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Cristián Warnken, poeta y comunicador: “¡Ahora ser amarillo vale oro!”

Vuelve a las librerías: por estos días se publica su último libro, "El desierto avanza...". Y, básicamente, aquí vuelve a reivindicar su pensamiento político. Habla del amarillismo y, también, de la realidad que se vive con los candidatos a Presidente.

“He optado por la libertad“, señala Cristián Warnken Lihn, miembro de la realeza poética, sobrino de Enrique El Único, y a su vez, hijo de Manuel y de María Angélica, marido de Danitza, papá de seis Warnken, profesor, poeta, pensador y amarillo flamante. Tiene 60 años llevados con flacura, dirige una editorial (Editorial UV), escribe columnas dotadas de luz, con color, con visos de mesías, de gurú íntimo. Y, además, hace entrevistas instalado con una sonrisa en el sillón, opina de todo, escribe en los medios frases gigantescas, otras más chicas, piensa mucho, hace radio, cría con empeño, ama, lee. Luce el look del humanista: ojeras y una elegante camisa que de pronto se le arrugó. Corre de un lado a otro, de una Línea del Metro a otra, de un verso a otro, de tal libro a este otro. Y relata que es libre, que no está atado a una oficina, a un contrato con forma de soga. No. El señor Warnken está sumamente ocupado en vivir la libertad.

-Hola- dice él.

-Hola- le decimos.

Y la imagen asombra: aparece en la toma Zoom y lo acorralan dos paredes de libros. Está asfixiado por la literatura, por un total de siente mil libros. Es, en fin, el Quijote de Chile. Flaco, soñador, librero. Y es, al mismo tiempo, ese papá que cuando los niños -cuyas edades fluctúan entre los 12 y los 35 años- le interrumpen una poesía, cuando la tropa se posa en su territorio de textos, él grita lo siguiente:

-¡¡¡Atención pido al silencio y silencio pido a la atención!!!

Otros papás, seamos francos, gritan: “¡Cállense, mierda!”. Pero Cristián Warnken, aún en el peak del estrés, lanza un verso para exigir compostura.

Y, dice, nadie le hace caso.

-No me creen nada- concluye con honestidad.

Cuando joven soñó que viviría en una cabaña, a solas, sólo adherido a los libros. Pero fertilizó a una comunidad Warnken y ahora no tiene tiempo para leer con holgura. En términos literarios debe sintetizarse:

-Sólo puedo escribir haikús– señala, ilustrado, riendo.

Y, bueno, también hay veces, cuando lleva horas en esa trinchera, en el espacio librero en que genera el sustento, en que él se pone de pie, despliega sus 194 centímetros quijotescos, y sale al exterior.

-¿Qué hace en el exterior?

-Contemplo zorzales- responde, maravillado, alucinando con la Creación, en el famoso Modo Warnken. 

Los zorzales le alivian las preocupaciones.

Y medita. 

Resulta que al señor Warnken le encanta la vida

Y resulta que esta semana estará en librerías su nuevo libro “El desierto avanza…”.

Y así define su nueva obra: “Un ensayo sobre las incertidumbres, desiertos y esperanzas de nuestro tiempo: el desierto del cambio climático y el desierto del sentido”.

-¿Usted, en Chile, es un poeta de primera línea?- preguntamos.

-¡Para nada! ¡Aquí tenemos poetas gigantes! Yo soy un poeta del montón, un poeta de segunda división.  

Y sonríe. 

Luego habla de su tío Enrique, el genio Lihn: “Él sí que era libre”.  

Al rato se distrae con un sonido.

Quizás está escuchando un zorzal.

Pero se enfoca otra vez. Se acomoda los anteojos y se pone más serio.

El reportero le acaba de pedir que analice la realidad nacional.

Entonces él se empieza a politizar.

La realidad

-En las elecciones votó poca gente. Se esperaba un 60%. Esa es la magia de la democracia. La democracia es el más plástico de los sistemas, es el invento más genial de la era contemporánea- confiesa.

-¿Usted es de centro izquierda?

-No me gustan las definiciones. Pero creo que la centro izquierda perdió sus convicciones reformistas, se puso más radical.

Cristián Warnken fue radical cuando joven. Fue un utópico que se alistó en el MIR. Fue parte de la izquierda enfurecida en su etapa colegial en la Alianza Francesa. Le dieron, recuerda, una misión rebelde.

Le dijeron:

-Ponga miguelitos en los autos de sus profesores, señor Warnken.

El mirista lo hizo pero sin estar a gusto: ¿Acaso una revolución se potencia pinchando los neumáticos del profesor de matemáticas?

Yo soy un poeta del montón, un poeta de segunda división.  

Renunció al poco tiempo y escapó de la rebelión. En el Campus Oriente fue un izquierdista más romántico, de puño alzado, pero sin golpes de puños.

-¿Y en la actualidad? ¿Se ha sentido hipnotizado por alguna candidatura?

-Ninguna propuesta me identifica. Creo, por ejemplo, que los partidos políticos llegan al poder para servirse del poder. Y creo que ni a la extrema derecha ni a la extrema izquierda les gusta la democracia. Le tienen terror al cambio. 

Y dice:

-La derecha es economicista.

-¿Y la izquierda?

-Se sobregiró un poquito y ahora está en clave jacobina.

Y sigue:

-La derecha se olvida de la palabra fraternidad. La izquierda no valora mucho la palabra libertad. 

-Opine de Kast…- lo instiga la prensa.

-A Kast le falta conectarse con el anhelo de cambio. No puede ser sólo el candidato del orden.

-¿Y Boric?

-A Boric, en cambio, le falta conectarse con el orden. 

Añade:

-Kast no es fascista, eso no es cierto. El fascista rompe el sistema democrático. Tampoco es Bolsonaro, ni tampoco es Trump. Hay que tener cuidado en hacer caricaturas. Con algo debió haber conectado Kast. Eso sí, no es un gran orador. Ninguno de los candidatos lo es. No son del tamaño de un Lagos o de un Aylwin.

Y ahora se enfoca en el otro bando:

-Con Boric compartimos interés por la poesía. En persona es mucho menos ideologizado. Está un poco atrapado. Me gusta el Boric que lee a Camus, pero no el Boric que está aliado con los comunistas.

Dice que al Frente Amplio le ha costado ser más amplio. Que la elite polariza, en cambio el pueblo centraliza. El pueblo es más sabio que la elite. El pueblo no se acomoda en los extremos. A la derecha le falta sensibilidad, a la izquierda le falta humor. En conclusión, como podemos observar, Cristián Warnken es el pensamiento libre, ni aquí ni allá, un dardo para José Antonio, otro dardo para Gabriel. Ni azul, ni rojo; ni miedo, ni rabia. Ni capitalismo, ni revolución. Ni plata, ni bohemia. Ni el rubio, ni el de barba. Ni el de los nueve hijos, ni el que persiste en la soltería. 

-¿Usted es un amarillo?

-Por supuesto.

El otro día, en la calle, le gritaron:

-¡Miren, ahí va el amarillo!

La derecha se olvida de la palabra fraternidad. La izquierda no valora mucho la palabra libertad. 

Una funa física, presencial. El Quijote iba con sus hijos, en pose paternal, y se topó con los atrevidos. Entonces le vino un malestar sicológico, una pena-país, una desilusión nacional. Porque para él, sí, es un orgullo el amarillismo, es el tono de los libres. El otro día, por ejemplo, Cristián escribió un texto titulado: Carta Amarilla. Y definió con estas palabras su postura ideológica: “Ser amarillo es ser guerreros del arcoíris, abrazar la mayor diversidad de opiniones posibles, jamás creerse dueños de la verdad y menos hablar desde la superioridad moral”.

Entonces ahora, exaltado, lo exclama:

-¡Soy un amarillo, soy un amarillo, jajaja!

Y ríe locamente junto al reportero, que por supuesto también es amarillo. Allí está el Quijote amarillo junto al Sancho amarillo. Y, entre risas, hacen flamear la bandera de la tibieza.

Mundo Amarillo

Ahora, claro, enfatiza, los candidatos se deben centralizar, buscar acuerdos, extremar sabiduría. Y en este momento su alarido es aún mayor:

-¡Ahora ser amarillo vale oro!

-¡Oro!- replica el reportero amarillo.

-¡Ahora son todos amarillos!- grita.

-¡Ja, todos!- corea el reportero.

-Fuimos vandalizados. Nos pusieron adjetivos, y cuando sobran los adjetivos…

A Kast le falta conectarse con el anhelo de cambio.

-¡Sobran!- se precipita el reportero.

-¡…cuando sobran los adjetivos- corrige el Quijote- es cuando faltan las ideas y los sustantivos!

El líder respira.

-Estamos en la Primavera Amarilla. Viene la oleada amarilla…¿Y sabes?

-Qué…

-Si los amarillos nos hubiésemos constituido como partido, el Partido Amarillo, y hubiésemos participado en las elecciones…¡tendríamos al menos veinte diputados amarillos! ¡Habríamos arrasado!

Y, animado, cita referentes. Uno de los referentes del amarillismo, dice, es Sócrates. En el Partido, especula, están Sócrates y Mandela. En torno a Mandela, explica, hay que decir que es uno de los líderes más grandes que han habido. Es el hombre de los acuerdos, el líder sin prejuicios, el señor que cruzó la calle para tomarse un té con aquel blanco que lo condenó. Pepe Mujica pasó de guerrillero a amarillo. Albert Camus sería un amarillo existencialista. Y Patricio Aylwin era amarillo. En cambio, el otro Patricio, el Pato Fernández, quien un año atrás declaró su anhelo de fundar el Partido Amarillo, él, afirma el señor Warnken, se ha tornado naranja. O quizás se ha enrojecido. O quizás tiene un brazo amarillo y el otro rojo. Y, en medio de una carcajada, Cristián Warnken grita con humor:

-¡A Patricio Fernández hay que expulsarlo del Partido Amarillo!

Y agrega:

-Los amarillos creen en la cocina política. Otros piensan que la cocina es un defecto. Pero un buen plato de comida debe tener distintos sabores. Todos cocinan. Los de la Lista del Pueblo, ponte tú, hacen guisos desabridos.

Y luego analiza a los grandes poetas y opina que Lihn era libre. Y Huidobro era mucho más libre. Y Nicanor Parra era en extremo libre, pero la izquierda lo castigó: se tomó un té con la señora de Nixon y lo funaron. Parra, en todo caso, era anárquico y legó al mundo su verso independiente: “La izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”. Y opina que, en Chile, a Borges ya lo  habrían funado. Y que los amarillos son aristotélicos, desconfían de la República Platónica.

Me gusta el Boric que lee a Camus, pero no el Boric que está aliado con los comunistas.

En fin.

-La verdad se hace de a dos, como dijo Nietzsche- parafrasea.

-Ser amarillo es el arte de escuchar- insinúa.

Y dice una interesante frase amarilla:

-A Kast le falta callejear más; y a Boric le falta más recorrido.

Vuelve a la calma. Retoma el aire. 

A Cristián Warnken lo han denostado por su brillante color político (“Hubo mucho tuiteo y poco pensamiento”). Pero los acontecimientos le dieron la razón. Y este Quijote, envuelto en sus siete mil libros, se despide de Sancho. Y en el último adiós, el señor Warnken alcanza a repetir su frase: “He optado por la libertad“, y desaparece dejando una enigmática estela amarilla. 

¡Soy un amarillo, soy un amarillo, jajaja!

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