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Yo, madre

5 de Mayo de 2022

La maternidad no es sólo una canción de cuna

La imagen es un collage que hace referencia a la maternidad Patricio Vera

Todos hablan del embarazo con romanticismo. Pones maternidad en google y todas las mujeres aparecen sonriendo con sus manos en el vientre y relatan haber recibido la mejor noticia de sus vidas, yo en cambio estaba adolorida, tenía la guata hinchada como si me hubiera caído a la olla y lloraba sin parar. Era como si me hubieran desahuciado.

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En plena adolescencia, quizá antes, mi madre me entregó un cuaderno azul escrito a mano que el tiempo fue tiñendo de amarillo. Lo llevó durante el tiempo que estuvo embarazada de mí, cuando me convertí en la primera de sus tres hijas. Tenía 21 años.

Conservado como un tesoro, estuvo por años en el cajón del velador donde se guardan las cosas que no quieres perder de vista. Cada vez que peleaba con mi madre recurría a esas líneas. El amor que desprendía ese cuaderno era tan irrefutable que yo volvía rápidamente a mi lugar de hija. No se puede estar en conflicto con quien te trajo al mundo, pensaba.

Conforme fui creciendo, el cuaderno tuvo otras lecturas. En la larga terapia que me permitió abrazar mi propia identidad y en la que corté el cordón umbilical para parirme en varias dimensiones, lo releí y esta vez me despertó demasiadas preguntas. ¿Dónde estaba la mujer que me trajo al mundo cuando lo escribió? En el cuaderno sólo había espacio para la ternura y la entrega incondicional de una madre. Era como si su fragilidad, sus miedos, sus frustraciones, su cansancio, su propia vida, hubieran sido sepultados por canciones de cuna, mazapán y oxitocina.

Mi madre se embarazó en una de las tantas reconciliaciones que tuvo el tormentoso pololeo con mi padre, pero ni el vértigo ni las ojeras que debió haber tenido mientras sacaba su carrera adelante, me amamantaba en los baños de la universidad, lavaba pañales de tela a mano y posteriormente salía a trabajar para sostener la casa en plenos años 80, parecían alterarla. Su maternidad era tan impoluta, perfecta, omnipresente y valiente que hasta las contracciones de parto habían sido llevaderas: según sus recuerdos, las pasó comiendo tallarines hasta que la matrona le dijo que se fuera rápidamente a la clínica porque yo –la bendición, la primera nieta que el legendario abuelo materno amó con devoción hasta que una pancreatitis se lo llevó a la tumba– iba a nacer en cualquier momento.

—Ese día que naciste, desaparecí. En la clínica todos tenían los ojos puestos en ti y pasabas de brazo en brazo. Nadie me preguntaba cómo me sentía, a nadie le importaba yo— solía bromear mi madre en las juntas familiares. En medio de la risotada colectiva, yo siempre mascullaba esa frase que curiosamente no aparecía en ningún rincón de ese cuaderno azul. Si la primera referencia de la maternidad que tienes son los relatos de tu propia madre y algo tan relevante como los costos de la maternidad no estaban allí, ¿entonces qué otras sensaciones habían sido omitidas o sublimadas durante la escritura de ese cuaderno? Básicamente comprendí que el día que nací ella había muerto, pero ¿no había puesto resistencia siquiera?

—Ese día que naciste, desaparecí. En la clínica todos tenían los ojos puestos en ti y pasabas de brazo en brazo. Nadie me preguntaba cómo me sentía, a nadie le importaba yo— solía bromear mi madre en las juntas familiares. En medio de la risotada colectiva, yo siempre mascullaba esa frase que curiosamente no aparecía en ningún rincón de ese cuaderno azul.

***

Desaparecer. Desintegrarse. Morir, al fin y al cabo, para ser madre, me parecía francamente trágico. Ya habíamos tardado demasiado tiempo las mujeres en convertirnos en madres de nosotras mismas para terminar siendo invisibles. Sacrificarse por los críos estaba en mi árbol genealógico y siempre quienes llevaban esa carga eran las mujeres. Mi abuela –madre de cuatro hijos que mecía coches mientras preparaba la cazuela antes de irse a dar clases como profesora normalista mientras mi abuelo jugaba cachos en el cuartel de bomberos– describe a su madre –mi bisabuela–como una mujer que tenía el delantal guateado de tanto embarazo y que se mantenía callada al lado de la cocina para que no se le cortara la leche, mientras el bisabuelo, militar y posteriormente considerado mártir por intentar fallidamente salvar a un niño de ahogarse, permanecía varios días fuera de la casa donde crecían sus ocho hijos.

A pesar de la épica que entrañaban todas estas mujeres sosteniendo y cuidando solas, si algo tenía claro a mis 30 años era que yo no quería terminar así. Para mi madre la maternidad siempre fue un sueño, para mí un apretón de colon porque mientras ella está convencida de que ahí radica la realización de una mujer y que éste es un instinto que las mujeres no pueden rehuir, yo no sentía ese instinto en ninguna célula de mi cuerpo, le temía al parto y no podía concebir la maternidad como una realización, sino como un enorme barrera para lo que sí me sentía llamada a hacer: contar historias y viajar por el mundo.

A la edad en que el reloj biológico empieza a pisarte los talones, la sociedad presiona cruelmente para que tengas descendencia sin importar si puedes o quieres tenerla; y mi propia madre soplaba las velas pidiendo nietos, la maternidad se transformó en un verdadero nudo ciego. A pesar de que había lugares comunes a los que recurrir: que el mundo está sobrepoblado, que tus hijos son los proyectos, que cómo vas a tener hijos si se te mueren hasta las plantas, mi instinto de cronista siempre me interpelaba: ¿eres capaz de dar vida y no vas a experimentarlo? Como sea tenía que tomar una decisión.

Recuerdo haberme sentido fallada o tratado de esclarecer el problema en la literatura pero lo que encontré fueron relatos muy parecidos a los del cuaderno de mi madre o la negativa rotunda a ser madre que enarbolaban algunos feminismos como protesta al patriarcado. Yo no pertenecía a ninguno de los dos bandos. Estaba en el medio. En una suerte de triángulo de las bermudas del que nadie hablaba. Para las mamás innatas yo era una punkie, para las feministas una hello kitty.

Bordeando los 40 me cansé de darle vueltas al asunto, así que le dejé la encrucijada a la vida. Un día dejé de tomar anticonceptivos y se lo conté a todos los que me venían con la cantinela de los hijos. Ya nadie podría preguntarme por qué no los tenía, no llegaban no más. Confiando en que mis óvulos ya tenían canas y en que había llenado mi útero de miomas que dificultaban un embarazo, me sentí libre. En ningún caso me iba a morir, estaba viva.

Yo no pertenecía a ninguno de los dos bandos. Estaba en el medio. En una suerte de triángulo de las bermudas del que nadie hablaba. Para las mamás innatas yo era una punkie, para las feministas una hello kitty.

Tan viva que un año y medio después olvidé que no me llegó la regla y entonces vino el test de embarazo: en plena pandemia, yo estaba esperando guagua. La noticia fue confirmada por una ecografía en la que lloré pero no de emoción sino de pánico. Una lágrima muy helada bajó lentamente de mi ojo hasta la mascarilla que me cubría la boca, mientras el monitor mostraba un poroto de siete semanas y dos días, cuyo corazón bombeaba 140 latidos por segundo.

—¿Lo escuchas?— dijo la ecógrafa.

Desde ese día mi madre nunca más me preguntó cómo estaba sino que se refería a mí en plural. Según ella debía hablarle a la guata o la guagua creería que la rechazaba, pero si el embarazo duraba nueve meses ¿por qué tenía que sentirme madre automáticamente? Para mí la gestación era igual a transformación. Y no necesariamente sabes lo que resulta de eso hasta que la transitas. Todos hablan del embarazo con romanticismo. Pones maternidad en google y todas las mujeres aparecen sonriendo con sus manos en el vientre y relatan haber recibido la mejor noticia de sus vidas, yo en cambio estaba adolorida, tenía la guata hinchada como si me hubiera caído a la olla y lloraba sin parar. Era como si me hubieran desahuciado.

—Son las hormonas y también que estás dejando ir a la que fuiste hasta ahora. Vive tu duelo sin culpa— me dijo con sabiduría una amiga que había sido madre un año antes, y que a diferencia del discurso hegemónico, validaba los matices que la sociedad silencia argumentando que debes estar a la altura o serás mala madre.

Legitimar los sentires me resonó tanto que me permití fluir durante todo el embarazo. La maternidad es conflicto. Y el big bang también, y sin embargo de esa explosión proviene el universo, ¡háganse esa! Convertirme en la grinch que mi madre ni mis ancestras fueron fue muy reparador. Las embarazadas no sólo somos diosas creadoras, también podemos ser una lata. No tomamos alcohol, no podemos fumar ni debemos respirar el humo de los cigarrillos de los demás, y más encima tenemos que cuidar lo que comemos y reducir la cafeína. O sea ser prácticamente unas virgencitas aburridas.

La maternidad es conflicto. Y el big bang también, y sin embargo de esa explosión proviene el universo, ¡háganse esa! Convertirme en la grinch que mi madre ni mis ancestras fueron fue muy reparador. Las embarazadas no sólo somos diosas creadoras, también podemos ser una lata.

Por suerte la pandemia ayudó a que no me perdiera de mucho. Los aeropuertos estaban cerrados y las reuniones suspendidas hasta nuevo aviso. Pero las conversaciones igual se monopolizaron: que cuándo nace, que si sabes qué es, que si tienes antojos, que si te has sentido bien. Y ahí está uno –tecito en mano- respondiéndole al centro de madres: nace en junio, es niña, no tengo antojos, cuando en realidad te dan ganas de decir que para no estar enferma te duele hasta respirar, que te tomarías el bar completo y que ahora te quedas dormida parada, y que si no fuera por esas hermosas pataditas en la guata, una especie de código morse con el que la guagua hace toc-toc desde el espacio sideral, pensarías que eso de estar gestando un hijo es como de ciencia ficción. La posibilidad más cierta de volverte marciana.

Me dieron ganas de raparme pero a falta de peluquerías abiertas por el Covid, me puse una capucha que compré en Plaza Dignidad y me saqué mis primeras fotos. Era un 8 de marzo de 2021, tenía unos cinco meses de embarazo y la guata se me asomaba con gracia: aún me podía ver los pies. “Llevarte es mi revolución” fue la frase que salió de mis vísceras y que mi compañero rayó sobre mi piel. Pero, ¿qué significaba eso? A esas alturas mi cerebro ya estaba tartamudo, así que cuando escuché en una serie de tv que muchas de las respuestas llegan cuando miramos a nuestras guaguas por primera vez, detuve la ansiedad. Ahora bastaba con sentir.

Una vez un amigo muy querido me dijo: “Tu compromiso no es con la maternidad, sino con esa pequeña que se está gestando dentro de ti y ahí está la belleza”. Y me hizo mucho sentido porque fue cuando me dijeron el sexo de la guagua que pude nombrarla y el embarazo tomó otro carácter para mí. Recuerdo que las imágenes que se me vinieron automáticamente a la cabeza en esa ecografía en 3D en la que supe que esperaba una hija fueron las de una fogata de mujeres bajo la luna llena. En la otra aparecía yo llevando a mi hija bajo el ala como si fuera un balón de béisbol, en una suerte de carretera como la que evoca Corman McCarthy en su novela ganadora del Pulitzer, donde un padre trata de salvar a su hijo de los caníbales en un paisaje que ha sido devastado recientemente por un holocausto nuclear.

Enfrentando mi propio apocalipsis, me gustaba la idea de rescatar y empoderar a mi hija con mis contradicciones a cuestas, dejando correr las emociones sin atajo, al mismo tiempo que trabajaba los miedos, me entrenaba física y emocionalmente para dar a luz y tomaba talleres de parto respetado. Siempre te dicen que uno trae a los hijos al mundo, pero la verdad es que ellos llegan cuando y como quieren y uno es sólo el puente. En mi caso tuve 10 días de contracciones, 16 horas de trabajo de parto en pleno We Tripantu, y por más que con mi compañero la invocamos bailando lentos en penumbras y pujando en cuclillas, comiendo papayas y oliendo lavanda y naranja, no quiso salir. Mi hija estaba tan cómoda en el útero que tuvimos que desalojarla a las 41 semanas porque había roto fuente. A pesar de que nunca logramos imaginar su rostro antes, cuando la sacaron y reptó hasta mi pecho supe que esa niña venía de mis entrañas y que como nadie conocía el ritmo de mi corazón. Sin visitas durante dos semanas y en completa intimidad, nos reconocimos la una a la otra. Mi instinto materno nacía con ella. No venía por defecto, estaba en construcción.

***

Pensé que me iba a volver loca. Ningún llanto me había llevado al borde del abismo como el que tuvo mi hija durante el primer mes y medio de vida. Recuerdo uno en particular que la transformó completamente: se puso roja y los ojos se le ennegrecieron como boca de lobo furioso. Hasta que despedí a las visitas, apagué las luces, la puse en la teta y ella agotada, por fin se durmió.

A pesar de que nunca logramos imaginar su rostro antes, cuando la sacaron y reptó hasta mi pecho supe que esa niña venía de mis entrañas y que como nadie conocía el ritmo de mi corazón. Sin visitas durante dos semanas y en completa intimidad, nos reconocimos la una a la otra. Mi instinto materno nacía con ella. No venía por defecto, estaba en construcción.

Recuerdo salir al balcón de mi departamento a caminar en círculos. Salir a comprar el pan y sentir que el eco de su llanto quedaba retumbando en mi cabeza. En una oportunidad hasta me pillé en la caja del boliche meciéndome de un lado a otro como si aún la tuviera en brazos y tratara de calmarla. Exhausta, lloré tantas veces. ¡En qué me metí, por la cresta! ¡En qué momento se me ocurrió tener hijos! Pero entonces regresaba, me miraba profundamente a los ojos y ahí estaba yo, reseteada, corriendo la maratón con ella bajo el brazo otra vez.  

“Cada hora y media, dos horas como máximo, necesitas descansar. Suena bien el paréntesis pero si en el intermedio te cagas tres veces y de tanto mudarte, te da hipo, te amamanto, te sacamos los chanchitos, saltamos en la pelota de pilates, te invento canciones de cuna y finalmente termino tarareando los Prisioneros o Silvio Rodríguez, y aún así sigues despierta, no hay pausa posible, hay una eternidad”, balbuceaba yo por esos días.

A los tres meses descubrí que mi hija era capaz de dormir a pata suelta al lado de un parlante de matrimonio, pero que en casa bastaba que se cayera un tenedor en el piso para que despertara. Las siestas duraban un suspiro o en contadas ocasiones varias horas. Nunca supe cómo hacer que la excepción fuera la regla. Las guaguas son un misterio que uno trata de adivinar como puede, a tientas y lidiando con la frustración y la culpa. Nunca había hecho tanto punta y codo. Nunca había sido tan pantera rosa. La casa se convirtió en un monasterio donde el único ruido era el murmullo y los sonidos de un secador en YouTube que asemejaba el pulso del útero.

A veces sientes que le agarraste el ritmo al puerperio, pero verdaderamente esto es sólo una ilusión. Las guaguas cambian el libreto a cada rato, pero además tienen oídos privilegiados: basta que celebres que algo ha mejorado para que cambie. Son las reinas, las emperatrices. O las tiranas, como plantea Lina Meruane en su libro “Contra los hijos”.

Las primeras veces que la amamanté tampoco fueron como en las películas. Tener la teta afuera literalmente todo el día y toda la noche me hizo sentir una esclava doliente. Había sido expropiada de mi propio cuerpo y aún así no lograba satisfacerla. Recuerdo que se arqueaba hacia atrás y me jalaba el pijama con determinación. Como una animalita agitaba la cabeza de un lado a otro y abría la boca como el exorcista. Por consejo de una amiga compré un tarro de fórmula. Era mejor tener un SOS bajo la manga que verla morir de hambre. Sin embargo, no hubo vez que le diera fórmula que no me sintiera culpable. Así que me puse a portearla de día y de noche hasta que no sólo nos acoplamos, sino que ella ahora no puede ver una mamadera, las escupe.

La cuna se transformó rápidamente en un mueble. A mi hija le gustaba dormir sobre el pecho, así que así pasamos días y noches completas. Rico, pero cuando llevas tiempo sin poder ducharte y la vida transcurre entre su siesta y la próxima, también es tan monótono. La lactancia es la mejor dieta del universo pero mientras todo el mundo opina sobre tu apariencia apenas pares: desde, “te falta bajar la guata no más” a “estás muy flaca, ¿te sientes bien?”, tú apenas te miras al espejo y te pones lo primero que encuentras en el clóset mientras eliges la tenida de la guagua con el pronóstico del clima en mano.

Toda la familia te pide fotos. Pero en realidad la verdadera maternidad es lo que ocurre entre una imagen y otra. Lo que se escribe en tu cabeza en soledad. Lo que se mastica a deshora y no alcanzas a poner a poner en palabras, mientras las emociones transforman al corazón en lavadora. Antes de embarazarme iba a las marchas feministas con el pañuelo morado amarrado a la muñeca. Pero luego de tener a mi hija el pañuelo que me identifica más es el verde, el que simboliza el aborto libre. La maternidad sólo puede ser un camino elegido. Vivir este proceso a la fuerza tiene que ser una tortura y quienes están dispuestas a experimentarlo y lo llevan adelante solas, ejemplos de coraje.

Toda la familia te pide fotos. Pero en realidad la verdadera maternidad es lo que ocurre entre una imagen y otra. Lo que se escribe en tu cabeza en soledad. Lo que se mastica a deshora y no alcanzas a poner a poner en palabras, mientras las emociones transforman al corazón en lavadora.

Criar es como estar en terapia 24/7. El encuentro con tu oscuridad, como escribió Laura Gutman en “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”. El miedo aflora y se cuela hasta en sueños: que la guagua se enferma, que la guagua se ahoga, se pierde o literalmente se te muere en los brazos. Gutman recomienda hablar de esto con los hijos en lugar de impostar o evadirte, así que con mi hija tenemos conversaciones profundas desde que era muy pequeña. Le digo que lo hago lo mejor que puedo, pero que no soy perfecta. Que sus primeras veces son mis primeras veces. Que estamos aprendiendo juntas a dar aletazos y suspiros, y ella, que tiene el poder de auscultarme con la mirada, se pone a reír.

Del miedo a dormir con ella y terminar aplastándola, pasamos a la fusión absoluta. La cuna se transformó en puercoespín y una noche en que despertó sin parar, su padre la metió al medio de nosotros. Desde que la teta fue autoservicio se acabaron los despertares nocturnos y comenzó el muro de Berlín. Mientras se abría de brazos como Cristo en la cruz y nos dejaba en los palos, sus manitos nos acariciaban bajo las sábanas, nos respiraba en la nuca y nos daba patadas, feliz.

En el fondo siento que le cedí todo, pero que ganamos una hija feliz. Que una nueva versión de mí está ahora en gestación, y que mientras ambas gateamos en el piso y jugamos a la escondida bajo la mesa, me pregunto en qué me convertiré ahora que le pertenezco.  

Mis condolencias y mis felicitaciones al mismo tiempo— me dicen los amigos cuando me ven y yo misma me pillo jalando uno a uno sus dedos diminutos como hacía mi madre conmigo.

Criar es como estar en terapia 24/7. El encuentro con tu oscuridad, como escribió Laura Gutman en “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”. El miedo aflora y se cuela hasta en sueños: que la guagua se enferma, que la guagua se ahoga, se pierde o literalmente se te muere en los brazos.

Mientras ella hace que todos a su alrededor recobremos la curiosidad por las cosas más simples: una persiana mecida por el viento, las hojas de un árbol, la sombra de unas manos en la pared, el sonido de la lluvia, los ladridos de un perro, el brillo de una cuchara, yo balbuceo, giro y lloro y río como una niña, con amor desbocado y vértigo. Los chamanes lo comprendían muy bien: cada cierto tiempo cavan sus propias tumbas y duermen en ellas porque sólo a través de ese rito iniciático pueden trascender el ego. Me gusta pensar que ya no me estoy extinguiendo sino renaciendo. Pero apenas puedo terminar esta escritura. La guagua ha despertado otra vez.

* Gabriela García es periodista y profesora. Ha publicado en medios como La Nación Domingo, Paula, Qué Pasa, Sábado, Ya, Domingo y La Tercera. Ganadora dos veces del Premio MAG’S y finalista de los premios Gabriel García Márquez. Hoy reportea para el diario brasileño O Globo, colabora en el podcast Relato Nacional y realiza talleres de narrativa. Para las mujeres que quieran romper con los tabúes de la maternidad a través de la escritura, está convocando al taller: “Soy mamá, no heroína” (más información, escribir a [email protected])

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