La imagen muestra a María José Navia frente a la autora y a su nuevo libro

Columna de María José Navia: Las palabras mágicas de Laura Fernández

La última y magnífica novela de Laura Fernández, "La señora Potter no es exactamente Santa Claus", es una historia desquiciada en la que pasas de la sonrisa (y risa) constante, a ver nublado. Porque aquí hay un pueblo, Kimberly Clark Weymouth, en el que no para de nevar, y que está completamente infectado por un libro.

Pasa con los libros realmente extraordinarios que, al escribir sobre ellos, uno se debate entre contar muchísimo, compartiendo la maravilla, y guardarse las palabras, con mucho cuidado, para así no arruinar el misterio. En esa encrucijada me encuentro yo ahora, al intentar decir algo sobre la última y magnífica novela de Laura Fernández: La señora Potter no es exactamente Santa Claus.

Es una historia desquiciada en la que pasas de la sonrisa (y risa) constante, a ver nublado. Porque aquí hay un pueblo Kimberly Clark Weymouth, en el que no para de nevar, y que está completamente infectado por un libro. O quizás, por un personaje: la señora Potter. El personaje de una novela de Louise Feldman ambientada exactamente en ese lugar. El libro es un éxito y todo en ese pueblo se Potteriza (el nombre no es casual, me parece): llegan buses de turistas/lectores fascinados a visitarlo (a quienes apodan “ruperts” por otro de los personajes de la novela) y un hombre se gana la vida vendiendo, en su casa, souvenires inspirados en la historia.

Por si fuera poco, los habitantes de Kimberly Clark Weymouth están también obsesionados con una serie de detectives (Las hermanas Forrest investigan) y se encargan de vigilarse unos a otros, ayudados también por la presencia de múltiples revistas o pasquines que persiguen a distintas personalidades del lugar (y así se llaman algunas de esas publicaciones: Doom Post, Mundo Modelo, Lady Metroland, Perfectas Historias Inmobiliarias, entre otras).

La combinación es fascinante. Adictiva. Una suerte de Stars Hollow, de Gilmore Girls (con su propio Luke’s Café llamado Lou’s y personajes que hablan y hablan y hablan en diálogos eternos y deliciosos) dirigido a ratos por Tim Burton o con aparición especial de Beetlejuice y los Gremlins (cuya historia le presta más de una atmósfera y nombre a los personajes de esta autora). Es el universo de Fernández al que, en parte, estábamos acostumbrados sus lectores (el del mundo del periodismo de farándula explorado en Bienvenidos a Welcome, y el de los escritores en situaciones extrañas – que mueren por culpa de un secador de pelo y luego vuelven fantasmalmente a la tierra – de Connerland). Pero quizás aquí el corazón es más grande o está menos escondido y late más fuerte. Porque con todo lo que acabo de mencionarles ya había más que suficiente para entretenerse en este parque de diversiones. Pero Fernández va más allá. Y le da una vuelta de tuerca chistosísima a la idea del “ghost writer” o escritor fantasma, proponiendo una pareja de escritores (los Benson) que sólo pueden escribir en casas embrujadas y, una agencia de propiedades que ofrece el servicio de arrendar fantasmas y hacerles sutiles transformaciones a los muebles para que todo dé un poquito de miedo (y muchísima inspiración para escribir). Y sus personajes están siempre leyendo (libros también marca ACME/Fernández: como el del conejo que quería ser payaso que lee el pequeño Bill, los muchos libros de McKisco o los manuales para aprender a ser fantasma que lee el “fantasma profesional” William Butler James), y sus personajes secundarios nunca son realmente secundarios: brillan, incandescentes.

La combinación es fascinante. Adictiva. Una suerte de Stars Hollow, de Gilmore Girls (con su propio Luke’s Café llamado Lou’s y personajes que hablan y hablan y hablan en diálogos eternos y deliciosos) dirigido a ratos por Tim Burton o con aparición especial de Beetlejuice y los Gremlins (cuya historia le presta más de una atmósfera y nombre a los personajes de esta autora). Es el universo de Fernández

Así, esta maravillosa novela se convierte, como un globo de nieve, en un mundo dentro de un mundo, dentro de otro mundo, que no necesariamente protege y a veces trae consigo mucho frío. Y en ese juego de mundos (des)protegidos hay cosas que duelen. Mucho. Como ese niño que sueña que, en una tele diminuta, ve una vida en la que sus padres son felices y su madre no se va, una madre (llamada Madeline y que, muy Proustianamente, inventa un recuerdo) que adora pintar y que un día se va de su casa para mantener el contacto con su familia sólo a través del envío de cuadros en los que pareciera que todo está bien ahora y que su vida es feliz. Cuadros que, nos enteraremos luego (y nos dolerá más), quizás cuentan otra historia que debemos aprender a leer (y así, leemos: “Su principal característica tenía que ver con aquel elemento sobrante. Madeline Frances pintaba algo fuera de lugar en cada uno de sus cuadros. Aquel algo era ella misma.”).

Y su hijo, Bill, a veces piensa que quisiera ser uno de los pinceles que llevaba ella siempre en el bolsillo para así, al menos, estar cerca y que intenta, desesperadamente también, leerla (“…porque siempre estaba y no estaba a la vez, de alguna forma parpadeaba, como no lo hacía su padre, como no lo hacían las otras madres, y a veces Bill pensaba que con cada parpadeo, con cada intermitencia, era una madre distinta…”). Y los objetos están todos cargados de historia: como las botas del abuelo de Cats que la llevan, en parte, a transformar su vida, como la postal que inspira a la escritora Louise Feldman, con tres figuritas que esquían a la distancia, entre la nieve, a contar la historia de la señora Potter, o como esas luces y ese árbol navidad que se convierten en un miembro más de la familia, inevitable, en todas las casas de Kimberly Clark.

Y la palabra souvenir que traducimos tan rápidamente como “recuerdos”.

Y la tristeza de que, quizás, los recuerdos se puedan comprar.

O vender.

Y eso es lo que hace Bill, el niño del televisor soñado que lee libros sobre ayudantes y que, luego de años dedicado a la tienda de souvenires de la señora Potter que creó su padre, decide venderla para tratar de buscar algo. Y en eso lo ayuda el corredor de propiedades, Stumpy McPhail, que sueña con que su madre se sienta orgulloso de él y dedica gran parte de sus días a fabricar una ciudad sumergida y en miniatura. Una miniatura como la  posibilidad de que algo que se puede (quizás, tal vez) controlar.

Sin embargo, esta novela se desborda.

Para bien.

Hasta el lenguaje se transforma en ella, con la intromisión de paréntesis, mayúsculas que anuncian efectos de sonido y palabras en cursiva que nos enseñan a cantar este particular villancico navideño radioactivamente pop.

Palabras, sí, mágicas.

Y eso es lo que hace Bill, el niño del televisor soñado que lee libros sobre ayudantes y que, luego de años dedicado a la tienda de souvenires de la señora Potter que creó su padre, decide venderla para tratar de buscar algo.

La señora Potter no es exactamente Santa Claus termina, pero no le creemos que termina. O al menos yo no creo. O no quiero. Porque como buen globo de nieve es cosa de darle una vuelta para que regrese la nieve y todo vuelva a empezar. Un gozo y también una herida. Como se pregunta uno de los personajes en un momento: “¿ y no era eso, después de todo, la literatura? Reabrir una herida, fingir que era cualquier otra cosa, incluso, en su caso, una cosa divertida, para no tener que aceptar lo que no tenía otro remedio que aceptar, que nada cicatriza, que toda herida sigue latiendo, a la espera de volver a ser abierta, y que el oficio del escritor consiste básicamente en eso, en impedir que algo se cierre.”

Como dije al comienzo, pasa con los libros realmente extraordinarios que, al escribir sobre ellos, uno se debate entre contar muchísimo, compartiendo la maravilla, y guardarse las palabras, con mucho cuidado, para así no arruinar el misterio.

Aquí conté sólo un poco.

La maravilla es para ustedes. Para todos los lectores.

Qué suerte tenemos.

*María José Navia es escritora y académica en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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