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3 de Marzo de 2022

Sobrevivir la guerra a la distancia: El miedo y la rabia de tres ucranianas residentes en Chile

Imagen tomada a las afueras de la Embajada rusa en Vitacura el 24 de febrero. Crédito: Agencia Uno. Agencia Uno

Son cerca de 400 ucranianos y ucranianas que residen en Chile. De Santiago a Kiev, son más de 13.500 kilómetros. El miedo, la rabia, y el considerarse inútil, son sólo algunas de las cosas que estas personan sienten ante a una guerra que observan a la distancia, pero les parte el alma. Se conectan entre ellos, organizan protestas, y despiertan, cada mañana, pegados al teléfono, con la esperanza de recibir un mensaje de sus familiares que viven en la zona de combate.

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Inna Iakovlieva (37) recuerda cómo empezó todo. Allá, en Kiev, la capital ucraniana, eran alrededor de las 5 de la mañana, el 24 de febrero. Acá, en su departamento en Providencia, eran las 12 de la noche, por la diferencia horaria. Inna se encontraba pegada al televisor, viendo una de las tantas sesiones de la ONU previas al ataque. “Cuando llegó el turno de hablar de nuestro representante, él dijo que, lamentablemente, estábamos atrasados, porque exactamente hace 48 minutos habían comenzado los bombardeos”, relata.

Al instante, le vibró el teléfono. Era un mensaje de su hermana, que vive en Kiev. “Tengo miedo. Acá se escuchan cosas”, le dijo. Esa noche, el ejército ruso lanzó los primeros misiles a una serie de locaciones con infraestructura militar en la ciudad, despertando de súbito a la población, con los estruendos de la guerra.

Inna no lo podía creer. Llamó a su padre, que reside en Kharkiv, la segunda ciudad más poblada de Ucrania, con 1,5 millones de habitantes, y dónde ella pasó su infancia. Él le dijo que, junto a su hermano y ante los bombardeos, iban corriendo por las calles, buscando un refugio. Ambos sobrevivieron esa primera embestida, que sólo se ha intensificado con el pasar de las horas. Actualmente, tropas rusas combaten con la resistencia local, disputando cada metro cuadrado de asfalto.

Tras ese episodio inicial, padre e hijo sostuvieron una discusión acalorada. El hermano de Inna quería salir de Kharkiv: era un escenario demasiado peligroso para un adulto mayor. El hombre de 67 años, en cambio, quería quedarse, para proteger su casa y cuidar a sus mascotas. “Mi hermano le decía que estaba loco, que cómo puede decir eso si son un perro y un gato, que no importan”, cuenta Inna sobre su padre. No lo pudieron convencer y, hasta hoy, se encuentra en Kharkiv.

Inna en la Plaza de Kharkiv, en 2010. Crédito: Archivo Personal.

Inna dice que, desde ese fatídico 24 de febrero, no duerme antes de las 4 de la mañana. Es un insomnio repleto de angustia, mientras espera que sus familiares despierten, para preguntarles cómo pasaron la noche. Sólo cuando le contestan puede, finalmente, cerrar los ojos.

“Me cuentan de las explosiones, o si la noche estuvo tranquila. Son ese tipo de conversaciones, más que nada”, dice Inna. Aún se mantienen conectados, principalmente a través de Whatsapp. “Los llamo en especial cuando hay alguna noticia, como ahora, hace poco (el martes), que estaban bombardeando cerca de las calles donde vive mi papá” en Kharkiv.

Fotografía de la Plaza de Kharkiv al martes 1 de marzo. Imagen compartida por Inna Iakovlieva.

***

Inna vive en Chile desde 2010. Su vínculo con el país es su actual pareja, un chileno. Todo el resto de su familia está en Ucrania. Inna es traductora de inglés, pero acá, ha sido recepcionista y secretaria. Ahora, es “asistente de desarrollo profesional” en Red Salud.

“La situación me tiene mal. No puedo trabajar, no puedo concentrarme (…). Con suerte cocino algo”, señala, agregando que, no obstante, su jefa entiende por lo que está pasando. “Voy a tener que tomar una licencia psiquiátrica yo creo, porque no puedo cumplir mis funciones en el trabajo (…). Es pesado, porque todo el tiempo estás actualizando las noticias, para ver si hay algo nuevo, para ver dónde están bombardeando, y qué está pasando; cuántos mataron, si los rusos han tomado algún pueblo… Como que da miedo perderse de algo que pase”, resume.

A Inna le cuesta describir qué es exactamente lo que pasa por su cabeza. “Uno se siente cómodo, y ve películas de guerra, y pretende jugar con armas, qué se yo. Pero después, vivirlo, o que le pase a tus familiares, es grave…”.

Y es grave, además, porque el llamado es a movilizarse. Inna dice que su hermano, sin ser un militar profesional, fue a ofrecerse para luchar. Sin embargo, lo mandaron de vuelta a casa: todas las armas reservadas para civiles ya se habían entregado. Su hermana, médico de profesión, también ha pensado en viajar a la primera línea para cuidar heridos, e incluso cocinar a los soldados.

Inna no lo podía creer. Llamó a su padre, que reside en Kharkiv, la segunda ciudad más poblada de Ucrania, con 1,5 millones de habitantes, y dónde ella pasó su infancia. Él le dijo que, junto a su hermano y ante los bombardeos, iban corriendo por las calles, buscando un refugio.

“Pero ella no sabe cómo llegar (de forma segura a los lugares donde puede ofrecer sus servicios), porque no tiene auto, y es peligroso. Tú puedes salir a comprar pan o agua y te matan (…). Y caminando son como 50 minutos. ¿Cómo volvería a casa?”, se pregunta Inna.

Inna dice que tiene un primo que logró sumarse a la resistencia. “Le dieron un arma, y ayer lunes llamó a su madre, y le dijo que estaba protegiendo un objetivo estratégico”.

“Es complicado no poder ayudar a tus familiares en nada, sabiendo que quizás se les va a acabar la comida pronto, y tú acá puedes almorzar. Es que pueden tener plata, incluso efectivo, pero ¿dónde van a comprar? Si se está acabando todo. Y llevarles (comida) no se puede, porque tienen miedo de ser muertos en el camino, los choferes. No salen a trabajar”, asegura.

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“Yo no necesito que me consuelen”, dice Inna, con la voz entrecortada. Aunque tiene la contención de su pareja, afirma que ella es de “esas personas que, cuando tengo pena, no quiero que interfieran en mi espacio. Quiero que me dejen en paz, que no me hablen, porque me siento peor si me empiezan a consolar”.

Sus razones para rehuir del apoyo son estremecedoras. “No creo que sea la persona indicada que necesita eso, sino que la gente que de verdad está sufriendo los bombardeos, todos los días. Casi como que me da vergüenza de que a mí me traten de consolar, si yo estoy bien acá”, explica.

Inna dice que conectarse con otros ucranianos en Chile ha sido positivo, pero que es difícil contenerse mutuamente, “porque todos estamos en lo mismo”. Ejemplifica con una pregunta que, según ella, ha circulado por esos grupos: “¿Qué remedio puedo tomar para no volverme loca?”.

De todas formas, ella es una de las decenas de ucranianos que han asistido a las protestas frente a la Embajada de Rusia en Vitacura. Puntualmente, Inna fue el jueves de la semana pasada -cuando comenzó la invasión- y el sábado. Pero, para Inna, es un acto meramente simbólico.

“Una empieza a perder fe de si vale la pena ir a hacer algo, porque allá (en la Embajada) no sale nadie, ya pusieron esa barrera y no podemos acercarnos”, comenta. Inna se quiebra. “Una pierde un poco la fe de que esto pueda aportar de alguna manera”.

Según la Embajada de Ucrania en Chile, son cerca de 400 los ciudadanos de ese país que residen acá. Asimismo, y sin entregar una cifra exacta ante los requerimientos de The Clinic, estiman que entre un 90% y 95% son mujeres.

Imagen tomada a las afueras de la Embajada rusa en Vitacura el 24 de febrero. Crédito: Agencia Uno.

De esa primera protesta frente a la Embajada rusa, el 24 de febrero, Inna recuerda que los asistentes “se abrazaban y lloraban, porque era demasiado inesperado, y algo que no podíamos creer”. Ya el sábado, había “un poquito menos de lágrimas. Casi que nos vamos acostumbrando a esto”. Esa sorpresa y miedo inicial estaba transformándose en rabia. “Pero todos estaban mal, por supuesto”.

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Nadie predijo una invasión de este calibre, dice Inna. Por los pasados conflictos en el Donbass, la zona al oriente de Ucrania donde grupos separatistas prorrusos mantienen un control de facto, ella imaginaba que la guerra se limitaría a esas regiones.

Este pensamiento lo fundamenta en otro factor clave: al ser Ucrania un país que formó parte de la Unión Soviética, todavía existen muchos lazos culturales y familiares que los unen como pueblos. De hecho, tanto Inna como su difunta madre nacieron en Ucrania, pero cuando ésta era territorio soviético. Recuerda cómo, cuando tenía 6 años, “cambiamos de bandera, cambiamos de idioma, y cambiamos de plata”.

“Todos tienen familiares, y yo también, en Rusia. O amigos. Entonces, uno no se podía imaginar cómo un país donde viven familiares y amigos te va a atacar (…). Nadie sabía que iba a pasar porque, si no, claro, estaríamos todos preparados. Es terrible. Y como cobardes, lo hacen (la invasión) en la noche, cuando estaba durmiendo la gente”, dice, casi vociferando.

Inna prefiere no verbalizar el nombre de Vladimir Putin. Lo evita a toda costa. Considera que es un “demente”. Por eso, le afecta cuando ve gente que lo apoya, ya sea en Rusia u otros países. En redes sociales, por ejemplo, “si tú comentas, olvídate la cantidad de pendejos que vienen a opinar”, y agrega: “acá ya vi chilenos que lo apoyan”.

Cuando fue a la Embajada rusa, Inna se movilizó desde Providencia a Vitacura en micro. Llevaba un cartel que rezaba “Putin mata”, y lo iba exhibiendo por la calle. En ese viaje, un automovilista bajó la ventana, la miró fijo a los ojos, y le hizo un claro gesto de “no”, levantando un dedo de la mano, y moviéndolo de un lado para otro. Esa escena le quedó grabada en la memoria.

“Todos tienen familiares, y yo también, en Rusia. O amigos. Entonces, uno no se podía imaginar cómo un país donde viven familiares y amigos te va a atacar”, dice Inna.

Inna no ve una salida pronta al conflicto. Por una parte, dice que los ucranianos no se rendirán –“Ucrania no va a dejar de pelear hasta que maten a la última persona, yo creo”-, pero por otra, piensa que Rusia tampoco. “Entonces, yo no sé qué solución podría haber. La única solución es que lo manden a matar (a Putin)”, señala.

“Ojalá las sanciones nos ayuden, esperando que los rusos salgan a protestar, para demostrar algo. Todavía espero que todo ese país, con tantos millones de personas, pueda hacer algo contra una sola persona (Putin). No lo entiendo, de verdad. Siento que son como esclavos. Tengo primos y tíos, de familias diferentes que viven allá. Y me dicen: ‘¿Qué podemos hacer? Nosotros vamos a la plaza y nos llevan presos’. Bueno, entonces ¡no hagas nada mientras nos matan!”, concluye.

Dasha: “Para mi familia no pude hacer literalmente nada”

Cuando Dária Gryshkó se presenta, dice que tiene 38 años. Inmediatamente se corrige, y asegura que tiene 39. “Estuve recién de cumpleaños, pero justo cayó en el inicio de la guerra, por eso se me fue”, explica.

Dasha -como la conocen sus cercanos- tiene una familia “bastante grande” que está dispersa por Ucrania. Algunos viven en la capital misma, otros en suburbios de Kiev, y otros en poblados más pequeños. Pero hasta el martes, sus dos hermanos y sus padres seguían en Kiev.

Durante la última semana, más de un millón de ucranianos han salido del país para escapar de la guerra, según datos de la ONU. Es el caso de dos primas de Dasha que, con sus hijos, lograron cruzar la frontera con Polonia el domingo pasado, para radicarse definitivamente en Alemania. “Los hombres las llevaron en autos hasta la frontera de Polonia con Ucrania. Ellos volvieron a Kiev, y las mujeres siguieron”, dice Dasha. Retornaron para defender la capital.

Los desplazamientos también son a nivel interno. Dasha tiene una tía que, al enterarse de los ataques el 24 de febrero, tomó rápidamente a los niños, un par de maletas, y abandonó su hogar en los suburbios de Kiev, para instalarse en un centro urbano más pequeño. Al poco tiempo, se fueron a otra parte. Es una constante común entre muchos ciudadanos: movilizarse de una ciudad a otra, evitando la amenazante y dúctil línea de combate.

***

Dasha vivió en Ucrania hasta 2011, cuando se fue a estudiar a Suecia, donde conoció a su actual marido, un chileno. Ambos terminaron sus estudios y se radicaron en Chile. “Pensábamos que iba a ser temporalmente, por dos años máximo, pero aquí nos quedamos por 10”. Dasha es madre. Tiene dos hijos, que nacieron en suelo chileno.

Dasha junto a su marido y dos hijos. Crédito: Archivo Personal.

“Al principio no entendí”, dice Dasha, al hacer un recuento de cómo vivió la madrugada del 24 de febrero. Como de costumbre, abrió Facebook, y se encontró con la publicación de una amiga que escribió “Ya empezó la guerra”. “Yo pensé que estaba exagerando. Como que no podía empezar la guerra. ¡Qué exageración, qué palabras tan fuertes!”, pensó en primera instancia.

Pero, uno a uno, fue leyendo los testimonios de otros conocidos, residentes de Ucrania, que comentaban cómo se habían despertado, a eso de las 4 ó 5 de la mañana, al son de las explosiones.

Dasha jamás pensó que el conflicto podía escalar tanto. En los días anteriores, “al llamar a mi familia, quizás para no estresarme, decían: ‘¡No! Está bien’. Y yo les decía que había soldados rusos concentrándose en la frontera. Y me respondían: ‘Pero eso mismo pasó el año pasado, y por alguna razón ningún medio lo estaba mostrando’”. Le hacían entender que esto era una situación normal. No fue así.

En general, Dasha dice que ha podido mantener un contacto regular con su núcleo familiar más cercano. Y tiene una rutina, al igual que Inna Iakovlieva. “Lo primero que hago cuando despierto en la mañana es escribirles y preguntarles si están bien, pero pueden estar ocupados y no me contestan de inmediato. Hasta que me contestan, no sé qué pensar”.

La comunicación es por Whatsapp y Skype, y cuando logra conectarse, lo que Dasha suele hacer es poner frente a la cámara a su hija menor, de dos años, que sus padres no conocen presencialmente, debido a las barreras para viajar que supuso la pandemia.

“Se las estoy mostrando, porque eso los anima. No hay muchas noticias buenas por allá, entonces, se relajan un poco cuando los llamo por Skype, y me ven con ella (su hija menor) jugando (…). Los llamo para saber que están bien, y para animarlos un poco mostrando a sus nietos”, dice. 

El miedo y la rabia de tres ucranianas residentes en Chile
Dasha junto a su marido y sus padres ucranianos, Natalia y Petro. Crédito: Archivo Personal.

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Dasha es diseñadora gráfica, y actualmente trabaja en la renovación de un bar temático en Providencia. “Tengo dificultad para concentrarme. Me encuentro muy dispersa. Concentrarse en algo más de dos minutos es difícil”, asegura. Por lo mismo, adoptó la costumbre de ir escribiendo en una hoja cada avance, porque “en cualquier momento se me va qué estaba haciendo, ya sea diseñar un mueble, o algún detalle”. Su cabeza está en Ucrania.

Sus padres son adultos mayores, y Dasha les ofreció, hace exactamente dos semanas, traerlos a Chile. Incluso les dijo que les compraría los pasajes. “Hasta ahora están rechazando irse, porque dicen: ‘Vamos a proteger nuestra casa, porque no tenemos dónde ir’”. Ella les insiste con que en Chile estarán a salvo, pero hacen oídos sordos. “Quieren quedarse a proteger lo que tienen”, apunta.

Dasha jamás pensó que el conflicto podía escalar tanto. En los días anteriores, “al llamar a mi familia, quizás para no estresarme, decían: ‘¡No! Está bien’. Y yo les decía que había soldados rusos concentrándose en la frontera. Y me respondían: ‘Pero eso mismo pasó el año pasado'”.

Dasha, además, quería traer a sus padres a Chile para que sus hermanos “no se tuviesen que preocupar por ellos y pudiesen hacer lo que fuese necesario (…). Ayudar en lo que puedan. Ahora, en cambio, se tienen que quedar cuidando a dos abuelitos”.

A pesar de todo, Dasha dice que ya no tiene “tanto miedo. De hecho, no sé por qué, pero no tengo miedo. El 24, cuando leí que empezó la guerra, tenía miedo”. Y es que, con el paso de los días, esa sensación se fundió en una pregunta, que se repetía a sí misma una y otra vez: “¿Qué puedo hacer, qué puedo hacer, qué puedo hacer?”.

“En algún momento, también me sentí inútil, cuando escribí a mis primas que trajeran a Chile a mis sobrinos; un niño de 7 años, y una niña de 14. Les dije que, si ellas no querían venir, yo organizo para traer (a los niños) acá. Los voy a cuidar hasta que esto se acabe. Ofrecí recibir a todos mis primos y sobrinos menores de edad, pero me dijeron que no. Al recibir el no, me sentí inútil. No pude hacer nada. No puedo hacer nada por ellos. Puedo donar plata, hablar de Ucrania, invitar a gente a apoyar, salir a protestar, pero, para mi familia como tal, no pude hacer literalmente nada”, señala.

Y sintetiza, con pesadumbre: “Esa sensación de ser inútil… No sé español tan bien como para encontrar una palabra para describirlo”.

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Dasha participó el domingo pasado en una manifestación a las afueras de a la Embajada rusa y, ahí, se encontró con un grupo de amigos rusos, quienes apoyaban la causa ucraniana. “Algunos (conocidos rusos) me escribieron para preguntarme cómo estaba mi familia, lamentando mucho todo lo que estaba pasando. Pero hay otros que no escriben nada, ni emiten opiniones, porque tienen sus negocios aquí (en Chile), y sus clientes principalmente son rusos y ucranianos. Entonces, al escribir alguna opinión fuerte, tomando posición en un bando u otro, significa perder a la mitad de su clientela, de una parte, u otra”, explica.

La comunidad ucraniana en Chile es unida, dice Dasha. Antes de la pandemia, se juntaban regularmente a compartir, “hacer asados y charlar”. Incluso surgió un club de lectura. Ahora, se organizan vía Telegram. Fue desde ahí que se convocó a otra manifestación, en la Embajada rusa, para el próximo domingo. Dasha fue la encargada de diseñar la pancarta con el llamado.

Además del miedo y la impotencia, Dasha dice que, a veces, siente rabia. Sobre todo, cuando ve los comentarios a los posts de sus amigos rusos, que apoyan a Ucrania en redes sociales. “Leí comentarios de compatriotas rusos llenos de rabia y de odio”, que encaraban a los otros rusos por alinearse con el bando ucraniano, tratándolos de “fascistas”. “Cada uno tiene su verdad. Ellos vivieron con sus noticias, con sus propagandas. Nosotros con las nuestras. Así se generó tanto grado de desentendimiento”, analiza.

No pude hacer nada. No puedo hacer nada por ellos. Puedo donar plata, hablar de Ucrania, invitar a gente a apoyar, salir a protestar, pero, para mi familia como tal, no pude hacer literalmente nada”, señala Dasha.

Como Inna, Dasha cree que los habitantes rusos podrían sacar a Putin del poder si dejasen de tener miedo. “No están acostumbrados a pelear como aquí en Chile, que no importa que les disparen”, dice, aludiendo al estallido social. Allá en Rusia, “huyen de la policía”, agrega. “Si la gente deja de tener miedo y empieza a salir (a las calles), quizás la oposición a Putin gana (las elecciones)”.

Nastya: “Todos me dijeron que no entendían por qué esto está pasando”

Por una de esas coincidencias de la vida, la madrugada del 24 de febrero, Nastya Basyuk (34) -diminutivo de Anastasiya- le preguntó a una amiga que vive en Kharkiv cómo estaban. “Y me dice: ¿Cómo sabes que recién despertamos por una explosión que escuchamos?”.

“Después abrí redes sociales, y vi que estaban atacando por Kiev, por Odessa, y por Kharkiv”, dice, con la voz quebrada. “Prendimos las noticias con mi esposo, y miramos hasta las 4 de la mañana (…). Estoy feliz de que nuestras tropas resistieron, que estaban preparadas y tenían tantas armas preparadas contra ese agresor”. Se toma un respiro, en un intento por calmarse, y con serenidad declara: “Hasta ahora siguen resistiendo”.

Nastya cuenta cómo, durante los tres primeros días de la invasión, “estábamos pegados a las noticias y a los teléfonos, revisando y llamando”. Y al igual que Inna y Dasha, vio su rutina alterada por una guerra que se libraba a más de 13.500 kilómetros de distancia, estando pegada a las redes, a las noticias, a recibir al menos un mensaje de sus seres queridos.

Nastya tiene una hija de 2 años. Todavía no habla, pero su madre dice que, de alguna u otra forma, está al tanto de la situación: “Antes podía jugar solita, pero ahora todo el tiempo pide atención (…). Siente que algo está pasando, y que nos alejamos emocionalmente de ella”.

“Si estás todo el tiempo encerrado viendo noticias; y además están exagerando, mostrando los momentos más terribles, es difícil mantener calma, el equilibrio, y una cabeza fría”. Nastya dice que recién el martes pudo “ordenar su vida” un poco. Y aunque ahora reconoce que se siente mejor, asegura que “no es fácil”.

El miedo y la rabia de tres ucranianas residentes en Chile
Nastya junto a su marido chileno y su hija, en Kiev, en septiembre de 2021. Crédito: Archivo Personal.

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Nastya nació en Donestk, la ciudad cercana a la frontera este de Ucrania, que es controlada de facto por los separatistas prorrusos. Ahí vivió durante 25 años. Luego se mudó a Kiev y conoció a su actual pareja, un chileno. Estuvieron en la capital algunos meses, hasta que se “complicó la situación”. “Comenzó el Maidán (las protestas antigubernamentales que sacudieron Ucrania en 2013 y 2014), anexaron Crimea, comenzaron conflictos en mi región, y él se devolvió a Chile”, recuerda.

Pero ella se quedó en Ucrania, esperando que sus padres pudiesen escapar de Donestk, la zona cero de la guerra. Finalmente, lograron emigrar hacia Alemania, donde vivía su hermana. Esto le permitió a Nastya radicarse en Santiago, con su marido, en 2015. Como sus padres y hermana están fuera de Ucrania, Nastya hoy se siente “un poquito más afortunada que el resto de los ucranianos que están aquí”.

Eso no significa que esté libre de preocupaciones: tiene una prima “muy cercana” que vive en la región de Donestk, con dos niños. El esposo de su prima es militar, y está “movilizado”. “Se fue el primer día de los ataques”, comenta. Nastya también tiene tíos y otros primos, a quienes intenta ubicar día a día, “especialmente a aquellos que están en ciudades grandes”. Dice que los que están en “pueblos chiquititos están más tranquilos, no tienen tantos problemas ni con comida ni con dinero”, ya que los ataques son menos frecuentes.

Sus padres, en tanto, “están ayudando a Ucrania desde Alemania, comprando medicamentos en farmacias y mandándolos con buses que viajan allá, y aceptando a la gente que llega. Hacen lo que pueden, porque ellos vivieron esa situación también”.

El miedo y la rabia de tres ucranianas residentes en Chile
Nastya junto a su hija y sus padres, Oleksandr y Tetiyana. Crédito: Archivo Personal.

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El 24 de febrero, Nastya se manifestó frente a la Embajada rusa en Vitacura. Ahí, vio a gente “muy decaída, sin ánimo. Muchos estaban con lágrimas en los ojos”. Ese primer día de la invasión, “fue un alivio conectarse con esa gente (ucranianos en Chile)”, porque se entendían mutuamente, con respecto a lo que estaban viviendo.

Nastya dice que la comunidad ucraniana en Chile ha logrado organizarse y coordinarse a través de grupos en Whatsapp y Telegram. Sostiene que las sensaciones han ido mutando, y que los ánimos se han recuperado “un poquito”, al ver que los soldados ucranianos lograban repeler, hasta cierto punto, el avance ruso. Y es que, a una semana del inicio del conflicto, Nastya sigue con “rabia y enojo”, pero también siente “orgullo por nuestro Ejército y por nuestra gente. Nadie esperaba que fueran a luchar así, tan fuerte y de manera gloriosa”.

“Si estás todo el tiempo encerrado viendo noticias; y además están exagerando, mostrando los momentos más terribles, es difícil mantener calma, el equilibrio, y una cabeza fría”. Nastya dice que recién el martes pudo “ordenar su vida” un poco. Y aunque ahora reconoce que se siente mejor, asegura que “no es fácil”.

Ahora, en los grupos de ucranianos, se discute cuál es la vía por la que podrían ayudar más, mientras se organizan para “seguir luchando contra los ataques de información”. El desmentir imágenes, relatos y fake news en redes sociales es “cansador”, dice Nastya. “Yo lo viví en 2014, porque yo era una chica de Donestk que vivía en Kiev, y constantemente tenía que luchar con mis amigos que estaban en Donestk, que los estaban bombardeando con los canales ideológicos de Rusia, igual que está pasando ahora”.

El miedo y la rabia de tres ucranianas residentes en Chile
Imagen tomada a las afueras de la Embajada rusa en Vitacura el 24 de febrero. Crédito: Agencia Uno.

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Nastya comenta que su experiencia con los chilenos, durante este conflicto, ha sido muy positiva, específicamente por todo el apoyo y cariño que ha recibido de parte de la familia de su esposo. “Me escriben todos, me llaman, me preguntan cómo está mi familia”. Los vecinos de su condominio también mostraron preocupación, y le enviaron mensajes de apoyo.

Un suceso que la conmovió fue cuando, en una plaza cerca de su hogar, donde suele llevar a su hija, se les acercó un grupo de niños que sabían de sus raíces ucranianas. “Todos me dijeron que tengamos fuerza, que lucháramos, y que no entendían por qué esto está pasando”.

Nastya también tiene amigos rusos que viven en Chile, los que llegaron a apoyar la causa ucraniana frente a la Embajada rusa. “Aquí no hay conflicto entre nosotros y muchos rusos. Hay muchos que entienden, quizás porque están en otro ambiente de información”, afirma.

Si uno le pregunta a Nastya qué espera del conflicto, se muestra optimista. “Tengo fe en nuestra gente. Veo cómo ellos luchan. Todavía no bajan el ánimo, ni ese espíritu de patriotismo (…). Para nosotros no es sólo ganar la guerra, es luchar por nuestra existencia como país y como ucranianos, con nuestra identidad”.

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