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Columna de María José Navia: Del perfeccionismo a la aguja

La reconsideración del fracaso ha ido de a poco apareciendo por todas partes. Desde un denunciar a esta “sociedad del cansancio” de la que habla Buyng-Chul Han, hasta la proliferación de opiniones de deportistas de alto rendimiento, agotadas, y la necesidad de que ese rendimiento deje de ser también un alto sufrimiento. También está en los libros.

En una de mis canciones favoritas de Alanis Morissette se escuchan, bien claro, unas palabras que siempre me parten el corazón. La canción se llama “Perfect” y en un momento dice: “We’ll love you, just the way you are… if you’re perfect” (Te vamos a querer, tal cual eres… si eres perfecta). Es una declaración de amor incondicional que se bifurca. La letra intercala comentarios que no sabemos de dónde vienen, quien habla es un extraño “nosotros”: ¿quién dice esas palabras dentro de la canción? ¿Los padres? ¿La familia? ¿La sociedad? ¿Quién nos deja, tan temprano, la semilla del perfeccionismo (especialmente a las mujeres)?

Hace poco se hizo viral una “carta a la directora”, publicada en el diario español El País, en la cual una madre comentaba que su hija quería ser segundo violín. No primero, no el estrellato, sino ser una voz más, entre todas. La carta buscaba resaltar esa felicidad, esa belleza, que estaba ahí y que a veces nos cuesta ver, encandilados por logros y expectativas funestas. Terminaba así: “Para ese mundo, convertirse en segundo violín de una orquesta no es lo que una niña debería querer ser de mayor. Pero el problema no es de ella, sino de ese mundo. Porque la maravilla de una sinfonía sólo es posible gracias a los que sueñan con ser segundos violines”. Por esos mismos días, el New York Times volvía a hacer circular por redes sociales una videocolumna de título “Es tiempo de renunciar” en la cual, a raíz de la decisión de la gimnasta estadounidense Simone Biles en los Juegos Olímpicos de Tokio, también se hablaba sobre el miedo al fracaso y la importancia de no caer en una perseverancia patológica que afecta a nuestra salud.

De pronto renunciar ya no sonaba como un sinónimo de fracasar. De pronto el “suficiente” dejó de estar acompañado de las palabras “no es” o “nunca es” para empezar a sonar como un “basta” un “hasta acá llegamos”.

Esta reconsideración del fracaso ha ido de a poco apareciendo por todas partes. Desde un denunciar a esta “sociedad del cansancio” de la que habla Buyng-Chul Han, hasta la proliferación de opiniones de deportistas de alto rendimiento, agotadas, y la necesidad de que ese rendimiento deje de ser también un alto sufrimiento. Aparece también en el reciente libro de Anne Helen Petersen, Can’t Even: How Millenials Became the Burnout Generation (traducido al español como No puedo más: cómo se convirtieron los millenials en la generación quemada) sobre los millenials como esa generación que vive en un ambiente de gran precariedad de todo tipo (una generación que, todo indica, morirá más pobre que sus padres) y la pesadilla que es esa “ruedita de hámster” de la productividad.

Pienso en podcasts como The Other F Word: Conversations About Failure en el que distintos artistas repasan sus experiencias difíciles, aquellas cuando no consiguieron lo que se proponían. Allí, una de las invitadas, la brillante escritora Lidia Yuknavitch, habla de su famosa charla TED The Beauty of Being a Misfit, es decir, el camino de aquel que no calza del todo, del desadaptado, como algo paralelo (y quizás más deseable y real) al camino del héroe que se suele enseñar siempre. El camino de aquel que, luego de varios infortunios, finalmente siempre consigue su cometido. Tiempo después Yuknavitch publicó The Misfit’s Manifesto (Yo les recomiendo de todo corazón su Cronología del Agua, su libro de ciencia ficción  El libro de Joan o, en inglés, sus cuentos de la colección Verge).

Esas expectativas venenosas se asoman también en la ficción de los últimos años. Pasa en Buena Alumna, de Paula Porroni, magnífica novela en la cual la protagonista y narradora se esfuerza por lograr el éxito en la academia, sin nunca realmente conseguir lo que se propone. La narradora también tiene en su cabeza el eco de la voz de sus padres que siempre le están sacando en cara lo que no sale bien (leemos: “Porque mamá siempre está al acecho, esperando el paso en falso. Espera, como toda madre, el tropiezo de su hija. Mamá olfatea mis rastros, cada una de mis huellas, en el resumen de compras de la tarjeta (…) Una extraña correspondencia entre madre e hija. Cartas más bien anónimas. Impersonales. Mamá espera el momento ideal para obligarme a volver a su lado, para que nos resequemos juntas, en el interior de su casa perfecta. Inmaculada”). Su ojo es clínico, sobre todo con ella misma, y su afán de perfeccionarse la lleva a contorsiones masoquistas; a hacerse daño. Porque una perfeccionista siempre se va a dar cuenta del aplauso falso a una pirueta mal hecha porque, claro, todas lo están. Así, comenta a poco empezar: “Espero algunas semanas antes de iniciar la verdadera búsqueda de empleo. Quiero extirpar de mí todo resto de vacilación. Mientras tanto, corro. Me entreno. Corriendo ejercito este cuerpo que aún no triunfó”.

Pasa también en las memorias de Elizabeth Tallent (sí, con ese apellido), publicadas en 2020,  Scratched: A Memoir of Perfectionism, quien luego de un tiempo de éxitos literarios (se la comparó como una cuentista enorme, de la talla de Ann Beattie) dejó de publicar por veintidós años porque no fue capaz de soportar nada de lo que salía de ella. Entonces se sumergió en ese miedo porque, según dice en su libro, el perfeccionismo es prometerle a alguien (que nunca te va a responder, que no está realmente ahí, que no existe) que esta vez sí harás las cosas bien, a ver si entonces tal vez te quieren. Sí, como la canción de Alanis, “tal cual eres”.

De pronto renunciar ya no sonaba como un sinónimo de fracasar. De pronto el “suficiente” dejó de estar acompañado de las palabras “no es” o “nunca es” para empezar a sonar como un “basta” un “hasta acá llegamos”.

El libro de Tallent es brutal porque comienza con una herida. Su madre, luego de dar a luz, rechaza a su hija recién nacida cada vez que las enfermeras se la llevan para que esté un tiempo con ella o la alimente. Ella misma se lo cuenta a su hija cuando ésta tiene diecinueve años: no quería recibirla porque estaba llena de rasguños (de ahí el título del libro: “scratched”: rasguñada, arañada). Así se va a sentir ella por muchos años también, ahí la denuncia del perfeccionismo como algo que suena a elogio y virtud cuando en realidad esconde un miedo y un dolor profundos.

El perfeccionismo y el abandono de algo que parecía el camino señalado para buscar alternativas es lo que hace la protagonista de la bellísima novela gráfica Spinning (o Piruetas, en español), de Tillie Walden, quien, luego de dedicar gran parte de su juventud al patinaje en hielo y creer que el futuro está definido, se decide a aceptar su sexualidad y cambiar de rumbo. Todos los rumbos.

Pero hay también en la literatura reciente otros ejercicios de perfeccionismo (o rechazo a él) y de desborde. La escritora mexicana Jazmina Barrera, en su reciente novela Punto de Cruz, hilvana la historia del bordado con la de tres amigas que, también, se dedican a esta tarea. Entre pasajes en los que se habla de la adolescencia o un viaje entre amigas, se deslizan momentos en los cuales se habla, por ejemplo, de la etimología de la palabra o algunos pasajes antiguos en los que fue usada y que sugieren que “bordar” es “estar en el borde”. Como indica Barrera: “Una traducción más libre podría ser: ‘El lugar de una mujer está junto al abismo”.

En el texto de Barrera, bordar crea comunidad y memoria. El gesto pequeño, obsesivo, refleja de vuelta al mundo. Y es incluso capaz de reparar una parte del dolor. El bordado lleva también a reflexiones sobre la literatura, luminosas. Así, leemos: “Al ser relegado a categoría de ‘manualidad’ o ‘artesanía’, el bordado se salvó de la ridícula idea de originalidad que rige el canon masculino del arte occidental. Pasa lo mismo en mucha literatura escrita por mujeres, tomamos prestadas palabras de otras mujeres para que nos ayuden a expresarnos o por el puro gusto de compartirlas, repetirlas y saborearlas. Lo hacemos sin miedo, sin vergüenza, gozándolo.”

Esas expectativas venenosas se asoman también en la ficción de los últimos años. Pasa en Buena Alumna, de Paula Porroni, magnífica novela en la cual la protagonista y narradora se esfuerza por lograr el éxito en la academia, sin nunca realmente conseguir lo que se propone. La narradora también tiene en su cabeza el eco de la voz de sus padres que siempre le están sacando en cara lo que no sale bien

Otra novela que vuelve al bordado para dar orden a algo que se desborda (en el caso de la novela de Barrera es la muerte de una de las amigas de la protagonista) es Geografía Doméstica, de la colombiana Margarita Cuéllar Barona. En ese libro es la maternidad, la experiencia de la maternidad en el extranjero, uno de los momentos de quiebre o realidad saturada. Leemos: “Nunca imaginé una maternidad sola, en un edificio vacío. Sola con una bebé que se resistía a dormir. Sola sin fuerzas para prepararme un almuerzo decente. Sola, consciente del privilegio de poder quedarme en casa a cuidarla, de no tener que preocuparme por el dinero del arriendo, de tener una bebé sana que no me diera motivos para estar triste. Y, sin embargo, estar triste.”

El libro va armando la historia a través de capítulos que llevan el nombre de objetos propios del espacio doméstico, ese espacio que, en pandemia, se convirtió en un universo inevitable. Y entonces el hilo, la aguja, la máquina de coser, como una verdadera máquina del tiempo. Leemos: “Me place la idea de alargar la vida de una pieza que ya tiene un pasado conmigo. Me gusta el ejercicio de remendar por la manera como zurce diferentes tiempos: pasado, presente y futuro.” Y también: “Estoy convencida de que en esta sociedad capitalista, donde aquello que consumimos – incluso la ropa –, viene con obsolescencia programada, el gesto de remendar es profundamente subversivo. Al hacerlo, no sólo le estamos diciendo que no a un modo de vida neoliberal y consumista, sino que estamos impidiendo que un tercero determine la manera como nos relacionamos con nuestros objetos.” Al remendar, se repara lo roto en lugar de descartarlo. Se acepta lo que no es perfecto. Se dejan las marcas, los rasguños.

Yo no sé bordar, pero me lo imagino como un acto de control frente a un mundo hostil. Como otra forma de escritura. Las puntadas van formando algo bello donde no había nada antes y eso afecta al tiempo y, como tal, a la realidad. Tanto Cuéllar como Barrera citan The Subversive Stitch: Embroidery and the Making of the Feminine, de Roszika Parker (traducido al español como La aguja subversiva: reflexiones sobre la costura, el activismo y la construcción de la feminidad) como referencia y el potencial subversivo que tiene la aguja y el bordar y coser en la historia para las mujeres. Ambas se refieren a una escritura secreta de las mujeres en China, llamada n shü, ambas se pasean por momentos en la literatura en los que el bordado viene a decirnos cosas (siempre en textos escritos por mujeres: Housekeeping de Marilynne Robinson; Wide Sargasso Sea de Jean Rhys). Ambas rescatan la tradición de denuncia de las arpilleras en Latinoamérica y la forma en que bordar se conectó con la posibilidad de un testimonio en tiempos de horror. También cómo las consignas bordadas, y en colores brillantes, han ido llegando a las marchas o fueron el refugio de muchas personas durante el encierro pandémico.

El perfeccionismo y el abandono de algo que parecía el camino señalado para buscar alternativas es lo que hace la protagonista de la bellísima novela gráfica Spinning (o Piruetas, en español), de Tillie Walden, quien, luego de dedicar gran parte de su juventud al patinaje en hielo y creer que el futuro está definido, se decide a aceptar su sexualidad y cambiar de rumbo. Todos los rumbos.

Allí donde la palabra calla o le cuesta encontrar su camino, tal vez puede inscribirse con aguja e hilo. O, como diría Margo Glantz, citada por Barrera (palabras que también aparecen en su bellísimo libro sobre la experiencia de lectura, El texto encuentra un cuerpo, publicado en la colección Lector&s de Ampersand): “Si la historia la hiciesen las mujeres, se registraría el descubrimiento de la aguja y del hilo como el inicio de la Edad Moderna.”

Ninguna de las dos autoras lo menciona, pero Virginia Woolf siempre tiene a sus protagonistas tejiendo o con una aguja en la mano como forma de instaurar un nuevo orden.

Mujeres que conectan, que reparan, que traen belleza desde la nada.

Que bordan el borde.

Y que lo desbordan también.

*María José Navia es escritora y académica en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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