tan raro como él mismo, como los pájaros exóticos de plumaje colorinche, esos que todos quieren asomarse a ver para sentir que vale la pena estar vivo”.

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