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Columna de Florencio Ceballos: La Lista del Pueblo y las cuentas alegres

Es tan estruendoso todo, tan disparatado, que resulta fácil ceder a la burla y, presa de un entusiasmo miope, sacar cuentas alegres.

“23.000 firmas falsas autentificadas ante notario muerto fueron gestionadas por miembro de banda Los Fantasmas”, “Constituyente ícono de la protesta de los enfermos oncológicos confiesa que nunca tuvo cáncer”.  Los titulares suenan absurdos, fabricados, clickbait para incautos.  Sin embargo, se refieren, respectivamente, al (ex) candidato presidencial y a un (ex) vicepresidente de la Convención Constituyente en representación de la (ex) Lista del Pueblo. Política real, hechos inapelables.

En mayo 2021, la desconocida LdP daba la sorpresa instalando un grupo de 23 constituyentes provenientes de una constelación de activistas medioambientales, territoriales, feministas, y actores de la revuelta. Cuatro meses después, entre renuncias en cadena y acusaciones cruzadas, el fenómeno más original de la política chilena reciente devino también uno de los más fugaces. Los convencionales hasta tuvieron que cambiar de nombre, la avalancha de portadas no perdona.

Es tan estruendoso todo, tan disparatado, que resulta fácil ceder a la burla y, presa de un entusiasmo miope, sacar cuentas alegres.

Cuentas alegres sacó en primer lugar la propia LdP, que se imaginó inexpugnable en su frágil armadura de pueblo y pureza, en sus gestos de performance y sus discursos de intransigencia. Montada sobre un “no-partido” aspiró a capitalizar en otras contiendas el éxito reciente, queriendo todo lo que los partidos políticos tienen (representantes, cargos, poder, mística fundacional, símbolos), pero sin las trabas y contrapesos asociados: ni rendiciones, ni estándares, ni límites, ni funas. Demasiado tarde descubrió que esas cosas estallan en la cara.

Cuatro meses después, entre renuncias en cadena y acusaciones cruzadas, el fenómeno más original de la política chilena reciente devino también uno de los más fugaces. Los convencionales hasta tuvieron que cambiar de nombre, la avalancha de portadas no perdona.

Cuentas alegres sacan ciertos sectores de la izquierda que, confiados en una dudosa mecánica de trasvasijes electorales, suponen que con gestos cómplices y melifluos, los votos huérfanos fluirán de manera natural hacia ellos. Como si este enjambre que es la política chilena pudiese aún leerse bajo las coordenadas tranquilizadoras del espectro izquierda-derecha y no como una fascinante -e inquietante- caja de sorpresas. 

Cuentas alegres sacan los voceros oficiosos de una política que va inexorablemente de salida y que se apresuran a leer en este derrumbe una suerte de desagravio. Como si fuera pensable siquiera un empate, como si la desconfianza y desafección en el sistema político no apuntara esencialmente a las falencias en el centro de dicho sistema -ahí donde los intereses de políticos, empresarios, fiscales y funcionarios se cruzan- y no a lo que sucede en sus márgenes.

Saca cuentas alegres, por supuesto, una derecha extrema que nunca quiso  una Convención, se jugó por su rechazo y entiende que su misión es minarla. Cree haber encontrado en esta debacle el regalo último para hacer carne ese dudoso negacionismo filosófico-político que les indica que es posible vivir con un pacto social arruinado. No es casual que dicho sector que se encuentre sumido en la irrelevancia.

De la LdP, ya no queda mucho, pero lo que queda es lo único que realmente importa de ella:   23 -o para ser realistas 22- constituyentes a los que, junto a sus pares, les queda aún un largo trecho por delante. Ellos importan, y no sólo por los votos que manejan en el camino a los 2/3. Importan porque hay ahí una mirada y un saber necesarios para una Constitución que sea verde, feminista e inclusiva. Importa porque sienta en el hemiciclo constituyentes a personas surgidas directamente del estallido, de lo que algunos llaman con sorna “octubrismo”, y que al margen de los gustos individuales, son parte ineludible de este proceso. Importan sobre todo porque aportaron a la CC una  diversidad de orígenes, trayectorias y miradas inédita en nuestra historia, y al hacerlo con atribuyeron a  dotar a la Convención un bien escaso en estos días: legitimidad.

Saca cuentas alegres, por supuesto, una derecha extrema que nunca quiso  una Convención, se jugó por su rechazo y entiende que su misión es minarla. Cree haber encontrado en esta debacle el regalo último para hacer carne ese dudoso negacionismo filosófico-político que les indica que es posible vivir con un pacto social arruinado.

Difícil saber qué pasará hacia adelante con ese mundo ahora rebautizado Pueblo Constituyente. ¿Dónde y cómo encontrará expresión política? ¿Qué habrá aprendido del proceso?  En lo personal preferiría -aunque no haya votado por ellos ni piense hacerlo- que permanezcan en el nuevo ciclo, abollados, acostumbrados a la transigencia del diálogo, liberados ya de esa pretendida e improbable pureza. Espero que no sean esas mis propias cuentas alegres.

* Florencio Ceballos es sociólogo, reside en Canadá.

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