Secciones

The Clinic Newsletters

Más en The Clinic

The Clinic Newsletters
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad

Yo, madre

7 de mayo de 2022

Rompiendo los miedos de ser mamá soltera

La imagen es un collage alusivo a ser mamá soltera Patricio Vera

En esa conversación en mi casa le dije que me haría cargo de mi embarazo. Y con cierta arrogancia tal vez, le dije: “Tú decides si estás dentro o fuera de esta historia, porque yo con esta historia sigo”. Fueron las últimas palabras que cruzamos. Él se fue cabizbajo. Me quedó súper claro que su decisión fue un no.

Por

Siempre pensé en ser madre. Recuerdo nítida una conversación con mi hermana mayor, en el patio de la casa de mis papás. Yo tenía 16 años. Ambas pensábamos en qué nos pillaría el cambio de milenio, el paso al esperado año 2000, cuando tendríamos poco más de 30 años. Casadas, seguro. Con hijos, seguro. “¿Cuántos niños tendrías?”, me preguntó mi hermana. «Muchos», respondí yo, porque me gustan las familias grandes.

La vida, sin embargo, me tenía deparadas otras rutas.

***

Eran otros tiempos. Cuando yo era una adolescente, la fórmula para vivir la vida era una sola: crecías, estudiabas, te casabas, y tenías hijos. Era el patrón, lo común. Lo que se apartaba de eso no existía, o se escondía. De las mamás solteras, por ejemplo, poco y nada se sabía.

Por eso, siempre pensé en ser madre. Me imaginaba cómo iba a criar a mis hijos, las cosas que iba a hacer con ellos. En mi familia hay puras mujeres, así que yo soñaba con hijos hombres, que jugaran fútbol y todas esas cosas que yo no había vivido.

Cuando salí de la universidad, titulada de ingeniera civil industrial, llevaba cinco años de pololeo. Me iba a casar, pero no quise. Quería darme tiempos para hacer cosas sola, disfrutar, viajar, ser una mujer independiente, un poquito díscola incluso. Entonces terminé esa relación larga. No pensé en lo que estaba hipotecando: el tiempo es el tiempo; y uno, sin darse cuenta, se lo va consumiendo…

Como por trabajo y por gusto me movía de aquí para allá, no tenía relaciones estables y con nadie me proyectaba para tener hijos y formar familia.

Cuando yo era una adolescente, la fórmula para vivir la vida era una sola: crecías, estudiabas, te casabas, y tenías hijos. Era el patrón, lo común. Lo que se apartaba de eso no existía, o se escondía. De las mamás solteras, por ejemplo, poco y nada se sabía.

De repente, me encontré con 33 años. Y miré a mi alrededor. Todos casados, todos con hijos. Y yo no tenía ni pololo. Además, estaba la presión social de la curva biológica, que decía que no podías tener hijos después de los 35, que era un riesgo irresponsable para ti y para el niño.

***

Un poco después, lo conocí. Era un hombre casado, moviéndose en ese limbo entre disolver o no su matrimonio. Empezamos una relación, que se fue volviendo cada vez más estable. Pero clandestina, escondida del mundo.

Igual era curioso. Yo sabía que nunca iba a ser mi pareja formal, que nunca se la jugaría, pero sí sabía que era un excelente padre… Entonces cuando lo proyectaba, me gustaba la idea de tener un hijo con él; pensaba que nunca me iba a dejar sola, que iba a estar presente. Siempre imaginé eso.

Siempre creí, hasta hace poco, en que era más fuerte el lazo de ser papá, que no podías dejar a un hijo en el mundo sin tener contacto con él, que ése era un vínculo que valía más que cualquier cosa.

Cuánto me equivocaba…

A mí no me cabía en la cabeza que si esa persona estaba al lado tuyo, frente a un embarazo se iba a ir de la noche a la mañana y te iba a decir: “Esta historia no es mía”.

Pero eso fue lo que ocurrió…

***

Una sola vez antes habíamos hablado del tema. Yo tenía 36 años y tuve un atraso. Conversamos de qué pasaría si yo quedaba embarazada. Él dijo que no pasaría nada, que eso se conversaba. Yo, tal vez con estas ganas de ser mamá, quise entender que para él no iba a ser problema. Además, a mi edad, la posibilidad de que pasara era muy baja.

Pasaron un par de años. Me convencí de que definitivamente no iba a ser mamá, aunque me habría encantado. Me empecé a relajar. A los 39, me tomaba las pastillas anticonceptivas con regularidad, pero con relajo. Había leído tanto, me habían dicho tanto que a esa edad una ya no tiene hijos. Tal vez, pienso, eran mis ganas de ser mamá que aún estaban ahí, sin darse por vencidas…

Igual era curioso. Yo sabía que nunca iba a ser mi pareja formal, que nunca se la jugaría, pero sí sabía que era un excelente padre… Entonces cuando lo proyectaba, me gustaba la idea de tener un hijo con él; pensaba que nunca me iba a dejar sola, que iba a estar presente. Siempre imaginé eso.

Y bueno, en diciembre de 2004, a seis meses de cumplir 40, tuve un nuevo atraso. No le di importancia. Pero la regla no me llegaba. Así que un día salí un rato de la pega, me compré un test de embarazo y me lo hice en mi casa. Estaba embarazada.

Fue divertido: en vez de llamarlo a él, llamé a mi hermana mayor. Le dije: “No me preguntes nada por favor, sólo quiero decirte que estoy embarazada y necesito que me apoyes”. Ella se alegró tanto: “Nos tienes a todos nosotros”, me dijo. Me puse a llorar.

Después lo llamé a él. Obviamente, cuando se lo dije la reacción no fue la misma que la de mi hermana. Me dijo: “Hablemos”. Me acuerdo haber pensado: ¿De qué podemos hablar a estas alturas de la vida?.  

Quedó de pasar en la tarde por mi departamento.

Apenas le abrí la puerta, ya supe en su cara que esto no iba bien… Venía desfigurado, pálido. Me preguntó cómo pasó, que para él era un tema complicado. Para mí fue desagradable empezar a escuchar todo lo negativo… Los dos éramos adultos, dos personas grandes, aunque hayamos tenido esta relación clandestina. Veníamos de vuelta. Yo trabajaba bien, me había comprado mi departamento, había viajado, estaba bien parada en la vida. ¿Por que tengo que escuchar este diálogo?, me pregunté

En una hora que conversamos, entendí que no iba a haber un papá presente. Aunque apostataba a que después podía arrepentirse…

De verdad nunca, nunca pensé que iba a desaparecer totalmente.

***

Yo no tenía miedo. Era una mujer independiente, económicamente estable, me iba bien. No me asusté. Me encantaba ser mamá, quería serlo. Yo siempre les decía a mis amigas: “Yo no ando con el vestido de novia bajo el brazo, ando con la guagua debajo del brazo”.

Eso desde la razón.

Porque en lo emocional fue una bomba que te cae encima. Pensabas que era una persona que te quería… pero luego piensas qué tonto creer que esto podía resultar: una relación escondida, donde no participaban mis amigos ni los de él; un mundo sólo de dos, insostenible.

En una hora que conversamos, entendí que no iba a haber un papá presente. Aunque apostataba a que después podía arrepentirse… De verdad nunca, nunca pensé que iba a desaparecer totalmente.

En esa conversación en mi casa le dije que me haría cargo de mi embarazo. Y con cierta arrogancia tal vez, le dije: “Tú decides si estás dentro o fuera de esta historia, porque yo con esta historia sigo”.

Fueron las últimas palabras que cruzamos. Él se fue cabizbajo.

Cerré la puerta y pensé: “Cagué, no hay ninguna posibilidad que él se arrepienta, que como en las películas se devuelva por el pasillo, me toque la puerta, me abrace y me diga que seremos muy felices”.

Me quedó súper claro que su decisión fue un no.

***

No me asusté por lo que se venía, sino por el paso de hacerlo público. Eran otros tiempos. Cómo les diría a mis papás que estaba embarazada y soltera. Cómo hablar con mis primos, con mis compañeros de oficinas, con mis amigos. No les iba a calzar ninguna pieza; nunca me habían visto con una pareja.

Partí por los más cercanos. Con mis amigos del alma tuve las reacciones menos esperadas, positivas y negativas. Unos me ofrecieron hasta su apellido. Uno me retó, me dijo que no podía entender que cómo una mujer tan inteligente se podía meter en estos problemas en la vida. Yo me puse a llorar; y le dije que era un saco de pelotas, que ésta era mi vida y no la de él.

Una sola vez antes habíamos hablado del tema. Yo tenía 36 años y tuve un atraso. Conversamos de qué pasaría si yo quedaba embarazada. Él dijo que no pasaría nada, que eso se conversaba. Yo, tal vez con estas ganas de ser mamá, quise entender que para él no iba a ser problema. Además, a mi edad, la posibilidad de que pasara era muy baja.

Magdalena, mi hija, nació prematura.

Me acompañó mi hermana a la clínica; luego llegaron mis papás y mis dos mejores amigos. Días después tuve que ir a inscribirla al Registro Civil. Fui sola. Me habían contado que ya le podías poner cualquier apellido; y hoy me arrepiento haberle respetado el apellido del padre. Debería haber buscado uno bonito, que me gustara. Pero tenía esa idea de que el vínculo en algún momento iba a estar, y que él se haría presente. Cuando en la inscripción me pidieron el carnet del papá, me puse a llorar a mares. Tanto, que me dieron un vaso de agua con azúcar.

De vuelta a casa, le escribí a él un mail. Contándole que su hija había nacido. Soy tan ingeniera, que quería dejar la trazabilidad del hecho histórico: como la Magdalena se había adelantado dos meses y medio, no quería que él pensara que lo había engañado con los tiempos.

No recuerdo si me contestó.

***

Cuando Magdalena tenía un año y medio, pensé que no podía ser que no la conociera. Volví a tomar contacto con él. Un día me invitó a almorzar, fui sola. La segunda vez, fui con ella. Recuerdo su cara de sorpresa, de alegría, pero con ojos llorosos de tristeza.

Pese a mis esfuerzos, nunca se instaló una relación cercana, algo presencial, de él con su hija. Hasta el día de hoy no coopera en nada, no da un peso para que la Magdalena viva.

¿Qué hice yo? Hice que la Magdalena creciera sabiendo que existe un papá, y también me preocupé de que supiera siempre que su papá la quería. Le decía que su papá es desabrido, que nunca expresa lo que siente, pero eso no implica que no la quiera.

Empezó a crecer y empezaron los hitos de la vida, como elegir el colegio. Un mundo social, de postulaciones, de entrevistas. Y otra vez los miedos, pensar que el colegio te puede discriminar porque eres mamá soltera. O que pudiera quedar excluida porque no existe un papá. Por suerte me gustó un colegio donde eso no era tema, no había rollos religiosos, ni de prejuicios de la sociedad chilena. Fui a dar mi entrevista sola. No hubo caras ni comentarios raros.

Cerré la puerta y pensé: “Cagué, no hay ninguna posibilidad que él se arrepienta, que como en las películas se devuelva por el pasillo, me toque la puerta, me abrace y me diga que seremos muy felices”.

Yo quería un colegio que dice que forma ciudadanos del mundo, todos iguales. Eso quería: que ella sienta que todos los niños son iguales. Mi primer gran triunfo como mamá fue que Magdalena quedó en ese colegio que yo quería. Fue una responsabilidad grande, como elegirle el nombre. Son dos cosas que va a llevar de por vida. Decisiones fuertes, que yo había tomado sola.

***

Yo me prohibí que hubiese alguien en mi vida. Me daba mucho miedo que la Magdalena viera un pololo mío por tres meses, por un año, y luego otro. Entonces para mí todo ese mundo funcionaba puertas afuera y ella no se enteraba. Ella no tenía que enterarse de la vida amorosa de la mamá. Ella era muy chiquitita. Entonces más vale que siempre me viera sola.

Y así creció mi Magdalena, con su madre siempre sola y un papá que era un desabrido.

Sentirme tan responsable de otra vida me ha hecho una mujer muy ordenada, muy trabajólica. Además fui mamá vieja: cuando yo jubile, ella recién estará entrando a la universidad, y no quiero dejarla endeudada toda su vida; entonces ahorro. Siempre, eso sí, estamos permitiéndonos espacios de disfrutar juntas; tenemos ciertos ritos como cada dos años salir de viajes largos, conocer países.

Hoy los tiempos son otros. Yo declaro sin problema que soy mamá soltera y nadie se escandaliza. Muchas otras mamás también te lo dicen y te das cuenta de que no estás sola en el mundo, que es el molde de muchas familias.

***

Magdalena es quien debe decidir qué hacer con esa historia. Yo no puedo obligarla a tener o no una relación con su padre. Ella decide. Yo le dije: “Me enamoré vieja de tu papá, es una buena persona, lo que pasa es que uno no puede exigir que todo el mundo se comporte como una quisiera”.

Cuando miro para atrás esta historia, no me arrepiento en lo absoluto. Me hubiese gustado tal vez que hubiese sido otro papá, porque de alguna manera idealizaste y te decepcionaste.

Me la he jugado, hemos construido una súper bonita familia las dos con Magdalena, pero no hay un papá y eso te pesa en la vida. No puedo decir que no me preocupa. Yo con mis 56 años miro para atrás y sé que al final la vida te la haces tú. El tema es qué le pasa a ella con esta ausencia. Es una deuda impaga que tú te llevas el resto de la vida, porque sabes que tú lo provocaste. Y aunque pongas todo en la mesa, no la vas a pagar.

Pese a mis esfuerzos, nunca se instaló una relación cercana, algo presencial, de él con su hija. Hasta el día de hoy no coopera en nada, no da un peso para que la Magdalena viva.

Del resto, soy la mujer más feliz. Es una buena cabra, exquisita, una bella mujer. Me dijo que se quiere ir a estudiar a Europa y quedarse a vivir allá. Y yo celebro esos planes. El otro día una amiga me decía: “La tuviste a los 40 años y se te va a ir 17 años después a vivir Europa… no la tendrás cerca y te vas a quedar sola de nuevo, ¿no te da miedo?”. Le dije que de verdad no es rollo para mí. Me imagino viajando, yéndola a ver; jamás se me ocurriría decirle cómo vas a dejar a tu mamá sola

Magdalena se atreve a dar pasos, y mi lectura es que lo he hecho bien. He creado una niña que toma decisiones, que es autónoma, que no se asusta. Me gusta eso.

Hoy los tiempos son otros. Yo declaro sin problema que soy mamá soltera y nadie se escandaliza. Muchas otras mamás también te lo dicen y te das cuenta de que no estás sola en el mundo, que es el molde de muchas familias.

Antes era un mito en la sociedad que como los hijos de madres solteras se escondían, crecían bajo el ala de la mamá y de ahí no salían. Que eran niñitos sin personalidad.

Mi Magdalena, en medio de una sociedad distinta, hoy se prepara para salir al mundo.

*Elizabeth López es ingeniera civil industrial y trabaja en una empresa internacional. Es viajera y reconocida entre sus amigos como una gran cocinera y anfitriona. Vive junto a su hija Magdalena en Santiago.

También puedes leer: Ya vas a querer ser madre


Volver al Home

Notas relacionadas

Deja tu comentario