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Entrevistas

2 de junio de 2022

Aldo Mascareño, sociólogo: “El gobierno está pasando del shock de realidad a tener que gobernar”

Este investigador del Centro de Estudios Públicos le ha venido siguiendo la pista al proceso constituyente. De ahí su advertencia respecto a que sería un error que el gobierno termine atando su destino a lo que suceda con la nueva Constitución. A su juicio, hay dos agendas en pugna.

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La primera cuenta pública del Presidente Gabriel Boric disparó las expectativas. Se hablaba de que venía una nueva carta de navegación, de que se cambiaba el rumbo, que comenzaba un segundo tiempo, de que instalaría una nueva narrativa. 

En el ajuste de expectativas, el sociólogo Aldo Mascareño cree que el gobierno sí marcó sus énfasis en la agenda social, pero que “faltaron metas, indicadores, plazos, por medio de los cuales se pudiera hacer un seguimiento de las medidas y de las decisiones que hay que tomar diariamente para gobernar y para transformar el discurso en práctica política”.

Investigador del Centro de Estudios Públicos (CEP), Mascareño publicó recientemente el texto “Abandonar la modernidad”, en el cual ahonda en la influencia del pensamiento decolonial en el debate constitucional. También es profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez y observa atento los movimientos políticos en curso, especialmente, el despliegue político de la nueva generación que llegó al poder.

-Se habla mucho del relato. ¿Cómo ves la narrativa con la que Gabriel Boric está gobernando hoy? ¿Es la original o cambió?

-Digamos que, hasta ahora, no se ha dado un encuentro entre la arquitectura discursiva de la campaña y las bajadas concretas que normalmente hacen los gobiernos en sus primeros cien días. Hay muchas cosas contextuales, como la violencia en los colegios, la inflación, la pandemia, que hicieron que la exigencia hacia el gobierno fuera inmediata. No hubo luna de miel.

-¿Se generó una disociación entre lo que se proponía y lo que realmente había?

-No. Yo creo que el Presidente tenía bastante claras las problemáticas del país, de las personas, pero el relato de su gobierno era muy abstracto, muy teórico. Estaba bien construido y con un diagnóstico compartido por todos. Sin embargo, le ha faltado tiempo para transformarlo en medidas concretas. Quizá debieron haber trabajado más en esa transformación del símbolo a la táctica política para establecer medidas políticas concretas al llegar. 

-¿Eso provocó una partida más débil? 

-El gobierno tuvo tres meses desde que salió electo hasta que llegó a La Moneda para haber ido estableciendo más claramente esas medidas. Finalmente, lo que vimos el primer día fue a la ministra del Interior viajando a la Araucanía para dar una señal y ya sabemos cómo se dio ese episodio…

-¿Pero eso fue un error más bien personal? 

-No fue personal. Fue un error de estrategia política del gobierno. O sea, el error no fue haber ido a la Araucanía. El error está en no haber tenido la carta de navegación afinada para los primeros 100 días de gobierno. Así podría haber bajado, bien concretamente, de la teoría a la práctica política. Ahí está el principal problema.

Ésta es una generación tremendamente teórica, muy formada, muy ilustrada. Pero a veces, la sobre teorización de los problemas, invisibiliza los aspectos más políticos de la situación”.

SHOCK DE REALIDAD

-¿El discurso del Presidente es una oportunidad para reiniciar la gestión del gobierno?

-Creo que sí, pero no se trata de construir otro relato o de redefinir la agenda, sino que de ir ajustándose a las condiciones que impone la realidad, de aquello que es posible. Ya tuviste un shock de realidad frente a tu discurso, a tu simbología, ahora tienes que ver cómo trabajas para ajustarte a las condiciones concretas y reales. De eso se trata gobernar.

-La realidad muestra varias urgencias que se instalaron con fuerza: la violencia, la seguridad y la inflación. ¿Existe el riesgo de que el día a día se pueda comer la agenda de reformas? 

-No creo. Lo que pasa es que en este momento el gobierno está pasando del shock de realidad a tener que gobernar. Eso es lo que ha pasado en estos primeros meses. Y este choque del gobierno con la realidad, ya no deja espacio para teorizar. El gobierno tiene que pasar de la teoría a la práctica. Lo que pasa es que ese es un gran, gran desafío.

-¿Por qué tanto?

-Porque ésta es una generación tremendamente teórica, muy formada, muy ilustrada. Pero a veces, la sobre teorización de los problemas, invisibiliza los aspectos más políticos de la situación.

-¿Eso implica que el pragmatismo debe estar por sobre las convicciones?

-No. Asumir la realidad no significa renunciar a tus convicciones. Significa ajustarte con la realidad que enfrenta el país. 

-¿Aunque eso implique desdecirse en algunas materias?

-A veces uno queda capturado por declaraciones previas. Y quizá, el hecho de que a este gobierno le cueste tomar decisiones en temas de seguridad o de la Araucanía tiene que ver con que se construyó sobre la base de la crítica a otros gobiernos. Pero eso no significa que no quieran seguridad, orden para poder desarrollar la agenda social por la cual fueron electos.

El hecho de que a este gobierno le cueste tomar decisiones en temas de seguridad o de la Araucanía tiene que ver con que se construyó sobre la base de la crítica a otros gobiernos”.

LAS DOS AGENDAS

-En estos primeros meses, ¿dónde dirías que está la trama del gobierno? 

-Creo que hay una dualidad en el discurso político del gobierno y que también se expresa en la Convención Constitucional. Me refiero a que hay una competencia entre dos agendas. Una agenda más social y otra plurinacional.
-A ver. ¿Cómo así?

-La agenda social es la construcción de un Estado social de bienestar. Es una agenda de carácter más post-neoliberal y, de algún modo, es el relato con que el Presidente, y los que ahora están en la cúpula del gobierno, partieron en el 2011 con el fin del lucro. En el fondo, esa agenda tiene que ver con la construcción simbólica que hay tras el estallido social. 

 -¿Y eso choca con la plurinacionalidad? ¿Por qué?

-Más que chocar, se plantea una contradicción. La agenda social es una agenda universalista, que los incluye a todos y que pone el énfasis en el Estado-Nación. 

-O sea, ¿en la igualdad de los individuos frente al Estado…?

-Exactamente. Es una agenda que da igualdad de derechos e inclusión social a todos por igual. De hecho, el grupo que hoy está en el gobierno, siempre lo planteó así. Y no sólo en términos de los derechos, sino que también en términos del territorio nacional. Un país unido, un Estado-nación.

-¿Y la agenda plurinacional no cabe ahí?

-Es que es otra agenda. Pone el énfasis en las autonomías regionales, comunales y, especialmente, en las autonomías indígenas. O sea, es una agenda que establece determinados compartimentos de los distintos pueblos indígenas, de las distintas regiones, de las distintas autonomías…

-¿Y eso fragmenta más que unir?

-Más que nada, es muy difícil de integrar. Por un lado, tienes un discurso que está construido sobre la base de ciertos particularismos -como el cultural o de territorios-. Y, por otro lado, tienes una agenda social que es más tradicional, más propia de los Estados de Bienestar clásicos del siglo XX.

-¿Y por qué no se pueden integrar?

-Se puede, pero es difícil. Parecieran ir por caminos divergentes. Una agenda pone énfasis en el Estado nación, en los compatriotas, “en el amor por Chile”, como ha dicho el Presidente, y la otra pone énfasis en las distintas autonomías territoriales e indígenas.  Ahí hay una tensión porque en el gobierno siempre ha predominado la agenda de construcción de un Estado Social de Bienestar.

-¿Esa tensión está al interior del mundo político o en la sociedad misma?

-Yo creo que está al interior de la Convención, del gobierno y de nuestras propias discusiones en la esfera pública. 

-En ese sentido, ¿qué tan complicado es que el destino del gobierno aparezca tan ligado a lo que pase con la nueva Constitución?  

-Si se trató de una estrategia, yo creo que efectivamente es un error. Y no sólo porque son órganos autónomos. Además, porque atar el destino del gobierno -teórica y simbólicamente- a lo que pase con la Convención, es muy problemático en términos políticos. Primero, por esta divergencia de agendas que existen. Y, segundo, porque independiente de cuál sea el resultado de la nueva Constitución, la vida tiene que continuar. El gobierno tiene que llevar a cabo el programa por el cual fue electo democráticamente.

Atar el destino del gobierno -teórica y simbólicamente- a lo que pase con la Convención, es muy problemático en términos políticos”.

-Pero si gana el rechazo, eso va a impactar.

-Claro. Eso es lo complejo. El gobierno no fue elegido para llevar adelante el programa que se derive del texto constitucional. El gobierno fue elegido para llevar adelante su propio programa de reformas, su agenda social. Y eso no puede depender de una circunstancia histórica como el proceso constituyente. 

-Entonces, ¿el gobierno debiera separar aguas del proceso constituyente?

-Por supuesto.  El error radica en que, desde el inicio, se estableció esa unión, al menos discursivamente. Era como presumir, desde un principio,  que el trabajo de la Convención iba a ser totalmente acorde a la agenda del gobierno. Sin embargo, la Convención es un órgano autónomo y desarrolló una agenda totalmente distinta con la plurinacionalidad. Y es bastante claro que el gobierno no ganó la elección por la agenda plurinacional. Ganó por su agenda social.

-En ese sentido, ¿qué te pareció el discurso presidencial?

Me pareció que, efectivamente, puso énfasis en la agenda social que lo impulsa. Enfatizó la idea universal de un “nosotros”, de Chile como unidad. No mencionó, por ejemplo, el concepto de plurinacionalidad, clave en la agenda plurinacional. Claro, incorporó la problemática indígena dentro de sus propuestas, pero no en el sentido autonómico de esa agenda. Creo que, además de reafirmar su agenda social, perfiló el eje de seguridad, que es clave como base para el desarrollo de la vida cotidiana y para la implementación de medidas sociales.

-¿Qué otras claves dejó planteadas?

-Me llamó la atención que, junto a la idea universalista de Chile como unidad, también se refirió a múltiples actores (niñas y niños, mujeres, familia, migrantes, indígenas, los ‘habitantes del mar’) y a espacios locales. Es decir, se preocupó de combinar un sentido de unidad con la inclusión de ámbitos sociales particulares.

-Decías que es momento de pasar de la teoría a lo concreto. ¿Eso significa que el Presidente debe sacudirse un poco de la simbología?

-Yo no diría sacudirse. Diría que el Presidente debe ajustar su relato original, ver cómo compatibiliza esas dos agendas y empezar a tomar decisiones sobre la base de este choque de realidad que le ha tocado vivir en estos primeros meses de gobierno.

-La última encuesta Cadem muestra una baja en el apoyo al gobierno y también a la figura presidencial, a sus atributos. ¿Adviertes ahí una tendencia?

-No. Me parece que esa desaprobación está más asociada a la gestión del gobierno que a los atributos personales del Presidente. Él mantiene su carisma y se le reconoce una actitud dialogante. En ese sentido, diría que el Presidente Boric es un relato en sí mismo. Tiene una historia política exitosa. Siempre va superando a alguien que se pensaba imposible de superar. En la universidad, a Camila Vallejo. En la elección presidencial, a Daniel Jadue. Gabriel Boric ha desarrollado un relato en torno a sí mismo que no lo puede perder.

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