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Entrevista Canalla

15 de julio de 2022

¿Se tiñe el pelo Iván Torres? «Es más que nada para que las canas no se me pongan amarillas»

Son días de mucha metereología y de mucho metereólogo. Este hombre es el más emblemático y son sus días más estresantes del año. Aquí habla de sus ocupaciones, de la nieve, de la lluvia, del cambio climático, de acertar, de equivocarse, de la fama, del pelo teñido, de ojeras, de Camiroaga y de lo que es un buen clima.

Por

El cambio climático ha alterado a tal punto las cosas que incluso, por estos días, llegó a modificar la esencia del llamado Hombre del Tiempo: el metereólogo Iván Torres informa, agobiado, que se encuentra sin nada de tiempo. “Estoy a mil”, dice Torres, en un suspiro. ¿Por qué corre Iván Torres? “Tengo una consultora desde el año 1998”, avisa agitado. ¿Y qué hace ahí? “A diversas empresas les doy un pronóstico estratégico del tiempo”, explica a prisa. ¿Usted está bien? “Con mucha cosa”, responde, ido. ¿Qué más tiene? “La tele”, dice. “Hago clases en dos universidades”, añade. 

El tiempo corre, piensa, paradojalmente, Torres, y la nieve modifica las rutinas. Y entonces Torres, a esas empresas que lo consultan, previo canje, les vaticina la metereología a puertas cerradas. Les entrega las tendencias, climatología envasada, todo calculado con matemáticas. Y les anuncia, por ejemplo, que podría caer hielo sobre la siembra, que se van a helar los tomates. Guarden los tractores, advertirá. Y Torres corre de un temporal a otro. En fin. Ahora mira inspirado desde su ventana, en el corazón del Cajón del Maipo, y, como un chamán, el brujo de la lluvia, revela secamente.

-Lo dije.

-¿Qué?

-La nieve.

Y otra vez mira el cielo. Pero no está en un estado contemplativo, en una pausa lírica en mitad del invierno. Torres está a toda máquina, esto es trabajo. Hay personas que se encierran en una oficina y, con los pies en la tierra, discuten a gritos un presupuesto. Iván Torres trabaja a la inversa: cuando está sumamente ocupado su obligación es poner la cabeza en las nubes. 

-Todos decían que iba a nevar en el sector oriente de la capital…- revela lentamente.

-Así es.

-Y eso está bien. Se podía anunciar. Pero yo dije algo más…

Suspenso. Un primer plano a Iván Torres, por favor.

-¿Qué dijo usted?

-Nevará en el sector poniente- y la frase parece pronunciada por un Rambo, un fiero estudioso del frío que tal vez ya ha podido recoger imágenes de la nieve en San Bernardo, de la nieve en Puente Alto, de la nieve en zonas altas de Pudahuel. Tal vez ya ha visto, con el rabillo del ojo, a los noteros de matinal hundir el zapato en la nieve, para exhibir a la multitud una sensación congelada. Como sea, da la impresión que, en la intimidad, Torres celebrará la nieve poniente como un gol. El acierto del ocupado Hombre Sin Tiempo. 

-Es que, bueno, sobre los ochocientos metros se podía anunciar nieve- complementa con modestia táctica.

-¿Qué está pasando?- preguntamos abiertamente.

Es decir, por qué el clima se tornó tan desafiante. Por qué se ensancharon los espacios de la meteorología en los canales de televisión. Por qué a nadie le impactaría tanto si la próxima semana las temperaturas se empinan sobre los 30 grados. O bajo los 5 grados. Todo es aleatorio y por eso resulta natural ver a una persona desorientada y en mangas de camisa en mitad de una onda polar, o ver a alguien metido dentro de una parka justo cuando brillaba el sol.  

-¿Qué está pasando?- entonces repetimos.

Torres suelta aire. 

-Uf- bufa.

Y luego acota una sola  frase, el compendio de todo.

-Las cosas son cada vez menos previsibles.

-¿A qué apunta?

-Hoy los cambios son muy rápidos. Los fenómenos son cada vez más fuertes. 

-¿El cambio climático da mucho trabajo?

-Nos sorprende siempre, nos sorprende…

Por un instante pareciera que se queda fijamente mirando el vacío, como si el cambio climático se convirtiera en un monstruo, un gigante que pisotea predicciones. Pero no. El cambio climático también es un amigo. El cambio climático, de algún modo, le ha aumentado el sueldo. Es probable, fantasea el reportero,  que Iván Torres haya podido hacer una ampliación en su hogar gracias al cambio climático.

-Claro, en esta época los metereólogos estamos con mucho trabajo. Pasa en los inviernos. Nos toca fuerte.

-Usted está en todas partes…

-Me llaman mucho.

-¿Y este es un invierno a la antigua? ¿Volvió el invierno clásico?

-¿Cómo?

-Parece un invierno de los años ochenta…

-Es verdad. Tiene un aire a los de los ochenta…pero…

Y se detiene.

-¿Pero qué?

-Los inviernos de los años ochenta se regían por la Corriente del Niño. Este invierno se rige por la Corriente de la Niña.

El reportero comprende que estamos ante una conclusión inequívoca: sea como sea, los inviernos chilenos tienen un comportamiento infantil. Aún así, Iván Torres es un defensor del clima nacional.

-El clima chileno la lleva- sostiene con firmeza.

-¿Usted cree?

-¡Pero claro! Nuestro clima es un lujo. No vamos a tener extremos de calor, ni tampoco de frío. Y esos extremos sí pasan en Europa. Nunca tendremos huracanes o tornados, salvo algunos muy pequeños. Tenemos un buen clima. 

-¿Deberíamos estar orgullosos?

-O sea…

El reportero lo mira de frente e insiste:

-¿La sociedad chilena es climatológicamente mal agradecida?

-Sólo te puedo decir que Chile tiene un clima muy agradable.

Y su teléfono sigue sonando. Todos lo llaman para rasguñarle un vaticinio. “¿Aló?”, responderá a a una radio en vivo. “Mire”, argumenta, “habrá lluvia, baja temperatura, despeja en la tarde”, y corta.

La estrella se llama Iván

Iván Torres es un señor que tiene 60 años y que, cuando no estudia el cielo, estudia tranquilamente la tierra: el Hombre del Tiempo, en momentos desocupados, revisa las plantas de su casa.

-Es lo que me encanta. Me habría gustado ser agrónomo.

Su esposa es una mujer que comercializa infusiones herbales. Y él, entonces, fiscaliza la hierba. Parece que, cuando el clima está tranquilo, Torres se refugia en las hierbas; Si el clima se altera, Torres se refugia en la física. 

-Yo no soy un climatólogo.

-¿Qué es?

-Los metereólogos, en verdad, somos físico-matemáticos.

En Chile hay cerca de cien metereólogos. Los metereólogos, de hecho, comparten un chat y allí hacen chistes sobre truenos o vientos huracanados. En ese mundo, el acotado mundo social de la metereología, Iván Torres es una leyenda aplaudida, el Mick Jagger de los Chubascos, un referente, el inmortal Hombre del Tiempo, el que accede a las selfies en el supermercado. 

-¿La fama no lo ha envanecido?

-Si ha sido así no me he dado cuenta. Soy una persona normal. 

-Pero su fama es notoria. Trasciende el clima…

-¡Yo no me creo una estrella, amigo! Te diré algo: soy tímido.

-¿Usted?

-¡Parece raro, pero lo soy! 

Y lanza la frase de los famosos:

-Echo de menos eso de pasar desapercibido.

Y lanza otra frase de los famosos:

-Es lo más entretenido que nadie te conozca…

Acumula cuatro hijos y once mil pronósticos del tiempo. Pasó un año en la Antártica y allí vio morir a Villarroel, otro metereólogo, en un incendio. 

-Fue un año duro.

-¿Cómo fue vivir allí?

-Difícil. Me hice amigo de los rusos. Y de los chinos y de los uruguayos.

Los rusos le enseñaron la ciencia. Los chinos le enseñaron la filosofía. Los uruguayos le enseñaron los asados. Torres era, en ese tiempo, un soltero enigmático que llegó a la Antártica calzando unos Hush Puppies. Al cabo de los días ya obedecía las instrucciones y vagaba por la nieve midiendo el aire, palpando hielo. Nunca olvidó la muerte de Villarroel, asfixiado en el Módulo 2.

-Todo ese año conviví con eso…

Vino, posteriormente, la televisión. Un contrato adquirido por casualidad. Torres, de inmediato, deslumbra en TVN por su carisma y el dato prolijo. Ya lleva veintisiete años en el canal. Torres, con modestia, advierte que ha estado con las figuras más importantes del espectáculo.

-Todas- repite.

-¿Es verdad que tuvo una relación especial con Camiroaga?

Los ojos le brillan.

-Puta…

Hace una pausa.

-Ese huevón era distinto, era muy divertido- confiesa.

-¿Por qué?

-Piloteaba un avión…¿sabías?

-No…

-Y me llamaba y decía: “Iván…¿cómo estará el tiempo en la tarde? Voy a volar…”. Y yo le decía: “Si me decís quién será tu acompañante te digo cómo viene el clima”. Y así fue que me enteré de cada cosa…

-¿Qué información tiene?

-Sin comentarios.

Y cierra la boca.

Y luego la abre para sonreír.

-Disculpe, Iván, pero…¿es cierto que usted se ha puesto vanidoso en televisión?

-¿Yo?

-¿Qué lo llevó a teñirse el pelo? 

-Na, para no verme tan avejentado.

-Le queda muy bien, señor.

-Muchas gracias.

-¿Qué tono es?

-Mira, no sé el tono…pero no es negro.

-¿Es un café vivo?

-O sea, más que nada es para que las canas no se me pongan amarillas. Así se llama: “Disimulador de canas”.

-Un efecto muy logrado.

-Me lo hago cada veinte días. Como desde hace cuatro años.

Y Torres exhibe con naturalidad su peinado.

-¿Se ha hecho más cosas estéticas?

-Bueno- comenta con titubeos-…las ojeras…

-¿Se eliminó las ojeras?

-Es que toda la vida he tenido ojeras grandes. Entonces me hago un tratamiento para disminuir su color opaco. 

-También le ha quedado muy bien, señor.

-Gracias. Es para no parecer con un aspecto cansado. Lo hago cada tres meses.

-Y los resultados se notan. Usted se ve sin edad, señor.

-Es que mi señora es diez años más joven que yo, tengo que estar a la altura.

-¿Algún otro tratamiento?

-Bueno, no. La placa dental es naturalmente blanca.

Y el metereólogo Torres y el reportero, al unísono, sueltan una carcajada. Sin embargo, de modo sorpresivo, el reportero da un giro temático. Lo mira con gravedad y le lanza al rostro:

-¿Y qué pasa cuando se equivoca con una predicción climática, señor Torres? ¿Qué pasa con la gente que se moja porque en el anuncio del tiempo dijeron que estaría despejado? ¿O con la gente que salió con abrigo porque dijeron que habría viento helado, en lugar de ese maravilloso sol?

Y ahí Iván Torres deja de reír.

La verdad del buen tiempo

-Bueno, no tengo dramas con eso- asegura.

Parte del trabajo, insinúa.

Una señora, el otro día, le escribió desde Copiapó: 

“Señor Iván Torres: el día domingo anunció que aquí no iba a llover y llovió mucho”.

No lo han insultado, reconoce. En líneas generales suele acertar. Todo es veloz, llueve, se despeja, en un día neurótico pueden ocurrir cuatro estaciones. Y la prensa, por Dios, no es precisa con la terminología, fluye el chamullo. “Pido, por favor”, ruega Torres, “que en las facultades de periodismo se imparta un ramo de medioambiente”. 

Y opina, con metáforas, que el clima metereológico siempre varía, pero, a la vez, el clima político es el mismo de siempre:

-Los chilenos seguimos divididos.

Y entonces viene la pregunta fundamental:

-¿Cuándo se puede decir que hay buen tiempo?

Suele decirse que el buen tiempo es el sol, ojalá en exceso. Al fin Torres, de pronto, rompe el cánon. 

-Para mí el buen tiempo es con precipitaciones continuas, débil viento, y que no ocurran estragos- y ahí, en medio de un día con tanta meteorelogía, con los metereólogos liderando los rátings, Iván Torres, el Hombre del Tiempo y el Hombre Sin Tiempo, vuelve a todos sus trabajos. Y no para. Ya otra vez, ocupadísimo, va saltando de nube en nube.

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