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María Gracia Omegna sin pantalla y en su debut como dramaturga: “He experimentado una sensación de libertad que no tenía desde hace quince años”

Fue una coincidencia, pero sucedió: justo cuando la actriz se quedó por primera vez en más de una década sin contrato televisivo, es el momento de estrenar un proyecto que ha trabajado por años y la primera obra de su autoría: Cautivo (Lado A), inspirada en el secuestro de Cristián Edwards en 1991 a manos del FPMR. El montaje tiene la ambición de alejarse del teatro discursivo al hacer el ejercicio de memoria. "Algunos van a creer que quizás estoy ridiculizando al Frente o que estoy banalizando un secuestro. Yo no creo que la obra esté haciendo nada de eso. Si genera contradicciones, me parece súper bien, para eso está el teatro", dice.

Por 9 de Agosto de 2025
Pedro Díaz / The Clinic
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“Esto es para mí de las cosas más importantes que he hecho en mi vida; está en mi lista de top cinco, junto con la maternidad. Me ha generado, al igual que cuando soy mamá, desarrollar mucha valentía. Coraje”, dice María Gracia Omegna a The Clinic. Está sentada en el living de su casa una mañana de lunes. Cuando es momento de sacar las fotos para la entrevista, se mira y dice -a cara lavada- que se va a poner la chaqueta de jeans “para no parecer en pijama”. Se ríe.

La calma en su hogar, con perros durmiendo en la escalera aprovechando rayos de sol de invierno, contrasta con los nervios pre estreno. El 15 de agosto Omegna debuta como dramaturga con Cautivo (Lado A) en el GAM, la primera obra que ha escrito -y donde también actúa-. Fueron años de escritura e investigación, para luego liberar la historia con ficción. El montaje se centra en el secuestro de Cristián Edwards en 1991, a manos del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

Los personajes, liderados por una dueña de casa interpretada por Catalina Saavedra, son la familia que prestó su hogar para mantener retenido en una pequeña celda al hijo del dueño de El Mercurio, en lo que se suponía serían semanas y terminaron siendo meses; además están los carceleros y secuestradores, miembros de un FPMR mareado en una democracia incipiente.

“A veces a una le cuesta entenderlo y se resiste, pero todo termina cayendo por su propio peso y todo era por algo”, dice Omegna sobre dar a luz a esta obra, la primera de su autoría, con 40 años. Además, sucede justo tras el fin de su contrato como actriz y rostro principal de Mega, con lo que se encuentra sin pantalla después de más de una década. Agrega: “Ahora yo estaría haciendo una teleserie, como vuelta mono, sin poder dedicarme bien a lo que quiero”.

El mareo de la transición

Omegna dice que Cautivo (Lado A) nació de manera muy “hippie”. Que con amigos querían montar obras, y que a ella le interesaba el tema, porque alguna vez leyó el artículo de Ciper sobre el secuestro de Edwards , de Juan Cristóbal Peña y Pedro Ramírez, y le pareció “una comedia de equivocaciones, qué rara esa época en Chile”, dice. Luego leyó el libro Jóvenes Pistoleros, del mismo Peña.

—Armar una especie de comedia de equivocaciones con este tema es llamativo: generalmente lo que se construye dramáticamente con el FPMR tiene tintes de épica y drama. ¿Por qué te interesó tomarlo desde otro lado?

—Yo tenía una necesidad de hacer algo que me interesara temáticamente, que me removiera un espacio y también incomodara. Por lo general los hechos históricos o políticos tienen mucha relación con eso. Y sentía, personalmente, que me faltaba cuando iba al teatro el hablar de algo profundo, pero nunca olvidar la entretención.  Sentía que todo eso estaba muy amarrado de un ‘deber ser’. Si hablo de un tema que tiene que ver con la memoria de Chile, siempre es muy respetuoso y muy cuidadoso. Creo que lo que pasó durante mucho tiempo post dictadura, cuando no había justicia, había mucha impunidad, que de pronto los espacios artísticos o culturales agarraron una responsabilidad muy rígida en relación a eso. Ser una voz para aquello que no estaba sucediendo. Y creo que el teatro cargó con eso durante muchos años”.

Pedro Díaz /The Clinic

María Gracia Omegna continúa: “Hoy día, cuando ya ha pasado un tiempo, me surgió la necesidad de una obra que pudiese entregarle esa profundidad o que tuviese ese sentido para mí en cuanto a discursos, pero no olvidarme nunca que sea cercano, que sea dialogante. Por lo general los temas políticos se enfrentan así de manera seria o educativa en lo creativo. Y no es una crítica a eso. Pero en mí estaba la necesidad de unir ambos espacios, que porque hablamos de un hecho histórico de memoria, no tiene por qué ser separatista, ni imponerte absolutamente nada, sino que también puede ser un espacio de reflexión y de entretención”.

—Y no temes que se pueda decir que estás banalizando como entretención el secuestro de una persona.

 —Algunos van a creer que quizás estoy ridiculizando al Frente o que estoy banalizando un secuestro. Yo no creo que la obra esté haciendo nada de eso. Si genera contradicciones o réplicas de cualquier tipo me parece súper bien, para eso está el teatro, para generar discusión, reflexión, diálogo. Y también es un espacio en el que yo soy creativamente libre.

—Quizás entre lo más interesante de la investigación de Juan Cristóbal Peña, es que narra que el Frente estaba mucho menos organizado de lo que se piensa. En este caso, un carcelero renuncia, otro le empieza a hablar al cautivo y lo retan. Un choque de generaciones interno. Todo lo que es interesante para desacralizar también.

—Creo que la transición es una época en que hubo mucha clasificación y prejuicio. Un poco se perdió el contexto del que venían estas personas. Si uno investiga el caso da como para cinco obras. Yo solo me centré en esto porque no podía abarcarlo todo, pero la obra cuestiona mucho si son héroes o terroristas, porque en algún momento aquellos que fueron héroes de pronto se volvieron terroristas y los que eran terroristas, de pronto eran héroes. Era todo muy confuso. Entonces la idea es botar esos prejuicios que también tienen que ver como con no entender los hechos reales: estaban estos personajes súper épicos, guerrilleros, terroristas, subversivos, extremistas. Y que finalmente eran más humanos que cualquiera y fueron hijos de un contexto y reaccionaron ante ese contexto. Y de pronto ese contexto cambió. Todo Chile hizo un giro y ellos quedaron en esa búsqueda de sentido.

—Hay una teoría que habla de una especie de síndrome de James Bond: cuando termina la Guerra Fría, ¿qué va a ser del espía que perdió al enemigo de toda su vida? Tiene que buscar un nuevo espacio.

—Exacto, y especialmente el Frente, que más encima nace diez años después de que se hizo el golpe de Estado. Nace como respuesta a algo. Y también como golpeado, de hijos de miristas caídos o desaparecidos. Además de gente que no estaba conforme con lo que pasaba. Fue una reacción. Hicieron una mezcla de políticos o jóvenes que fueron criados en el exilio y que volvieron y fueron preparados para armar esto, y también muchos otros que eran las nuevas generaciones, que es el caso del Negro, Palma Salamanca.

Fran Razeto-GAM

—Lo que él ha dicho en una entrevista, es que tenía 18 años, venía de familia comunista, qué iba a hacer distinto, si ese era su contexto.

—La obra también intenta representar en alguno de los personajes es ese ruido con el que uno fue criado. Yo fui criada con mucho ruido político de esa época, de todos los colores . Yo venía de esas familias súper divididas políticamente. Una derecha muy polarizada, más pinochetista, y por otro lado una izquierda también mucho más polarizada, más comunista. Entonces como que cuesta articular tu propio discurso. Hay mucho ruido de lo que uno escuchaba en esa época, como iba a haber una guerra civil. Estaban todos armados. Miles de cosas, es increíble cómo el sonido colectivo puede ir transformándose en un relato súper errático.

Omegna vuelve a referirse al inicio de los 90, como contexto del secuestro de Edwards: “Todo termina siendo parte de una transición en Chile que está configurándose, que tiene que ver con esta democracia que tiene tintes de Dictadura todavía, en donde Pinochet sigue siendo Comandante en Jefe. Siguen saliendo los tanques a la calle, hay una Ley de Amnistía, sale un informe Rettig que es como una ameba, que generó inconformismo. También viene la entrada de los yanquis a Chile con esta nueva economía, que también es una efervescencia. Es un periodo súper importante de cambios en nuestro país, que también determinan el presente que vivimos hoy día”.

—El 91 y 92 se juzgan con la distancia, pero estaban todos con un nerviosismo constante, todos los sectores adaptándose a una nueva democracia, después de veinte años.

—La que estában intentando prevalecer y proteger, en la medida de lo posible. Cómo se pudiese. Y hay unos que están contrarios a eso, el Frente Patriótico Autónomo ya no creían en esa democracia. Es muy interesante, porque todas las exigencias que ellos tienen, algunas son las mismas del estallido: Asamblea Constituyente, cambio de la Constitución. Y ya han pasado más de 50 años.

—Cristián Edwards es hijo de alguien. Ese es un debate siempre prevaleciente en nuestro Chile post dictadura, si donde tú provienes te determina, si eres culpable de lo que vino antes, si te vas a responsabilizar de lo que pasó. En ese secuestro tienen a alguien cautivo en condiciones horrendas, por su familia. ¿Se reflexiona eso en la obra?

—Ese es el ejercicio de humanidad, eso es lo que se discute. Lo mal ejecutada de la operación en todos los sentidos. Ellos sabían que secuestraron a alguien que no podían matar, porque no era un enemigo, ni político, ni de armas. Esos temas sí se presentan en la obra, porque eso es lo que se discute entre ellos mismos. Uno a veces dibuja la realidad como con buenos y malos. Y yo siento que uno es ser humano, crees en algo, ejecutas en base a eso y tiene consecuencias. Lo que intenta la obra es más que hablar de lo que estuvo bien o lo que estuvo mal. Es ver a esos seres humanos conviviendo en un contexto que ni ellos querían, que se vieron ahí y de pronto se les escapó de las manos. Les genera preguntas. ¿Estuvo bien? ¿Era este al que había que secuestrar? El trato que se le da. Las condiciones en las que estaba él no fueron pensadas para tenerlo ahí cinco meses, sino que, no sé, veinte días.

—Retomando otro tema; ¿entonces te era importante que el espectador no sintiera que la obra era discursiva, o diera clases de moral?

—Yo creo que incluso eso puede ser lo que genera controversia, porque quizás algunos van a esperar que te diga qué fue lo que pasó o cómo tengo que pensar, qué está bien, qué está mal. Yo creo que la obra, en ese sentido, no te entrega nada de eso. Más bien sitúa algo que sucedió, pero dentro de un lenguaje cotidiano de casa. Mezcla el mate que te estás tomando, mientras a algunos les molesta algo de la convivencia y se habla de un tema profundo que tiene relación con esta operación. Mi gran desafío era tratar de encontrar esa realidad, no el discurso.

—Perteneces a una generación donde pueden aparecer nuevos discursos sobre memoria; ¿no está el susto de que te tilden de “amarilla”?

—No me importa mucho con lo que piensen de mí o cómo me digan, sino que a mí me tiene que hacer sentido. Tiene un fin que más bien es dialogante. No me puedo hacer cargo si alguien no lo entiende así. Yo sé que yo no soy amarilla, más bien mi problema en la vida es otro: la rigidez o la radicalidad. Pero yo quería que en la obra no se viera lo que yo pienso, sino las preguntas que me hago. Siempre es todo tan polarizado en relación a un tema de este tipo, que para mí más bien era interesante llegar al centro: ¿Cuáles eran esos seres humanos que estaban ahí, comiendo pan? ¿Qué era lo que les pasaba a ellos? ¿Cómo ficcionar? Y, en ese sentido, eran un desafío las palabras como impunidad o justicia. Tenía que paralelamente generar todo un imaginario de otros conceptos que hablaran de esto, que no fuese de manera directa. Y ese para mí era un gran desafío.

Una obra escrita por María Gracia Omegna

Otra dificultad, no menor, dice María Gracia Omegna, fue encontrar el minuto para sentarse a escribir, siendo madre y siendo protagonista en la pantalla chica. “El tiempo, con una hija, es de lo más difícil. Por eso pasaba como cinco o seis meses en que no escribía nada porque estaba en una teleserie o con mi hija. A veces escribía un acto entero en unas vacaciones de cuatro días”, dice.

Los escritos fueron tomándole un rato. En ese camino, formó junto a la actriz Javiera Mendoza un nuevo motor de obras llamado Colectivo Público, y le pusieron ciertas reglas: que sus montajes sean ejercicios de memoria, de la época que sea, y luego desde ahí ficcionar si es necesario. Segundo, que fuera multidisciplinario, con gente que nunca ha hecho teatro, y ahí sumaron esta vez a Francisca Correa, quien viene del mundo de dirección de arte en cine, y a Sergio “Tilo” González, leyenda de Congreso. Y, como tercera regla, la equidad de género: sumaron para esta obra a Andreína Olivari, en dirección, y la narración la empuja el personaje femenino, el de Saavedra. La acompañan en escena, además de Omegna, Pablo Manzi, Gabriel Urzúa, Rodrigo Soto, Andrew Bargsted, Rodrigo Pérez y Yair Jury.

—Esta es una mochila grande para ser primera obra: un tema complejo, presentado de manera ambiciosa, en cuanto a cantidad de personas y puesta en escena.

—Por eso cuando me decías amarilla, digo, vale, que todo el mundo diga lo que quiera, de amarilla yo no tengo nada. Como que más bien es todo pasado. Este tema siempre me ha interesado, con los amigos que queríamos hacer teatro dijimos ‘escribámosla’ y yo dije ‘no, si yo no sé escribir’. Fue como intentemos, qué importa. Cada uno tenía otros trabajos, entonces daba lo mismo lo que emprendiéramos, porque no lo necesitábamos. Surgió ‘hippiemente’. Y cuando me empecé a embalar sola, mi objetivo era terminar lo que partí, porque muchas veces iniciaba cosas en mi cabeza que no concluía nunca en la procrastinación.

Fran Razeto-GAM


—Y con la maternidad y con un trabajo de tiempo completo.

—Exacto. Uno los espacios libres los quiere para borrarse, para el ocio, no para crear más cosas. Y de pronto empecé a transformar mis espacios libres en esto. Empecé a a buscar asesorías, opiniones. Empezó a tener un feedback que a mí me sorprendió y dije, ‘ah, parece que esto puede ser posible’.

Con el Colectivo junto a Javiera Mendoza, postularon y se adjudicaron un Fondo Nacional de Artes Escénicas. Y comenzaron a armar elenco y equipo de trabajo. “Teníamos una lista de nuestros sueños, y todos dijeron que sí”, dice Omegna.

—Te escucho mucho síndrome de la impostora: nunca pensé, yo no escribo, yo no sé, quizás no me gane el fondo, no puedo creer que dijeran que sí.

—A una semana de estrenar, la crisis del impostor está heavy (se ríe).

—Es tu primera obra escribiendo, pero tienes quince años de trabajo en tele y teatro. ¿Te pasa mucho, esto de dudarte a ti misma?

—Todo el tiempo me dudo un montón, creo que estoy metiéndome a un buque que no sé si lo voy a poder manejar. Pero, a la vez, también digo qué me importa. Esa dualidad de que es algo por primera vez, algo desconocido.

—Y llegó en un momento, como por coincidencias de la vida, donde estás por primera vez sin contrato. Ahora tienes más tiempo.

—Sí, si no estaría como mono, no hubiese podido.

—¿Te enfrentas distinto a las cosas hoy? Cumplir 40 es un momento, se define también cómo se quiere ir para adelante, qué se quiere y a qué dedicarle el tiempo.

—Creo que ha sido un año muy removido. Se ha vinculado con la muerte y el nacimiento, en mi vida familiar. Lo digo en lo literal y físico, y en ese sentido de remover, de sacar, de redefinir cosas. Y me siento muy agradecida de la vida, estoy aprendiendo mucho. Estoy muy contenta de tener tiempo para mí, de haberme enfrentado a esta obra ahora, en este preciso momento, sin nada más que hacer. Quizás no hay una estabilidad tan concreta como antes en lo económico. Pero también hay una necesidad profunda de despertarme creativamente. La crisis te despierta creativamente. Siento que me llega en un buen momento, precisamente a los 40. Quiero ser alguien creativo, activo, hambriento. Quisiera investigar mucho. Me encantaría seguir escribiendo. Y no me gustaría quedar sentada esperando la llamada de nadie.  

—¿En el futuro vas a volver a hacer teleseries?

—Sí, de seguro voy a hacer teleseries en el futuro, pero también siento que me merezco darme la posibilidad de no hacer teleseries por un rato. He dejado mucho por hacer teleseries, por esa estabilidad y por ese cariño al formato. Pero también me gusta mucho la idea de ahora enfrentarme a otras cosas y ver qué se va dando. Me encantaría también poder trabajar en otras cosas, aparte de la interpretación.

—¿Te pegó mucho el fin del contrato en Mega? Más allá de que sepas que ha cambiado la industria. ¿Fue un duelo?

—Sí, me pegó como un duelo, que duró como tres días. Y después experimenté una sensación de libertad que no experimentaba hace quince años. Yo no pasaba un mes sin un sueldo, sin un contrato. Sí me dolió, porque era algo nuevo. Estaba más bien aturdida, como que no entendía qué ser freelance. No sé si es irresponsable de mi parte, porque obviamente tengo que pensar en un futuro. Y sin denostar el formato, feliz de volver a hacerlo, además de agradecida. Pero ser dueña de tu vida es demasiado hermoso.

“Definir qué obra quieres hacer, qué viaje vas a hacer, si vas a tener vacaciones con tu hija. Ver qué es lo que quieres crear, a dónde te quieres ir. La oportunidad de hacer otras cosas como series o películas. Yo eso lo tenía mucho más vetados, porque mi tiempo no me pertenecía, entonces yo no podía postular, porque tenía que pedir 25 mil permisos, que por lo general no te los daban. Ahora yo soy dueña de mi tiempo y eso me da una sensación muy rica”.

*Cautivo (Lado A) se presenta en el Centro GAM del 15 al 31 de agosto.
Horarios: Ju a Sá— 19.30 h. Do— 18.30
. Compra de entradas en GAM.CL.


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