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Entrevista Canalla

20 de mayo de 2022

Héctor Valdés, cirujano plástico: «Me quiero operar a mí mismo»

Le han llamado el Doctor de las Famosas, pero es mucho más que eso: es un pensador y un artista de verdad. Aquí, entre otras cosas, habla de cirugías, de cuerpos, de narices, de política, del plebiscito, de arte y de vejez.

Por

Lo que se ve en la pantalla del computador, ya sumergidos en un Zoom, es el primer plano de un audaz cirujano plástico que no se ha alisado las arrugas. Vemos a un hombre natural de 63 años, con algunas grietas expuestas sin complejos, y que, al mismo tiempo, ha alisado miles de caras. 

-Pero se ve jovial.

-Je, je- responde él.

Vemos, señoras y señores, a una eminencia peinada para atrás, sonriendo, con camisa blanca e instalado metafóricamente en la gloria. El cirujano vive entre España y Chile, entre sus dos clínicas, alternando pabellones, perfeccionando siluetas. Vemos, en fin, a un doctor que agita la mano desde Madrid y dice:

-¡Hola Chile!

-Hola Doctor…

-¿¿¿Me escuchan???

-Sí, señor.

-¡¡¡Yo escucho perfecto!!!

-Doctor, está hablando con mucha fuerza (y con tres signos de exclamación)…

-Oh, disculpa…- y la voz se le achica respetuosamente.

Vemos, señoras y señores, a una eminencia peinada para atrás, sonriendo, con camisa blanca e instalado metafóricamente en la gloria. El cirujano vive entre España y Chile, entre sus dos clínicas, alternando pabellones, perfeccionando siluetas. Vemos, en fin, a un doctor que agita la mano desde Madrid y dice: «¡Hola Chile!»

Este Doctor se llama Héctor Valdés y es un cirujano plástico muy famoso en el mundo. Tiene una clínica estética en Europa y otra en Santiago, en el Hotel Marriot, en el corazón del Chile cosmopolita. Este doctor es relevante porque torna bello lo que parecía traumado: ha levantado bustos, ha encogido bustos, ha inflado y desinflado nalgas, ha extraído grasa estomacal a un montón de abrumados. Es un Dalí con un bisturí entre los dedos, un hombre al que pagan millones por embellecer.

-La verdad es que la pechuga- ha dicho con hombría- no me parece interesante. 

-¿Por qué?

-Es trabajo.

Dicen que repara celebridades, que ha arreglado a muchísimas famosas, a tantas estrellas con un hueso impopular. 

-¿Es cierto?

-¿Qué?

-¿Ha operado a la Reina de España?

-Eso me lo reservo.

-¿Ha operado a alguna conductora de televisión imponente?

-Eso queda para mí.

-¿Actrices con Premios Oscar?

-No puedo dar esa información.

-¿Animadores de televisión local que aspiran a ser jóvenes?

-No lo diría. 

A veces, admite, mujeres le han coqueteado con el objetivo de obtener un precio oferta, una promoción estética. Su filosofía es la templanza: la cirugía plástica, dice, es similar al consumo de alcohol, se debe hacer con moderación. Una sola liposucción y listo. Dos liposucción y vienen los mareos.

-¿Qué busca usted al hacer su trabajo?

-El equilibrio.

-¿Para qué sirve la belleza?

-Mmm, creo que para disfrutarla.

La belleza va unida a la actitud, dice. La belleza debe tener un sustento psíquico, enfatiza. Forma y fondo, reclama. Un musculoso con la voz aflautada es imperfectamente hermoso. Y, en esa tónica, de qué sirve ser bellísimo, se pregunta, de qué sirven dos pechos simétricos, la excelencia corporal, la mirada de Brando, si no hay espesor. Quiero que haya algo por dentro, implora. O si no todo sería vacío. Por eso en una ocasión, tras adentrarse en el drama de una paciente, le dijo:

-Mejor no te operes.

-¿Por qué no, doctor?

-Tu busto es bello. No entres en la dinámica del implante. 

-Le debo una, doctor.

-Ya, vete de aquí y ve por la felicidad.

Los cambios parten en el interior, concluye. La vida es sacrificio y trabajo, agrega.  

-Déjame decirte algo, amigo mío- continúa el Doctor Valdés.

-Diga.

-Soy hijo de una profesora y de un vendedor.

Traga saliva. 

-La verdad es que yo vengo de abajo, amigo.

-¿De qué parte, doctor?

-Independencia. Teníamos una confitería.

Soy hijo de una profesora y de un vendedor. La verdad es que yo vengo de abajo, amigo. Independencia. Teníamos una confitería».

-¿Le inculcaron el esfuerzo como forma de progreso, doctor?

-Siempre- sostiene con lentitud- me inculcaron el trabajo.

Relata la historia de un niño solitario, un Héctor callado que atendía la confitería del papá. Héctor Valdés cuenta una historia familiar plagada de unión y agotamiento. 

Un día Héctor gritó a sus padres:

-¡Decidí estudiar Arquitectura!

La mamá lo miró secamente.

-Será Medicina- apostó la señora Peñailillo.

Y Héctor Valdés se tituló de médico cirujano en la Universidad de Chile en el año 1981.    

-La medicina es muy dura- susurra.

-¿En qué sentido?

-Mire, yo no tengo piel para ser médico. 

-¿Pero acaso no es médico?- apunta, alarmado, el reportero.

-Me di cuenta al trabajar en el Sótero del Río que no podía ser médico. Terrible. Niños con cáncer. Y yo soy muy sentimental y la medicina es, permanentemente, enfrentar la muerte…¡nadie va feliz al doctor!

Me di cuenta al trabajar en el Sótero del Río que no podía ser médico. Terrible. Niños con cáncer. Y yo soy muy sentimental y la medicina es, permanentemente, enfrentar la muerte…¡nadie va feliz al doctor!»

Y entonces optó por arreglar a la gente. Y ya ha perfeccionado la anatomía de veinte mil personas. El reportero, admirado por las cifras, y por el respeto que ha generado en la multitud de operados, le dice:

-Usted no es un doctor…

-¿Ah no?

-Usted es un artista- e infla a Héctor Valdés con el elogio.

Pero el doctor sonríe y asiente con tranquilidad. No se asombra. 

-Sí- confirma- soy un artista.

-Un artista para pulir cuerpos…- insistimos. 

-No. Soy un artista que expresa un mundo interior.

-¿A qué se refiere?

-Soy escultor- responde con seriedad.

-¿Usted?

-Así es.

Y cruza las manos frente a la pantalla. Las manos del doctor parecen las de un pianista, los dedos limpios por completo, como si le hubiesen pasado una aspiradora.

El escultor Valdés

De manera que la situación queda a la inversa: el escultor Héctor Valdés por momentos es un señor minucioso que ejerce la cirugía plástica. El escultor revela que su interés viene desde que era un niño. En ese instante, se emite una pregunta dirigida a los señores Valdés: “Señor Valdés, ¿cuál de los dos señores Valdés le acomoda más en la actualidad, el hombre que ha operado a veinte mil personas de cuarenta nacionalidades distintas o el escultor que forja su visión de mundo en yeso o en bronce?”.

Raspa la garganta. 

-Yo soy 20% doctor y un 80% escultor.

Tiene, paradojalmente, ochenta obras realizadas. Y ahora le brillan los ojos:

-Hace unos meses doné una escultura mía para la Teletón. 

Y aquí comienza una nueva fase en la conversación. Ya no es el Doctor de las Famosas, el cirujano que guarda el secreto, no, es un bohemio bien afeitado, de camisa dentro del pantalón, un Miguel Ángel verídico. “He tomado cursos”, advierte. “La cirugía plástica me ha permitido tener motricidad muy fina. En mi trabajo de cirujano plástico hago cosas con yeso. Tengo el dominio”, confiesa. 

Yo soy 20% doctor y un 80% escultor».

Y muestra a la pantalla del computador, desde su residencia en Madrid, una obra. 

-Mira- dice.

Lo que vemos es arte médico. Una escultura atrevida, hecha en metal.

-En bronce- aclara.

Le ha variado hasta el peinado. Un mechón de artista conceptual se le resbala sobre la frente. Repentinamente se ha tornado un vanguardista.

-Bueno- explica el escultor- tal vez mi obra más conocida consta de una bandera chilena en un quirófano.

El reportero, sagaz, comprende al instante el concepto.

-¿Chile agoniza?

-Chile está en coma, señor.

-¿Chile está intubado?

-Chile está en una crisis. Una crisis de identidad. Chile es un país joven, en la adolescencia. 

-¿Chile está en la edad del pavo?

-Sí, Chile está un poco tontito. Con poca profundidad.

-¿No quiere operar a Chile?

-Mire, hay que pensar bien las cosas. 

Sí, Chile está un poco tontito. Con poca profundidad».

-¿Y una liposucción a la patria?

-¿Sabe cuál es la solución? Esto no es de derecha o de izquierda, esto se trata de que el bien nacional esté por encima de los intereses políticos.

-¿Cómo se llama esa obra?

-”Estado Crítico”, hecha en vidrio y acero.

Y el escultor se politiza y opina con más volumen en la voz:

-¡Tengo amigos de izquierda y de derecha, respeto ambos sectores, ambos tienen cosas buenas y malas, pero cómo no vamos a estar en un estado crítico si se quiere cambiar la bandera, el país, todo!

-Usted ha hecho arte político…

-Desde mi pequeña voz quiero expresar que tenemos problemas. Pero la forma en que se está haciendo la Constitución es agregar un nuevo problema.

El escultor piensa que falta pensar colectivamente. “Yo invito al Rechazo”, exclama, poseído, indignado, febril. “¿No se estará apresurando?”, lo calma la prensa. “¡Quieren fragmentar el país! Necesitamos una nueva Constitución sin lugar a dudas, pero es preferible volver a la idea de Bachelet. Buscar otra alternativa”. 

Resulta evidente que el doctor es un Valdés moderado y, por otro lado, el escultor es el Valdés pasional. Pasan unos segundos. El escultor, como un Hulk que desinfla su ira, empieza a retornar al equilibrio. Le han vuelto los colores médicos a la piel. El mechón despeinado se lo estira hacia atrás. 

-¿Doctor?

-Sí, aquí estoy- responde   pacíficamente Héctor Valdés. Y se le ve un tanto sorprendido.

Yo invito al Rechazo”, exclama, poseído, indignado, febril. “¿No se estará apresurando?”, lo calma la prensa. “¡Quieren fragmentar el país! Necesitamos una nueva Constitución sin lugar a dudas, pero es preferible volver a la idea de Bachelet. Buscar otra alternativa”. 

Dos toquecitos para el doctor

El Doctor Valdés ha retornado a la entrevista y ahora expresa aspectos de su vida íntima: 

-Me gusta jardinear. Me gusta la ópera. Trato de que mis hijos aprecien la ópera. 

-¿Cuántos hijos tiene?

-Cinco. Entre los 25 y los 18 años. Todos muy seguidos.

-¿Son todos hijos suyos?

Un extraño silencio circula entre los computadores.

-Mis hijos son adoptados. No es algo de lo que hable mucho.

Ellos lo saben, por supuesto. Ellos son felices, tres hombres y dos mujeres. Junto a su señora, María Teresa, decidieron dar y compartir lo que tenían. Esa casa grande, esos mil quinientos metros de jardín. Y adoptaron a cinco niños que hoy están radicados en España y casi todos ellos gritan los goles de Benzemá.

-Les inculco que se preparen para trabajar en lo que aman. 

-Como hizo usted, doctor…

-Creo que sí.

Y ahora, gremial, revela que no le gusta esa ley en torno a la cirugía plástica y que está en trámite. La ley pone condiciones para ejercer estas cirugías y el doctor opina que eso es desnivelar la profesión y favorecer a una elite. Y luego, al ser consultado por cuál es el cuerpo más hermoso del mundo, dice haber visto varios. Reitera que el cuerpo, todos los cuerpos, son trabajo. Y que las llamadas pechugas son parte de su horario de oficina.

-¿Y cuál es la relevancia de una bonita nariz, doctor?

-Para mí una bonita nariz no tiene ninguna relevancia. Mire, la nariz no le sobra a nadie, lo importante es saber llevarla.  

-¿Cuántas narices ha mejorado?

-Tres mil narices.

-¿A quién le gustaría operar, doctor?

El doctor se pone serio.

-Bueno, me quiero operar a mí mismo.

-¿Usted?

-Es que me siento más joven y más vital de lo que me veo…

Y añade con dolor:

-Hace tres años… iba en el Metro, acá en Madrid, y una señorita me cedió el asiento. Fue un golpe al estómago.

Y sonríe, vagamente vanidoso.

-¿Por qué hay tanto miedo a la vejez?

-Porque la vejez se asocia al deterioro.

Hace tres años… iba en el Metro, acá en Madrid, y una señorita me cedió el asiento. Fue un golpe al estómago».

Está en perfectas condiciones. Es un doctor y un artista. Dos Valdés, dos países, dos clínicas.

-¿Y qué le gustaría operarse?

-Dos toquecitos y quedo bien- finaliza, entre risas, en la profunda noche madrileña. Y justo antes de irse, otra vez se le desordena el mechón. Es probable que haya vuelto el escultor y, en plena madrugada, se ponga a martillar el bronce.

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