Jóvenes votando por constituyentes

Agencia Uno

Los incrédulos, los ilusionados y los convencidos: ¿Cómo son los nuevos votantes tras el estallido social?

Un estudio realizado por la Universidad Diego Portales y Subjetiva da luces sobre cuáles son los discursos y las percepciones que se han instalado en estos últimos dos años, atravesados por el proceso constituyente y una mayor presencia de los gobiernos locales. Pero, de cara a las elecciones presidenciales de mañana, uno de los investigadores advierte: los comicios están “con poco énfasis en las agendas de los nuevos votantes”.

Aproximadamente la mitad de los y las chilenas no concurre a votar. Pero hay una “otra mitad”. Así se decidió llamar un estudio liderado por los investigadores Claudio Fuentes de la Universidad Diego Portales y Sergio España de la consultora Subjetiva, y que hace alusión al porcentaje de participación del padrón electoral, que no ha superado el 50%, desde las elecciones municipales de 2012 en adelante, cuando ya estaba el sistema de inscripción automática y voto voluntario.

Así, mientras que en 2012 el 43% del padrón acudió a las urnas, en las presidenciales del 2013 lo hizo un 42% y en las de 2017 un 49%. En tanto, en el Plebiscito de 2020, fue el máximo alcanzado con el 50,9% del total de habilitados para votar.

Fuentes y España resolvieron ahondar en los discursos de las personas que se abstenían de votar. Para eso, primero analizaron dos estudios que habían llevado a cabo con anterioridad. 

El primero, de 2017, observaba una alta valoración de la participación, pero vinculada a causas específicas, junto con una crítica a los procesos electorales, asociados a mentiras, gasto innecesario y pérdida de tiempo. El segundo, de 2019, fue realizado únicamente con estudiantes de educación superior, y reveló que el concepto de participación entre los jóvenes no estaba vinculado con el de democracia.

Ahora, en “La otra mitad”, los expertos quisieron verificar si el ciclo político iniciado en octubre de 2019 incidió en los relatos de participación ciudadana y la decisión de no votar.

Dentro de los principales resultados, el académico e investigador Claudio Fuentes, explica que “lo primero es que entre los jóvenes, particularmente, uno identifica ciertos brotes de interés por participar y que se han dado por el estallido social, el Plebiscito y donde hay un grupo particularmente que manifiesta una predisposición mayor a participar”. Es este segmento de edad, afirma, que concurre más a votar, mientras que los mayores de 60 dejan de hacerlo.

Mientras que en 2012 el 43% del padrón acudió a las urnas, en las presidenciales del 2013 lo hizo un 42% y en las de 2017 un 49%. En tanto, en el Plebiscito de 2020, fue el máximo alcanzado con el 50,9% del total de habilitados para votar.

Sobre este “nuevo votante”, destaca que es más despolitizado y que le preocupan ciertos temas como el medio ambiente, la naturaleza, el trabajo, la inserción laboral. “La pregunta es hasta qué punto las candidaturas presidenciales atienden ese tipo de problemas. La elección, además de este debate centrado en los atributos de los distintos candidatos, está con poco énfasis en las agendas de los nuevos votantes”, cuestiona.

En tanto, el periodista e investigador Sergio España destaca que uno de los principales hallazgos fue que, a partir de octubre de 2019 se ha repolitizado de nuevo la sociedad, lo que ha derivado en un discurso más crítico y en una mayor valoración de la participación política por parte de los jóvenes.

Se trata de un tema que ha llamado la atención de distintos investigadores. En relación a la participación electoral de los jóvenes en el Plebiscito de 2020, Antonio Díaz-Araujo, socio y gerente general de Unholster y fundador de DecideChile, señala que “si bien la concurrencia de este grupo etario fue efusiva al votar por una nueva Constitución, esta bajó al momento de elegir a los representantes de la Convención que llevaría a cabo la redacción de la nueva Carta Magna. Para el Plebiscito, un 55% de los menores de 30 años asistió a las urnas, mientras que para la Constituyente fue un 38%”.

Nuevos perfiles

Según el estudio, entre los no votantes, se identificaron ciertos rasgos comunes, como la percepción de que la política no influye notoriamente en su cotidianeidad, sumado a una demanda por cambios más profundos, pero con cierto escepticismo.

En el análisis de los investigadores, hay ciertos ejes que se mantienen en comparación a años anteriores, como la desconfianza en el cumplimiento de las promesas, la pérdida de tiempo o la corrupción. Sin embargo, sienten que el no votar no inhabilita a las personas para opinar políticamente, pese a que sí existen algunas tensiones por la responsabilidad que ese acto pueda tener.

Esto ha sido identificado como algo preocupante. Para la académica del Instituto de Ciencia Política UC, Julieta Suárez-Cao, “la abstención es uno de los déficits democráticos más importantes”: “Es preocupante, porque quienes se abstienen no es gente al azar. Quienes participan tienden a sobre representar a ciertos grupos, como quienes tienen mayor educación o mayor edad”.

Daniel Miranda, investigador asociado del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), señala que si bien hay una especie de quiebre o cambio en el discurso de la política, coincide “en esta distinción de la política institucional, la desconfianza, con un alto grado de preocupación a la corrupción institucional. Pero eso no quiere decir que un grupo grande de personas no esté interesado en temas públicos”.

Dentro de los votantes, de acuerdo al estudio de Claudio Fuentes y Sergio España, hay quienes comenzaron a votar en la segunda vuelta de 2017 para evitar la elección de Sebastián Piñera. En su relato se muestran críticos, pero reconocen el riesgo de no elegir a ciertas autoridades. También participaron del proceso constituyente y se mantienen observantes de su avance.

Según el estudio, entre los no votantes, se identificaron ciertos rasgos comunes, como la percepción de que la política no influye notoriamente en su cotidianeidad, sumado a una demanda por cambios más profundos, pero con cierto escepticismo.

En este sentido, en su investigación más reciente se identifican tres perfiles: los incrédulos, los ilusionados y los convencidos.

Los “incrédulos” se refieren a quienes mantienen su desinterés en participar en futuras elecciones, debido a la decepción de la política y los políticos, aunque creen que las elecciones no son la única instancia para participar.

Entre los “ilusionados” se encuentran quienes con el proceso posterior al 18-O vieron una canalización política de las demandas ciudadanas.

Y los “convencidos” son los nuevos votantes, con una tendencia a continuar con las votaciones debido a las expectativas sobre el futuro del país.

Participación electoral y participación política

En 2021, la participación siguió siendo mejor evaluada mientras se acerque a causas o asuntos importantes en el entorno cercano de las personas. Se ve poco avance -tanto en votantes habituales como no votantes- en cuanto a la participación como una práctica habitual para resolver conflictos o negociación en la esfera local o vecinal. El rechazo a la participación como una práctica habitual se relaciona con el riesgo de la politización de la misma, que la “política” y los “políticos” la instrumentalicen.

Un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) –Diez Años de Auditoría a la Democracia: Antes del Estallido– ya arrojaba ciertas señales sobre este tema. En la década previa al 18-O, de 2008 a 2018, hubo un cambio en las formas en que la ciudadanía se involucraba políticamente: aumentó la participación (de un 24 a un 52%) y aumentó el apoyo en distintas formas de acción política más allá de la electoral.

En cuanto a la democracia, esta seguía siendo el régimen de gobierno preferido por la mayoría de la población (52%). Sin embargo, había aumentado la evaluación negativa del funcionamiento de las instituciones como el Congreso, los partidos políticos y los tribunales de justicia.

Claudio Fuentes coincide en que hay una fuerte desconfianza hacia la autoridad pública y también entre las personas. “Hay un tema de colaboración y de resolver colectivamente conflictos, y ese es uno de los desafíos a futuro, generar mecanismos de activación ciudadana para la participación (…) una de las grandes demandas tiene que ver con que sean más vinculantes, la gente está un poco cansada de ser escuchada, participar y después no ser tomada en cuenta”.

En esta línea, la Encuesta Espacio Público – Ipsos 2020, Chilenas y chilenos hoy, dentro de sus resultados está que la preferencia por mecanismos de democracia directa sigue creciendo. Por ejemplo, más de un 70% de los encuestados señaló que decisiones como la mejora de espacios públicos, las políticas de seguridad comunales, en qué invertir los recursos públicos, el cambio en el plano regulador de la comuna o las reformas de educación debiesen tomarse por vías como consultas ciudadanas o plebiscitos.

El Centro de Estudios Públicos (CEP), en el Estudio Nacional de Opinión Pública N°85, de agosto de este año, también mostró que un 61% afirmó estar de acuerdo con que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno.

“Si ves las encuestas que hace el CEP, cerca de dos tercios cree que la democracia es el mejor sistema. Solo baja con el caso SQM. Es como una relación de amor y odio, no puedo vivir con, pero tampoco puedo vivir sin. Esa tensión es muy interesante de observar”, opina Sergio España.

El experto cree que la clave está en cómo generar confianza en las personas para que participen políticamente y no por problemas puntuales. Pero, ¿cómo? “Lo primero que hay que hacer es legitimar la confianza en las instituciones. Más que campañas para votar, lo que habría que pensar es en cómo validas la participación a nivel local. El otro actor es la Convención Constituyente”.

Convención Constituyente

Entre los expertos consultados, el estallido social sin duda inició un ciclo político que marcó un antes y un después, y que prácticamente a nadie dejó indiferente. De acuerdo a la investigación, en los “nuevos votantes” existe un relato de que el 18-O es visto como una oportunidad de transformación, hay preocupación por cuidar el proceso constituyente y los riesgos que lo puedan afectar.

Asimismo, se ve una postura más táctica, que es la de “votar por el mal menor”.

El 18-O también entre los entrevistados es visto como un hito de repolitización en la familia. En algunas por primera vez se sentó el tema en la mesa y hay otras en las que siempre ha estado. En las que tienen altos niveles de politización ocurrió un efecto de saturación.

El Centro de Estudios Públicos (CEP), en el Estudio Nacional de Opinión Pública N°85, de agosto de este año, también mostró que un 61% afirmó estar de acuerdo con que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno.

Para Daniel Miranda, con el proceso constituyente “se produce un fenómeno de reconexión con una institución que es considerada una institución política, pero distinta a los parlamentos y políticos. Lo que se ha visto en algunos datos tiene que ver con grados muchos más altos de confianza”. Añade que “la Convención tiene un grado de representación de la sociedad chilena que otras instituciones previas”.

Si se revisan los niveles de confianza en las instituciones, el Barómetro de la política Cerc-Mori de mayo de 2019, mostró que la confianza se desplomó entre 2018 y 2019 en el primer año de la segunda presidencia de Sebastián Piñera. La confianza interpersonal también cayó de 21% a 13% entre 2017 y 2019. Y al preguntar el sentimiento que produce la política: un 48% dice que desconfianza.

Sergio España coincide con el diagnóstico. “Falta cohesión social. Chile tiene una de las tasas de confianza interpersonal altísima, no solo desconfiamos de las instituciones, sino también de los vecinos. Esa falta de cohesión hace que la participación social sea difícil”, dice.

Dentro de las sugerencias del estudio de la UDP y Subjetiva, está integrar al proceso constituyente como parte del esfuerzo de fortalecimiento de la participación política, ya que su evolución puede ser un impulso para el fortalecimiento de una cultura política más participativa. Si es así, la Convención será clave para “reencantar” respecto de nuevas formas de hacer política y del vínculo de la ciudadanía y representatividad.

Para Suárez-Cao en el proceso constituyente la participación ciudadana va a tener un peso importante y “puede ser la última oportunidad de conectar a la ciudadanía con la política. El desafío está en cómo combinamos las dos cosas, participación ciudadana con la democracia representativa. Lo que hay que demostrar es una cierta efectividad de la participación”.

Fuentes indica que “el proceso constituyente depende mucho de la capacidad de que tenga la propia Convención de involucrar a la gente. Esto tiene que pasar muy rápido, debiesen implementarse dispositivos de participación de aquí a marzo para que la gente sienta que lo que está diciendo tenga un efecto real”.

España afirma que son los gobiernos locales junto con los alcaldes y la Convención Constituyente “los que pueden ayudar a construir la base para que la gente confíe en el sistema”. Según las encuestas, cree que la Convención de alguna manera no está cumpliendo expectativas -quizás muy altas- “que tiene que ver con una forma distinta de hacer las cosas y eso no se observa. A la gente le molestan las peleas, las diferencias, cosas pequeñas en los medios, sensación de confusión, descalificación”.

Califica el caso de Rojas Vade como “demoledor, porque traicionó la esperanza del cambio, la transparencia, eso mató una parte importante de la confianza de algunos sectores”.

Y en cuanto a las elecciones de este domingo, los expertos consultados afirman que es muy difícil predecir cómo se va a comportar la abstención.

“Si votan los jóvenes el índice de participación va a ser más parecido al Plebiscito. Pero si no lo hacen, será más parecido al que hubo en la elección de mayo. La participación de los jóvenes en el proceso es clave y puede cambiarlo todo, ya que este grupo etario, según dictan los datos, son más propensos a votar por la centroizquierda. Por otra parte, los mayores de 50 votan más por la centroderecha y el control de la pandemia puede favorecer a que los viejos vayan a votar más”, comenta Díaz-Araujo. 

Fuentes indica que “el proceso constituyente depende mucho de la capacidad de que tenga la propia Convención de involucrar a la gente. Esto tiene que pasar muy rápido, debiesen implementarse dispositivos de participación de aquí a marzo para que la gente sienta que lo que está diciendo tenga un efecto real”.

Miranda, por su parte, indica que las dos elecciones previas se comportaron muy diferente en términos poblacionales. “Como no tenemos voto obligatorio, no se sabe quiénes van a votar, de qué sectores, es muy difícil hacer una predicción. Sin embargo, elecciones de alta polarización tienden a llevar a personas que típicamente no votan”.

En términos concretos, Suárez-Cao indica que no se han tomado medidas de carácter institucional, como incorporar a las personas privadas de libertad, la accesibilidad de las personas con discapacidad, el poder votar más cerca del domicilio, promover el voto obligatorio, entre otras. “Si pretendemos que participen más, pero no hicimos ningún cambio electoral, en eso soy más pesimista. El juego sigue teniendo las mismas reglas”, dice.

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