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15 de Septiembre de 2022

Lejos de la televisión, Vicente Sabatini se confiesa: “Yo nunca vi teleseries”

El director de las recordadas producciones dramáticas de TVN grabó su última teleserie en 2019, cerró un ciclo de más de tres décadas y llevó sus cámaras hasta las tablas. Desde entonces ha filmado renovadas versiones de obras clásicas del teatro y transmitido funciones por streaming. Nuevamente en pantalla por estos días con Pampa Ilusión, Sabatini habla de su cambio de vida y escenario al borde de los 70, asegura que no echa de menos la televisión y detalla la demanda colectiva que interpuso contra cuatro canales que no le pagan derechos de autor. Dos semanas atrás dirigió además el masivo acto de cierre del Apruebo, hoy saca conclusiones: “La gente rechazó la rabia”.

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Hacia el final del rodaje de Pampa Ilusión (2001), la exitosa teleserie ambientada en el pueblo de Humberstone en los años 30 y último periodo de bonanza del salitre en Chile -que actualmente retransmite TVN por las tardes-, Vicente Sabatini citó a una reunión a todo el elenco en el mismo hotel en Iquique donde llevaban alojando por meses. 

“Les propuse ese día a todos los actores y actrices hacer una siguiente historia y les conté lo que iba a ser El circo de las Montini. Era un desafío mayor para todos, tanto por la investigación del mundo circense como por el hecho de que algunos iban a tener que aprender trapecio, otros clown, el oficio de Tony, de los domadores de perro, todo. Lo sentí casi como un acto de compañía teatral estable, y después de El circo de las Montini no volví a repetir ese ejercicio ni esa experiencia creativa a tal nivel”, recuerda el director. 

Yo nunca he hecho teatro formalmente en mi vida, pero en esos más de diez años que trabajamos todos juntos haciendo teleseries, creo que logramos formar algo bastante parecido a una compañía de teatro. Éramos como un cuerpo estable que, si bien trabajaba en televisión y para una audiencia muchísimo mayor, siempre tuvimos una conexión profunda y desde el hacer con el oficio del teatro, como yo también la tengo”, agrega.

La anécdota anterior cobra otro sentido ahora, casi dos décadas después. 

Desde que era niño y como el cuarto de once hermanos, para Vicente Sabatini contar y representar historias fue siempre una manera natural de jugar. Después, en la universidad, algunos profesores lo incentivaron para que fuese actor, no quiso, más tarde entró a la televisión, se convirtió en uno de los directores más importantes tras el retorno a la democracia y terminó rodeándose de actores y actrices. Años después se casó con Claudia di Girolamo, también actriz, directora teatral y protagonista de sus producciones más emblemáticas desde mediados de los 90 hasta los primeros años 2000. 

Algunas de esas mismas historias que narró en sus teleseries, dirá, emergieron también de las bases del teatro y sus autores y obras mayores. Siempre estuvo en su vida, dirá también Sabatini, pero su vínculo con el teatro ahora es otro: hoy tiene además un nuevo rol en él

En 2019, luego de filmar Amor a la Catalán, su teleserie número 32 y última en su repertorio hasta la fecha, y después de más de 35 años a tiempo completo en televisión, Sabatini abandonó los estudios y partió con sus cámaras y todo a instalarse sobre los escenarios. En alianza con Fundación Teatro a Mil, durante la pandemia dirigió y transmitió funciones por streaming de las obras Encuentros breves con hombres repulsivos desde la Aldea del Encuentro de La Reina, y también de Dragón de Guillermo Calderón, que fue emitida en vivo desde el GAM en Dusseldorf, Alemania. 

A comienzos de este mismo año, el director encabezó además el proyecto Ni tan clásicos, serie de versiones filmadas de cuatro grandes títulos del teatro que fueron adaptados por compañías locales: La viuda de Apablaza de Germán Luco Cruchaga, única obra chilena de la lista y a cargo de la compañía La Mala Clase; Medea de Eurípides, de Teatro Anónimo; Romeo y Julieta, versión en clave de telenovela popular del clásico de Shakespeare traducido por Neruda y adaptado por La Patogallina, y finalmente Tartufo de Moliere y Teatro La María

Desde que era niño y como el cuarto de once hermanos, para Vicente Sabatini contar y representar historias fue siempre una manera natural de jugar.

La dirección audiovisual de todas las piezas estuvo a cargo de Sabatini y fueron estrenadas en TVN durante el festival Teatro a Mil, en enero pasado. Tiempo después, tres de ellas debutaron con funciones y conversatorios presenciales en el GAM. Tartufo es la única que aún no tiene fecha de estreno. 

“Nuestro sueño con la Carmen (Romero, de Fitam) era hacer ocho obras, pero obviamente y por razones presupuestarias, hicimos solo cuatro. El ejercicio proponía ese cruce entre estos textos y obras mayores del teatro universal con el quehacer, la gráfica, el discurso y la estética de compañías chilenas muy distintas entre sí. Estábamos en plena pandemia y las compañías estaban muy encerradas y sin poder respirar. Esta fue una especie de atisbo y de primer intento para ver cómo se podía avanzar, porque esto evidentemente no era ni es teatro, es otra cosa, completamente nueva y distinta, incluso para mí”, explica Sabatini. 

¿Cuán cercano eras al teatro?

-Siempre he estado muy cerca del teatro. Mi relación es de siempre, de chico, como espectador, y me gusta desde mucho antes que la tele. En mi colegio había una compañía que funcionaba en paralelo y no me perdía las funciones de fin de semana. Naturalmente, también siempre jugué a ser personaje, pero nunca tuve la inclinación ni la necesidad de ser actor, nunca, a Dios gracias, a pesar de que tenía profesores en la universidad que me trataban de alentar, pero no, nunca quise. Lo que me gustaba era contar historias. Hice de chico teatro de títeres con un hermano mío, también hacíamos películas, dibujábamos los fotogramas cuadro por cuadro, en fin. El teatro siempre era una manera natural de jugar y de contar una historia. 

¿Sientes que cerraste un ciclo tras tu última teleserie y que estás viviendo uno nuevo en el teatro?

-Sí, y lo estoy disfrutando mucho. Yo gozo como cabro chico y como chancho en el barro cuando estoy grabando. Y el teatro me ha permitido seguir haciéndolo. De las cosas que más me gusta hacer en la vida es rodar. En alguna etapa me produjo mucha angustia porque yo entraba en la mañana a un estudio, salía en la tarde, el mundo había dado una vuelta entera y yo seguía metido ahí adentro. Estuve muchos años en eso. Ahora siento que tengo mucho más espacio y tiempo que antes para desarrollar mis propias ideas en cada uno de los proyectos en los que me involucro. 

¿Echas de menos la televisión?

-No, no la televisión. Echo de menos entrañablemente aquellos proyectos maravillosos por los cuales nos movimos y movimos a muchos. Todo el mundo los echa de menos, creo yo. Eso es bueno y es por algo también. 

“SUCUPIRA FUE UN HOMENAJE A MI PADRE”

Vicente Sabatini está sentado en una sala de reuniones con vista al cerro San Cristóbal. Suena su teléfono. Contesta. Lo observo: lleva puesta una camisa y pantalón de jeans, y unos grandes anteojos rojos que resaltan sus canas engominadas. Su oficina está en el segundo piso de una antigua y refaccionada casa en la comuna de Providencia que comparten Chileactores y la Corporación de Directores y Guionistas Audiovisuales (DYGA Chile), presidida por el también director de La Fiera, Romané, Iorana y tantas otras teleseries que cada tanto vuelven a las pantallas de TVN. Afuera corren bicicletas y trotan siluetas en lycra fosforescente. Logra zafar al fin de una llamada que interrumpe la conversación, que ahora sigue. 

-¿A qué atribuyes el interés constante que despiertan tus teleseries?

-Guardando las distancias, esas teleseries tienen algo de clásicos ya. Hablan de temas como el machismo, el racismo, la xenofobia, la tolerancia, temas que hasta hoy son relevantes, que no están resueltos y son parte de las preocupaciones y de la vida diaria de la gente. Me parece súper lógico que las echen de menos y que las repitan hasta el cansancio en televisión. Lo emocionante es ver cómo se conectan las nuevas generaciones. La clave está en contar historias entretenidas, pero relevantes. Instalar conversaciones en las audiencias de asuntos que a la gente le importan. Entonces, se entretienen y al mismo tiempo sienten que se enriquecieron, no a nivel consciente ni racional, pero eso ocurre. Son temáticas que atraviesan los tiempos, que son universales. En toda esa etapa de historias hay una participación destacada de los clásicos de la literatura universal. La Fiera está inspirada en La fierecilla domada de Shakespeare y El burgués gentilhombre de Moliere. En Romané estaba también Otelo y La visita de la vieja dama de ​​Dürrenmatt, que es el gatillo iniciador de la historia. Esos grandes autores estaban permanentemente en esas historias.

“Siempre jugué a ser personaje, pero nunca tuve la inclinación ni la necesidad de ser actor, nunca, a Dios gracias”.

¿Qué otros costos tuvo para ti trabajar a ese ritmo por tanto tiempo?

-Yo diría que ciertas distancias con alguna etapa de mis hijos, que yo lamento, del crecimiento de mis hijos. Yo siempre fui súper apegado, pero hay una cuestión de tiempo físico que no se suple. Y claro, si uno se dedica algo, se dedica y se entrega a ello. Yo llegaba a mi casa muchas veces y tenía que revisar las escenas y tenía que esperar que los niños estuvieran dormidos, en fin, no joder a nadie. Trabajé muchas noches. Con respecto a mí, conmigo mismo, era y sigue siendo pura satisfacción. No tengo nada que cobrarle a ese periodo de mi vida, todo lo contrario. No hay nada más satisfactorio que trabajar en lo que a ti verdaderamente te gusta y te mueve. No hay que hacer esfuerzo por trabajar. Cuando estuve ahí, al menos, nunca me pasó o nunca lo sentí. 

Durante años trabajaste escribiendo historias de amor. ¿Ha cambiado con los años tu mirada con respecto al amor?

-Sí, aunque yo soy más romántico que la cresta. Soy un romántico de verdad y por lo tanto eso es una emoción que a uno le brota naturalmente. No ha cambiado mi no sé si opinión o versión del amor. El amor se va transformando en distintas maneras de hablar del amor; hay momentos que son más de pasión, más de arrebato, va cambiando con el tiempo, siempre, es algo cíclico. Yo diría que el amor es la verdadera fuerza que mueve la historia. 

Considerando el cambio que ha habido en el consumo de masas y la televisión, ¿cómo ves el género de las teleseries hoy en Chile?

-En los 80 y los 90, la televisión tenía un rol muy vital para importantes capas de la población y la sociedad. Desde luego era un punto de encuentro, como la plaza pública donde tú te informabas y conectabas con lo que le pasaba a los demás. También era un lugar de entretención y donde adquirías conocimiento. Hoy en día, la internet supera infinitamente esa capacidad y ya no se produce esa conexión en los niveles que se producía en ese entonces. Esa especie de reunión en la casa, aunque hubieran dos o tres televisores encendidos, muchas veces se juntaban en uno, hacer comunidad, viendo la teleserie y compartir. La televisión dejó de reunir a la familia chilena, dejó de tener ese rol. Ahora, yo creo que el género tiene una importancia vital realmente. 

¿Tú ves teleseries hoy?

-No.

¿No te gustan?

-No, no es que no me gusten, no tengo tiempo. Yo nunca vi teleseries, solo cuando era chicos las veía. Veía Muchacha italiana viene a casarse, que la daban como a la hora de almuerzo. Vi también la Sucupira brasileña la primera vez que la dio Canal 13, en 1986, y la dictadura la censuró cuando se dio cuenta de la barbaridad que estaban dando. Se llamaba O-Bem Amado y al protagonista, que en nuestra versión era el alcalde de Sucupira, Federico Valdivieso, le decían ‘Coronel’. Era un señor que no era militar pero tenía el título; un dictador que hacía y deshacía, y que al mismo tiempo era un claro ejemplo de cómo la oligarquía terrateniente de esos tiempos ejercía el poder a su conveniencia. Ese panorama se daba en Canal 13 en los últimos años de la dictadura, hasta que alguien se dio cuenta, empezaron a tener problemas y la sacaron del aire sin decirle nada a nadie. 

La idea de estrenar una versión chilena de la misma telenovela tardó diez años en concretarse, recuerda Sabatini. “Y tuvo además una pequeña vertiente adicional, y es que Sucupira fue un homenaje a mi padre, que era un asiduo espectador de O-Bem Amado. Le encantaba y yo fui años más tarde a Brasil a comprar los derechos del texto. Él no alcanzó a ver Sucupira”. 

Crédito: Pedro Bahamondes.

Vicente Sabatini tiene hoy 69 años, la misma edad que tenía su padre cuando éste murió. 

“Yo siempre dije: qué injusticia que haya muerto tan joven. Él tuvo un cáncer que lo liquidó en seis meses y lo convirtió en un anciano de la noche a la mañana, a los 69. Yo me siento lo más lejos de eso que te puedas imaginar, aunque no tengo mucha conciencia. Tal vez no le he tomado el peso al hecho de estar a punto de cumplir 70. De momento tengo 69, que no es menor, porque siempre pensé que me iba a morir a los 69 años. Mi mamá murió muy joven también, antes de cumplir 70. Mis dos viejos murieron jóvenes, a diferencia de sus hermanos, que ya tienen más de 90 años. Como te decía, pasé tanto tiempo trabajando a toda máquina que quizás algo provocó y ahora no tengo mucha conciencia del momento de mi vida en que me encuentro”, dice Sabatini. 

¿En qué te pareces a tu papá?

-Mi papá era un gran lector, quizás en eso, pero a diferencia de mí, él hacía algo que no le gustaba porque por él habría sido político. Estudió Derecho primero pero como su padre tenía una pequeña industria de pigmentos y pinturas, tuvo que estudiar química y hacerse cargo del negocio y de la fábrica. En eso trabajó toda su vida. Tenía 11 hijos, imagínate, se sacó la cresta. Lo mismo mi mamá. Este país era otro. 

“TVN ESTÁ COMPLETAMENTE ABANDONADO Y OLVIDADO” 

En mayo recién pasado y tras cuatro años de negociaciones en vano con Anatel, la Corporación de Directores y Guionistas Audiovisuales de Chile (DYGA), que Sabatini dirige, presentó una demanda contra cuatro canales de televisión -TVN, Canal 13, Mega y CHV- asegurando que no han recibido pagos por las repeticiones de varias teleseries. Según indica el documento, se pretende hacer valer los derechos de autor consagrados en la ley 20.959 -más conocida como ley Ricardo Larraín- por la comunicación pública de las obras de su autoría. Entre todo el grupo de demandantes figuran directores y guionistas. Sabatini es por lejos el más afectado. 

“Esto partió en junio de 2018, pasaron cuatro años y en enero contratamos al estudio de Juan Pablo Hermosilla para que tomara a su cargo una larga negociación con Anatel con miras a entablar demandas. La oficina de Hermosilla pidió un tiempo para establecer y tomar contacto con los que finalmente fueron demandados, porque esa negociación tampoco prosperó”, cuenta Sabatini. 

“No ha cambiado mi no sé si opinión o versión del amor. El amor se va transformando en distintas maneras de hablar del amor”.

¿Cuál es el argumento de Anatel para no pagarles derechos de autor, existiendo una ley? 

-Es una muy buena pregunta para ellos. Yo, con todo lo que sé, no te la podría contestar. Yo podría una opinión: los ejecutivos de los canales no quieren pagar y la chutean y chutean, es un problema menos para los dueños. Los dueños han tomado lo que nos debieron haber pagado a nosotros y se lo han embolsado todos estos años. Comparten las utilidades. TVN es un caso especial porque es la única de todas esas empresas demandadas que no es privada y que no responde por tanto al objetivo de maximizar las ganancias de sus dueños. TVN es un canal de todos, del Estado de Chile. Habiendo una ley que es muy clara al respecto, es insólito que no nos paguen.

Y fue además tu casa televisiva por casi veinte años. ¿Cómo ves el estado actual de ese canal?

-A mí personalmente me duele TVN porque siempre sentí que tendría que haber sido un líder en una industria dominada por capitales privados. TVN nació como una necesidad de generar un reequilibrio en la propiedad de los medios de comunicación, un reequilibrio por lo tanto en la información en los años finales de la dictadura. El proyecto de TVN se empezó a laborar un año antes de ascender al poder, o sea, las fuerzas que estaban detrás de la derrota de Pinochet planeamos desde mucho tiempo antes esta nueva versión de Televisión Nacional. Nació como un ejercicio de consolidación de la estructura democrática en este país. Pasó a formar parte de las instituciones democráticas. Ese es un rol que TVN dejó de cumplir hace mucho tiempo y hoy está completamente abandonado y olvidado. Y nos duele, a mí personalmente me duele que TVN no solo no sea un líder en el respeto a los derechos de trabajadores de la cultura sino que se comporte igual que como se comportan los otros canales que son de dueños privados, familias, y una empresa extranjera. 

-¿Cómo recuerdas en particular tu salida de TVN?

-Con algo de dolor, pero entendiendo que era un ciclo que se había cumplido. Y con ganas, la necesidad de salir. El duelo lo hice de a poquito, pero sentí que tenía que salir. Después el canal cometió la atrocidad de cerrar el área dramática, inexplicablemente y por pequeñeces y cuestiones de poder de ciertas personas que no podían aceptar que una persona talentosísima y mujer además como Quena Rencoret tuviera el poder que tenía. Fue un gallito de poder, la trataron mal y ella también se fue. Canal de todos. 

-¿Qué pierde la televisión al omitir ese espacio de ficción que tenían las producciones locales? 

-La ficción genera niveles de identificación emocional y de todo tipo con los lugares. La gente se identifica con las historias y vive experiencias emocionales a través de las experiencias de otros. Por eso funcionan los cuentos. Ese mecanismo ocurre en la ficción hasta nuestros días y ocurrirá por siempre. Mientras haya historias que contar, va a haber público dispuesto a oírlas y a soñar un poco y vivir experiencias que le parezcan relevantes, atractivas. El viaje que yo hice y que propuse en las teleseries resultó ser geográfico también. Era un viaje por un país que había estado prohibido, un país clausurado. El alma de un país que estaba prohibido; uno no podía hablar de este país ni filmarlo ni mostrarlo, y ese fue ese fue el impulso cuando se abrieron las Alamedas finalmente, cuando terminó la dictadura y por lo tanto la consecuencia lógica era si íbamos a hablar de los chilotes, había que estar en Chiloé, si íbamos a hablar de los pascuenses o isleños, había que ir a la Isla. Han pasado no sé cuántos años desde Iorana (1998) y te aseguro que el 99% de los chilenos aún no ha pisado Isla de Pascua.

De las paredes de la misma sala de reuniones cuelgan una serie de afiches enmarcados de series y películas chilenas como Los 80, Los archivos del Cardenal, No y Violeta se fue a los cielos.

-¿Nunca pensaste en dirigir una película?

-Sssss… así como seriamente, no. Lo que pasa es que descubrí que el lugar donde yo estaba era súper importante y que era necesario hablar desde ahí. Además tenía el privilegio, el enorme privilegio de tener a mucha más gente dispuesta a oír lo que nosotros proponíamos. Por otra parte, yo tengo un total desapego con el tema de las platas y la gestión. Yo veía a mis colegas que se pasaban años, la vida intentando ganarse un fondo para hacer una película en tiempos en que hacer una era guau, ¡bravo! Ahora nos ponemos tú y yo con este teléfono y hacemos una película. 

¿Tampoco escribiste nunca una película?

-Tuve un sueño durante mucho tiempo de adaptar una novela y hacer una serie. El título es un secreto muy personal, pero no es muy moderna y es de una autora chilena. Hasta ahí. 

-Además eres sobrino de Patricio Kaulén y Juan Downey. El cine y el arte en tu familia y en tu vida desde siempre. ¿Cómo fue crecer junto a ellos?

-Los dos son responsables en buena medida de mi interés obsesivo por la creación y por el arte en general. Con mi tío Juan yo tenía de niño la fascinación por meterme a su taller mientras él pintaba y yo lo acompañaba. Alguna vez le propuse de cabro chico nombres para sus cuadros. Y mi tío Pato, que fue presidente de Chilefilms durante el gobierno de Eduardo Frei, probablemente tiene más culpa aún. Él y mis primos vivían en Manquehue frente a Chilefilms y los domingos nos metíamos a recorrer los patios y los galpones del Canal 9 de la Universidad de Chile, que estaba en un galpón realmente miserable. Jugábamos a quemar los rollos de celuloide que en ese tiempo eran súper inflamables. Yo veía tele en la casa pero ver donde se hacía todo y con cartón, unos tarros de leche Nido y un par de focos, esa magia de los estudios me mató y me voló la cabeza. Hasta ese momento yo hacía teatro y jugaba e imaginaba también muchas cosas, pero en la televisión aparecían expuestos de otro modo, como nuevos universos. 

Tuviste acceso a la cultura desde muy pequeño. ¿Crees que eso se ha ido ampliando con los años?

-Uno debería pensar por sentido común que entonces el acceso a los bienes culturales, a la belleza, se ha ampliado. Tú puedes vivir en este país, que es feroz porque tiene mucha fealdad instalada en todos lados. Hay gente que vive rodeada de fealdad y que nunca experimenta en su diario vivir encuentro con la belleza y la encuentra más bien en espacios emocionales que visuales. Imagínate la diferencia entre vivir en cualquier ciudad europea ni muy grande siquiera y en cualquiera de las comunas más vulnerables de Chile; cuando tú vives rodeado de belleza, eso hace una diferencia en un ser humano. Tiene que hacerla. Entonces, algo va a contribuir a la gente que se encuentra emocionalmente con espacios bellos. También existe, también es parte. No sé si las sociedades tienen sensibilidad, así como cuerpos corporativos, pero las personas sí. Y yo creo que hoy día tienen un acceso que antes, cuando yo era chico, era impensado. 

¿Crees que ha afectado esta nueva masificación a los contenidos?

-Es súper difícil establecerlo o intentarlo al menos. Hay que dejar que este experimento social tenga un tiempo. Probablemente amplíe el conocimiento, porque el conocimiento es una parte de la experiencia vital de vivir en contacto con el arte, pero no me aventuraría a decir qué va a producir o qué ha producido. Soy un firme convencido de que aquellas cuestiones que son fundamentales no mueren nunca. Vuelvo a la historia reciente de la humanidad: cuando apareció el cine, las élites pusieron el grito en el cielo porque dijeron que la literatura iba a morir. ‘La novela está muerta’, dijeron. Dime tú; la evidencia es súper clara. Incluso cuando aparecieron los libros digitales. ‘Murió el papel’. Y ahí está. Hay experiencias que son únicas y que tienen una capacidad de hacer que el ser humano experimente cosas que no podría experimentar de otra manera y, por lo tanto, van a existir. Se van sumando nuevas posibilidades al abanico, coexisten. 

“NUNCA SE ME SALIÓ DE LA CABEZA QUE EL RECHAZO PODÍA GANAR”

De joven militó en el MAPU, trabajó en la campaña del No para el plebiscito de 1988 y hasta hace algunas semanas hizo también lo suyo por el Apruebo. El 1 de septiembre recién pasado, Vicente Sabatini asumió la dirección del streaming del acto masivo del cierre de campaña en Santa Rosa con Alameda al que llegaron, según se dijo, unas 500 mil personas convencidas de ganaba la opción de aprobar la nueva Constitución. Sabatini, en cambio, no estaba tan convencido. 

A mí nunca se me salió de la cabeza que el Rechazo podía ganar”, asegura. 

“Ese día del acto masivo pensé que la diferencia podía ser menor y que el Apruebo iba a levantar un poco la nariz, pero no que el Rechazo iba a perder. Esto pudo haber sido un 80/20, y no fue porque hay gente, y me incluyo, que creemos firmemente en estos valores. Esos nos quedamos solos; los demás, todos se fueron. Yo quedé consternado pero no sorprendido. Quizás no están los tiempos para un cambio de esa magnitud todavía”. 

¿Qué análisis haces tú de la derrota de la nueva Constitución y del proceso en general?

-Yo creo sinceramente que esto se empezó a perder el día que se inauguró la Convención Constitucional. Lo que allí ocurrió, que hoy día podría ser visto como una anécdota, fue bastante violento para la gente en general. O sea, que se pifie la canción nacional, que se juzgue y objete la bandera nacional, luego que se proponga cambiar el himno, incluso cambiar el nombre de Chile, me parece que es de una violencia que la gente no necesita ni dejó pasar, porque se instala en las emociones. O sea, lo de Rojas Vade no es gratis. Lo de la tía Pikachu, tampoco. Hay un juicio primero sobre la Convención y sus maneras. Todo el primer mes se dedicaron a las declaraciones políticas y en relación a temas que no tenían nada que ver con el encargo que se les hizo. Creo que todos estos son síntomas de algo que tenía que ocurrir; que la rabia de la calle se pasó para adentro. Y lo que la gente rechazó fue la rabia. 

“Imagínate la diferencia entre vivir en cualquier ciudad europea ni muy grande siquiera y en cualquiera de las comunas más vulnerables de Chile; cuando tú vives rodeado de belleza, eso hace una diferencia en un ser humano. Tiene que hacerla”.

Ahora que quedó en manos del Parlamento y, por ende, de los partidos políticos, ¿qué futuro le ves al proceso? 

-Lo que ocurrió es el mejor ejemplo para entender que la democracia no puede funcionar sin partidos políticos. No puedes pasar la emoción directo a la toma de medidas, así no funcionan las sociedades. Es como si uno tomara decisiones de la vida diaria en momentos en que estás enojado, furioso. La rabia puede ser un motor, pero esa rabia tiene que ser conducida, administrada, racionalizada. Siempre estuve por el Apruebo, voté por el Apruebo por mis principios y por lealtad a una firme convicción de que este país tiene que cambiar y que esta es la generación que la va a cambiar, pero tenía mis reparos con el texto y percibía esa rabia que ciertos sectores y personajes trajeron. Yo espero que la derecha, en la cual no confío nada, cumpla la promesa de que vamos a cambiar la Constitución de Pinochet, porque esa Constitución está muerta y debe haber una nueva. 

¿Cómo ves tú al gobierno del presidente Boric para encabezar también todo este momento?

Este gobierno y esta generación están llamados a ser protagonistas del cambio de Chile. Y esta es la oportunidad que se abre para ellos. Hay una lección en esto: la izquierda quedó sola, el centro la abandonó completamente. Y yo no puedo creer que las autoridades de gobierno no supieran de esta derrota hace mucho rato. A mí me da la impresión de que las señales que aparecían eran que el gobierno ya sabía que íbamos a perder, pero nadie sabía por cuánto. Yo encuentro que lo que le está pasando en Chile es maravilloso y tenía que pasar. Es el rol que la historia les tenía guardado a esta generación y yo aplaudo que lo hagan y que sean ellos quienes lo lideren. Dicho en buen chileno, me importa una huea’ que se equivoquen y hagan pelotudeces; lo importante es que sepan que hay que hacerse responsable de lo que uno hace y dice, y que en política la cosa es sin llorar. A diferencia de todos los que estuvieron antes, estos cabros al menos aprenden de sus errores y crecen. Eso es lo que este país necesita: aprender y crecer.

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