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Entrevista Canalla

8 de julio de 2022

Alfredo Lamadrid, conductor y emprendedor: «Mis hijos dicen que soy ególatra»

El legendario entrevistador y director de televisión acaba de lanzar una multiplataforma destinada a adultos mayores que incluye radio, televisión y prensa escrita. Aquí habla de la vejez, de sus objetivos con el público más grande, de las primicias que planifica, de su vida pasada, de su ego, de su aspecto mental, de la televisión aburrida y de estar listo para morir.

Por

Alfredo Lamadrid es un hombre grande que acaba de cumplir 79 años, es un conversador muy famoso, un especialista en entrevistas emocionales (“Humanamente Hablando”, “Cada Día Mejor”), y, además, es un célebre director de televisión. En estos precisos momentos, intentando conectarse a la red -no a La Red, canal que abandonó con pesar el 2019-, ha exclamado una interjección, un “URG” y un “PUF” que revela estrés análogo a causa de su impotencia por meterse al Zoom: la tecnología, piensa el gran conversador, amplifica la tensión de un hombre que siempre ha creído que las conversaciones entre dos personas se llevan a cabo a un sofá de distancia. El periodismo, piensa él, titulado de la Universidad de Chile, se realiza estrechando la mano del entrevistado. El periodismo incluye ojos, palabras, saliva, tos, abrazos, karma, un calcetín asomado al cruzar la pierna, vidas reales.

-¿Qué hago ahora?- dice.

Su cara está crispada, es un primer plano traumático en el Lenovo. Allí, de cerca, vemos la cara de quien lideró la programación televisiva de los ochenta y los noventa, un Gonzalo Bertrán con menor anchura de hombros y con menos alaridos, allí está el rostro del que puso patriotismo en la parrilla al incluir a Chilenazo en la tele y alcanzar 40 puntos de ráting, es la cara del nervioso, del creativo, del fumador, del inventor de los matinales, del que tenía un lazo amistoso con César Antonio Santis, el amigo de artistas, el que solía batir palmas en las fiestas de la revista VEA.  

-Tiene que abrir la pantalla…- aconsejamos.

-¿Qué? ¿De dónde me habla, señor? No veo a nadie- su expresión se oscurece.

-Active- dice, inexplicablemente, el reportero que cree que toda palabra cabe en el mundo digital.

A sus 79 años recién cumplidos -y festejados en una fiesta local junto a leyendas del rock and roll nacional y celebridades de la antigua televisión sencilla, entre ellos, el Pollo Fuentes y Marcelo-, en fin, en plena grandeza de la vejez, Alfredo, el pionero, tiene dos mentalidades en un solo Lamadrid. Una parte de sí mismo se encoge de hombros ante la tecnología y no la entiende; pero otra parte de Alfredo Lamadrid negocia con la modernidad. 

-Estoy lanzando ahora mismo una radio- advierte, atrevido.

-¿Dónde?

-¿Eh? Es una multiplataforma. Está todo en internet.

-¿Estará en Youtube?

-¡En Youtube! Mira, anda a… cadadiamejor.cl… está todo ahí- comenta, complicado.

-¿A quién se dirige su radio?

-A los grandes.

-¿A personas de gran estatura?

-No, señor. Los grandes son las personas de edad.

Allí está el rostro del que puso patriotismo en la parrilla al incluir a Chilenazo en la tele y alcanzar 40 puntos de ráting, es la cara del nervioso, del creativo, del fumador, del inventor de los matinales, del que tenía un lazo amistoso con César Antonio Santis, el amigo de artistas, el que solía batir palmas en las fiestas de la revista VEA.  

El instante es crucial: Lamadrid se torna un empresario de las comunicaciones modernas y ha puesto el ojo en una audiencia otoñal. 

-En las personas grandes- corrige otra vez el empresario.

Alfredo, justo este lunes, a primera hora del día, ha creado una radio para personas mayores. Y, en un rato más, a las siete de la tarde, con mucha sobriedad y aferrado al dominio de la tecnología que ostenta uno de sus hijos, lanzará un canal de televisión para personas gigantescamente maduras

-Y además, dado que me gusta mucho el periodismo escrito, también tendremos una revista para grandes.

Es un holding para longevos. La radio transmitirá desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche. Una programación destinada a septuagenarios, a octogenarios agudos con tiempo desocupado.

-Le he pedido a mi equipo que sólo  obtengan noticias exclusivas, nada que haya salido en otra parte- amenaza, estricto, el señor Lamadrid, el flamante director de estos medios nuevos. 

-¿Qué contenido trabajan?

-Vamos a tener una exclusiva con Javier Miranda. Vamos a ver qué está pasando con Gina Zuanic.

-Interesante- se contagia el reportero.

-Parece, eso sí, que la Gina está con Alzheimer. Pero, bueno, haremos periodismo y entretención.

-¿Tienen preparado algún golpe para el estreno?

-Ja. Sólo te digo esto: vamos a tener a dos Miss Ritmo. 

Upa.

-Y te puedo adelantar algo que no tienen los otros medios…

-¿De qué habla?

-Vamos a tener el testimonio de Pelusa Tiemann, la animadora del Festival de Viña de 1976. Va a contar su verdad y el porqué de las pifias que le llegaron en ese evento. 

Alfredo, justo este lunes, a primera hora del día, ha creado una radio para personas mayores. Y, en un rato más, a las siete de la tarde, con mucha sobriedad y aferrado al dominio de la tecnología que ostenta uno de sus hijos, lanzará un canal de televisión para personas gigantescamente maduras. 

En su multiplataforma se encuentran notas polémicas realizadas a la Nueva Ola. Otra nota al cantante desdichado Alejandro De Rosas, quien padece una compleja enfermedad y necesita dadores de sangre. Hay una amena entrevista a Nelly Meruane (Q.E.P.D.), realizada tiempo atrás. Alfredo comenta, inflado, que tiene dos auspicios, una marca que ofrece productos para la belleza senil y un audífono para personas que pierden la audición en la senectud. Lamadrid, parece, ha descubierto un nicho. El tesoro de la ancianidad. 

-¡Hay una cosa clara: todas las personas van a ser viejas! 

-Si no ocurre nada antes- afirma el reportero, cauto.

-¡La sociedad envejece!

-Está comprobado…

-¡Nace menos gente!- enfatiza el inventor de esta apuesta.

El mercado se dirige hacia la madurez, se puede prever, en símbolos, el festín de la arruga. Por eso Alfredo Lamadrid conduce velozmente su vida hacia el pasado. Va a toda prisa, pero en reversa. Y, de hecho, en un momento, revela que ha descubierto con una cuota de satisfacción que su cerebro tiene 35 años. Si su cerebro tiene 35 años, calculamos que Alfredo Lamadrid vive perpetuado en el año 1988. Parece un genio que vive justo a destiempo. En el Chile del otro plebiscito. El del NO.  

-Lo malo es que mi cuerpo efectivamente está a punto de cumplir 80 años.

-Dígale a su cuerpo que se ve impecable- elogia la prensa. 

-Estoy más lento- admite con franqueza-, pero sigo atentamente las cosas que pasan en los medios.

Y empieza a reflexionar.

Apaguen la tele

-La televisión es un medio con mucho riesgo- afirma. 

-¿La televisión se hizo más pobre?

-Está muy parecida. Está poco original- señala.

Y lanza:

-¡Ahora resulta que todos se ponen a cocinar en televisión!

-…o a cantar…

-¡O a cantar!

-¿Qué está pasando, Alfredo? ¿Por qué todo el mundo cocina o canta en pantalla?

-¡Y qué sé yo!

-¿Son instrucciones? ¿Alguien está exigiendo que se cocine o se cante en televisión?

-No creo.

-Usted tiene oficio y una mirada crítica…- lo estimulamos.

Él piensa. Él tiene experiencia. 

Alfredo, por ejemplo, y según señala, diseñó estelares y en 1987 dirigió el Festival de Viña. En ese festival, según desliza, no cometió un solo error. “Imposible equivocarse con ocho cámaras”, añade, poniendo una mirada de genio aburrido. 

Suelta el aire. Decide opinar.

-Es que traen las cosas de afuera… no creen en las ideas propias…

-¿Es miedo?

-Miedo a equivocarse y perder audiencia.

Él sólo ve fútbol, a la U. Un poco de noticias, las precisas. Un poco de Netflix, sin enloquecer. Y basta. Apaga la televisión y empieza a recordar, con los ojos cerrados, a la televisión de verdad.

-Sábados Gigantes, un hito- afirma severo.

Y luego agrega:

-Mea Culpa, extraordinario trabajo de Carlos Pinto.

Él sólo ve fútbol, a la U. Un poco de noticias, las precisas. Un poco de Netflix, sin enloquecer. Y basta. Apaga la televisión y empieza a recordar, con los ojos cerrados, a la televisión de verdad.

-¿Y cuál es el mejor periodista en la historia de Chile?

-Tito Mund- lanza, inmutable.

-¿A quién más destaca?

-A Hernández Parker.

-¿Y otro?

-La lírica de Julio Martínez.

Y, sin querer, Alfredo y el reportero, parecieran estar llevando una conversación situada en el año 1962. De manera que Alfredo es un joven afín a la Democracia Cristiana, un flaco adepto a Frei Montalva, un utópico que quería ser actor, pero cuya familia le sugirió que estudiara Periodismo.  Y luego trabaja en periodismo, se engrandece, gana plata, se adhiere a Santis, el galán, el hito espigado con la voz ronca, y se torna importante. Crece, tiene tres hijos, hace fiestas que cuentan con la presencia de Fernando Ubiergo. Conduce Viña. Se hace entrevistador y por años regala a sus invitados un libro de su propia autoría: “Detrás de cámaras”, de Alfredo Lamadrid.

-¡Es que no tenía más premios que dar!- se defiende.

-¿Usted es ególatra?

-Mis hijos dicen que soy ególatra, fíjate.

-¿Usted se siente ególatra?

-¡Yo no me siento ególatra!

Aunque, bueno, en algún momento se les resbalan algunas frases como esta:

-Nadie creía en Shakira. Yo la traje al Festival. 

O bien:

-Yo instalé los matinales en Chile.

Pero insiste:

-Yo me valoro mucho menos de lo que se cree…

-¿Usted vivió la bohemia? Tengo antecedentes de fiestas alocadas. Hay datos del señor Ubiergo desmoronado en algún sofá…- encara, de pronto, la prensa.

-Na. Había fiestas, pero normales. Se tomaba. Sin drogas. Ahora es mucho peor…

Tiempo atrás, eso sí, tuvo un cáncer al colon. El doctor, un liberal, le aconsejó que fumara marihuana. “Pero el gusto era repulsivo”, aclara sanamente el señor Lamadrid.

-¿Ha sido neurótico, como suele ocurrir con los directores de televisión?

-Lo he sido- reconoce cabizbajo.

-¿Ha peleado a combos?

-Hace mucho. Una vez me tuve que pelear con el Campeón de Angol. Y me partió la nariz. Pero poco más que eso.

Nadie creía en Shakira. Yo la traje al Festival».

-¿Y hoy sigue siendo un explosivo?

-Hoy siento que no hay motivos para pelear con nadie. 

Pasado un rato, el reportero vuelve a indagar:

-¿Su mente aún tiene 35 años?

-Todavía estoy en los 35- sostiene, juvenil, Alfredo Lamadrid.

En manos de Dios

No se metió en política, pero, advierte, tuvo el lujo de confesar en una entrevista concedida en 1978 a la revista COSAS lo siguiente:

-Soy un demócrata.

Que, en ese tiempo, era equivalente decir “voy a secuestrar al señor Pinochet”, o bien “voy a hacer explotar el Club Militar”. Por tanto, un día un señor de anteojos negros se le acercó y le susurró:

-Lo quieren ver, señor Lamadrid.

Y Alfredo se juntó con un hombre misterioso y le expuso sus actividades ligadas a la entretención y luego siguió con su vida en paz.

-Y ahora estoy viejo…- concluye Alfredo.

-Pero…¿y el poder juvenil de su mente?

-Ja.

-¿Qué planifica con sus emprendimientos comunicacionales dirigidos a la tercera edad?

-Que la gente se entretenga y pase un buen momento.

-¿Cuándo se nota la vejez?

-Cuando se mueren tus amigos. Se me están muriendo todos los amigos.

Se queda en un corto silencio.

-Y yo, fíjate, yo ya estoy entregado a las manos de Dios. El destino. Apegado a mi mujer, a mis hijos, y esperando que ojalá pueda tener un nieto antes de morir.

-¿Ha vivido bien?

-Viví como creía. Lo pasé bien y lo pasé muy mal.

-¿Se arrepiente de algo?

-De cualquier cantidad de cosas. Pero hice lo que pude.

-¿Y qué es lo mejor de la vejez?

Se queda pensando.

-Recordar lo que uno vivió- y en ese preciso momento Alfredo Lamadrid, el empresario comunicacional de la tercera edad, pone la cabeza en la luna y otra vez empieza a mirar hacia atrás.

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