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Cosecha Propia

19 de mayo de 2022

Desnúdate y entra

Desnúdate y entra Patricio Vera

Betty Dodson fue la madre de Bodysex, un taller intensivo para trabajar en comunidad la masturbación como una forma de experimentar con el propio cuerpo, liberarse de la vergüenza y apropiarse del placer. Mis objetivos cuando asistí eran arrancar de una relación y abrir nuevos caminos a mi trabajo como sexóloga.

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“Desnúdate y entra”. Esas fueron las primeras palabras que escuché al llegar. “Le aposté a Betty que serías la primera. Te vas a certificar, ¿verdad?”, dijo Carlin Ross. La entrada era un pasillo con colgadores plateados, elegí uno y dejé mis pertenencias. Desde que en los años setenta se creara Bodysex, miles de personas habían realizado el mismo rito.

El pasillo llevaba a una sala grande y luminosa, con una alfombra suave, donde ahora había quince reposeras formando un círculo. Junto a cada silla había una bandeja con servilletas, agua, pañuelitos, implementos para la masturbación. Había también una pequeña biblioteca, y una chimenea con un altar con velas y dibujos de vulvas. En los muros colgaban cuadros pintados por Betty: retratos de su madre desnuda.

La maestra

Betty Dodson fue una sexóloga, maestra, artista visual, educadora, autora de libros como Sex for One: The Joy of Selfloving y Orgasms for Two: The Joy of Partnersex, y la madre de Bodysex, un taller intensivo para trabajar en comunidad la masturbación como una forma de experimentar con el propio cuerpo, liberarse de la vergüenza y apropiarse del placer.

En este mismo departamento espacioso de Madison Avenue, en Nueva York, durante los años setenta Betty comenzó a dirigir orgías junto a su ex pareja, Federico Dodson. Conversando un vodka con Betty, me enteré más tarde de que Andy Warhol iba a esas orgías. Pero a ella, lejos de seducirla el estrellato, le cargaba: “Sólo iba a sacar fotos del caos para después pintarlo”.

El pasillo llevaba a una sala grande y luminosa, con una alfombra suave, donde ahora había quince reposeras formando un círculo. Junto a cada silla había una bandeja con servilletas, agua, pañuelitos, implementos para la masturbación».

En esos años, Betty creó Bodysex, tanto para mujeres que gozan de su sexualidad y quieren aprender más a través de la experiencia compartida, como para aquellas que desean este goce, pero no saben cómo alcanzarlo. Y durante un par de décadas, hasta finales de los años ochenta, esta mujer deslenguada y feminista hizo de Bodysex su trinchera de lucha en contra de la culpa, la vergüenza, el miedo y el rechazo al propio cuerpo, enseñando a mujeres de todas las edades y de todos los rincones del mundo a amarse a sí mismas y a tener orgasmos mientras lo hacen. Luego se tomó un largo descanso y comenzó nuevamente hace diez años atrás, poco después de cumplir ochenta años.

Amor propio

Poco después de empezar esta nueva etapa de talleres, Betty conoció a Carlin Ross, la mujer que me abrió la puerta del departamento de Madison Avenue y me invitó a desnudarme. Era el año 2006, Carlin estaba casada y tenía una exitosa carrera como abogada en Wall Street, cuando, asistió por primera vez a un taller de Bodysex y decidió cambiar su vida. Dejó a su marido, renunció a su trabajo y se asoció con Betty, logrando ampliar el alcance de estos talleres, certificando a mujeres de todo el mundo que desean incorporarse al trabajo (y la comunidad) de Bodysex, replicando o adaptando estas experiencias a sus propios territorios.

El formato de los talleres sigue siendo el mismo. Quince mujeres desnudas, sentadas en círculo, se tocan a sí mismas y conversan íntimamente acerca de sus deseos y fragilidades (envidias, miedos, dudas). El círculo es un espacio protegido, de autocuidado y autoconocimiento, en donde explorar de manera segura la relación de cada una con su cuerpo, su vulva, su sexualidad, su deseo y su gozo. La masturbación es entendida aquí como un acto de amor propio y de afirmación de la autonomía del placer. 

Betty, como buena maestra, educa en arte, filosofía, historia, biología, emociones, al tiempo que enseña formas de tocarse y respirar. Las mujeres que participan aprenden juntas, se vinculan orgánicamente; sienten sus clítoris, observan los cambios en sus vulvas, buscan orgasmos de distintas maneras e intensidades, en cualquier estado en que se encuentren y con cualquier emoción que vaya apareciendo. Porque, como transmite Betty, para tener orgasmos no son necesarios estados o emociones específicas, puedes tocarte con pena, rabia, alegría, miedo.

El formato de los talleres sigue siendo el mismo. Quince mujeres desnudas, sentadas en círculo, se tocan a sí mismas y conversan íntimamente acerca de sus deseos y fragilidades (envidias, miedos, dudas). El círculo es un espacio protegido, de autocuidado y autoconocimiento, en donde explorar de manera segura la relación de cada una con su cuerpo».

Algunos de los objetivos del taller son superar la vergüenza, el rechazo hacia el propio cuerpo, el miedo a perder el control, la ansiedad por alcanzar el orgasmo que va en desmedro del disfrute de la excitación. Y de esta manera potenciar el placer.

Mis objetivos eran arrancar de una relación y abrir nuevos caminos a mi trabajo como sexóloga.

De regreso al cuerpo

Estaba pasando por un mal momento. Me sentía estancada, mi relación de pareja era tortuosa, tenía frío constantemente, jaquecas y dolores de guata. Necesitaba que algo muriera para que otra cosa pudiera nacer. Sabía que cualquier cambio debía empezar por el cuerpo. Y entonces, en un mismo día, aparecieron dos oportunidades extraordinarias. Mi amigo José Vidal, coreógrafo y bailarín, me invitó a unirme a su compañía de danza en un proyecto de creación a partir de La divina comedia de Dante. “¿Quieres volver a moverte? Tendrías que asistir a todos los ensayos, dejar al menos parte de tu consulta y acomodar los horarios. ¿Estás dispuesta? Piénsalo bien y me respondes…”

Yo no tenía nada que pensar. ¡A mis cuarenta años podría volver a bailar! Me subí al metro llorando de emoción. Y, cuando llegué a la casa, me esperaba un mail de Carlin Ross diciéndome que me aceptaban para ir a certificarme con Betty.

Había postulado meses atrás, después de conocer el trabajo de Bodysex a través de la terapeuta Almudena Martínez. Para mí era un sueño. Iría a Nueva York a tomar el taller de un fin de semana, pasaría algunos días más estudiando a solas con Betty y luego tendría que desarrollar una tesis que podría escribir en Chile.

La única traba era el dinero. El taller de dos días costaba mil doscientos dólares; una sesión individual, otros mil quinientos; y una semana de estudio intensivo con Betty, cuatro mil dólares más. A eso habría que sumarle dos viajes a Nueva York, para el taller y para la defensa de la tesis. Justo ahora que, por la danza, podría trabajar menos tiempo de manera remunerada. Era un lío. Tendría que pedirle (otro) crédito al banco. Pero eso no me desanimó. A pesar del esfuerzo económico que tendría que hacer, estaba feliz. 

Había postulado meses atrás, después de conocer el trabajo de Bodysex a través de la terapeuta Almudena Martínez. Para mí era un sueño. Iría a Nueva York a tomar el taller de un fin de semana, pasaría algunos días más estudiando a solas con Betty y luego tendría que desarrollar una tesis que podría escribir en Chile».

Cuando le conté a mi pareja de ese momento, su reacción fue hostil. En parte fue gracias a esa hostilidad que me atreví (¡al fin!) a dejar esa relación que no le aportaba nada bueno a mi vida. En cambio José Vidal me dijo lo orgulloso que se sentía de mí. En general, las personas que me conocen y me quieren bien, entendieron que esta era una oportunidad de crecimiento y de liberación, me felicitaron y se alegraron por mí.

Vestida con un labial

Después de que Carlin Ross me invitara a desnudarme me saqué la ropa, nerviosa. Para no  sentirme tan desnuda me dejé los aros y un collar rojos, y me pinté la boca con un labial Ruby Woo. Todo muy rojo, rojo sangre. Luego tomé mi cuaderno, un lápiz y una toalla cualquiera, y me dirigí, desde la sala de las sillas en círculo, hacia una habitación desde donde me estaban llamando.

Era el dormitorio de Betty. En un extremo estaba su cama; en el otro una mesa-escritorio y una repisa llena de libros. Ahí estaban mis dos anfitrionas, desnudas, sentadas cada una sobre una toalla. Betty, a sus 86 años, se veía espléndida, cómoda, contenta y llena de vitalidad. Imitándolas, doblé mi toalla y tomé una silla. No bien me hube sentado comenzaron a preguntarme por mi vida. Mucho más que detalles acerca de mi trabajo, mi maternidad, mis estudios o mi situación sentimental, querían saber cómo era yo y qué estaba haciendo ahí.

La psicoterapeuta Raffaella di Girólamo, autora de este texto testimonial. Crédito: Fernanda Ruiz.

El círculo de las vulvas

Contando a Betty y Carlin, ese fin de semana seríamos quince. Mujeres de diferentes tamaños, formas, razas, religiones, orientaciones sexuales y nacionalidades. Cada una con su motivación particular. Una mujer que jamás había visto su vulva, un hombre trans que venía a despedirse de la suya. La menor de las asistentes tenía 26 años; la mayor, 78. Los cinco continentes estaban representados. Nos unía la búsqueda de una sabiduría nueva y la sensación de que algo importante se había puesto en marcha ya.

Algunas más nerviosas que otras, todas pasamos por el “desnúdate y entra”, y, desde un inicio, sin trampas, fuimos entrando poco a poco en la desnudez. No había mucho detrás de qué esconderse. Al desnudarnos, no sólo nos quitábamos la ropa, también algunos mecanismos de defensa. El labial ya no era más que una mancha en los labios, los aros una extensión de la oreja y los tatuajes un fragmento de mi diario de vida expuesto para ser leído.

Algunas más nerviosas que otras, todas pasamos por el “desnúdate y entra”, y, desde un inicio, sin trampas, fuimos entrando poco a poco en la desnudez. No había mucho detrás de qué esconderse. Al desnudarnos, no sólo nos quitábamos la ropa, también algunos mecanismos de defensa».

Entre todas formamos un círculo, un espacio cerrado en el que compartir pensamientos, secretos, historias personales, traumas, deseos, búsquedas, anhelos de liberación y de placer. Nos sentamos, como nos indicó Betty, en la posición de la diosa: piernas cruzadas, espalda recta, tetas afuera. Y comenzamos con ejercicios de respiración para coordinar al grupo en un mismo ritmo. 

Recuerdo mirar fijamente una vela negra con forma de vulva que había traído la colorina a mi izquierda. Estaba encendida en una bandeja de plata ubicada en el centro del círculo, junto a las tradicionales velas blancas que Betty mantiene siempre encendidas, simbolizando la pureza y la sanación. 

Éramos completas extrañas, pero ahí estábamos, desnudas, comiendo frutillas y quesos, y conversando acerca de nuestras vidas privadas, de nuestros cuerpos y de los quiebres que nos habían llevado hasta allí.

Show and Tell

Después de entrar en confianza comenzamos uno de los rituales más importantes en Bodysex: Show and Tell (muestra y cuenta). Se trata de mirarse entre las piernas, mostrarse las vulvas y hablar de ellas, de sus distintos tamaños, formas, colores y estilos, ¡tan exquisitamente variados! Sólo eso, sólo reconocer que existe esta diversidad, es un santo remedio en contra de los sentimientos de vergüenza que muchas han estado cargando.

Con ayuda de un espejo redondo y de una lámpara, vamos reconociendo cada una de las partes de la vulva, mientras las demás miran. Betty caracteriza cada vulva basándose en dibujos del primer libro de Master y Johnson sobre la respuesta sexual: gótica, renacentista, moderna, barroca, acorazonada, y más. Cada una escoge un nombre especial para la suya. Ese día nació en mi cuerpo Anais, nombre asociado a la fertilidad, la prostitución sagrada, la sanación, la sabiduría, considerada Diosa de la Guerra.

Nos sentamos, como nos indicó Betty, en la posición de la diosa: piernas cruzadas, espalda recta, tetas afuera. Y comenzamos con ejercicios de respiración para coordinar al grupo en un mismo ritmo».

Durante este ejercicio algunas lloraron de emoción, otras sinceraron el rechazo que habían sentido siempre por sus vulvas. Cada vez que una decía algo incluso ligeramente negativo, espontáneamente otra lo contrarrestaba: “¡Qué gran clítoris!”, “¡Mira la textura de esos labios!”, “Forma un corazón perfecto”. “¡Ese tono rosa es increíble!” Incluso un trozo de papel higiénico pegado a los labios de Betty fue motivo de risa alegre: “¡Ay, qué bella, viene con regalo sorpresa!”.

Como gotas de agua

Quiero destacar a una persona en particular. Conversamos en la cocina mientras preparábamos la comida. Me dijo que quería pedirle perdón a mi país a través de mí. Poco después del golpe, había venido a Chile con un grupo de compañeros con la idea de luchar contra la dictadura militar. Llegaron a Punta Arenas. Pero no alcanzó a hacer nada parecido a una lucha, era tanta la violencia y tanto el miedo, que volvió antes de lo planeado a su casa en California. Me dijo que la culpa la había acompañado todos estos años, y que necesitaba decírmelo porque yo era la primera chilena con la que se cruzaba.

En el momento de mostrar nuestros genitales, ella se sentó al lado de Betty y comenzó a llorar. Sus labios eran como dos grandes gotas de agua. Durante años pensó que eran una malformación testicular. A pesar de la opinión de todos los médicos a los que había consultado, seguía sintiéndose deforme. Esto limitó su sexualidad hasta el punto de que, a sus más de setenta años, aún era virgen y nunca se había acariciado. Ahora había sido diagnosticada con un cáncer terminal y este era un acto de valentía ante la muerte.

Minutos antes de mostrarnos su vulva, había sido el turno de otra mujer con labios muy similares a los suyos, esta parecía perfectamente conforme con su vulva y en ningún momento cuestionó su forma. Cuando le tocó a ella, su llanto era de purga y de emoción por haber encontrado lo que buscaba. Quizás este alivio la ayudó a combatir su enfermedad, porque cuando le escribí para preguntarle si podía compartir su historia, me contó que su cáncer estaba en remisión.

Un recreo erótico

El segundo día volvimos a reunirnos en círculo y nos contamos cómo nos habíamos sentido después de la primera jornada. Casi todas describimos lo bien que habíamos dormido. Luego, Carlin nos hizo una demostración del orgasmo Rock and Roll: fantasía, respiración profunda y rítmica mientras se ejercitan los músculo del piso pélvico, y penetración vaginal con Barbell, una herramienta de acero inoxidable especialmente diseñada por Betty. 

Luego venía el plato de fondo: Erotic Recess, un ritual de masturbación grupal. Algunas utilizamos la mano; otras, los legendarios vibradores Magic Wand de Hitachi (siempre con condón). Estos herramientas estaban en las bandejitas a nuestro lado, junto con aceite de almendras, guantes, lubricantes y pañuelitos desechables, para cada necesidad personal. 

Uno de los aspectos más emocionantes de Erotic Recess fue la ola de orgasmos: cuando una mujer comenzaba a correrse y sus gemidos reverberaban a través del círculo, otra venía y luego otra, lo que resultaba en una fantástica armonía. Las mujeres suenan como diosas cuando tienen orgasmos reales. Una sensación de juego impregnaba la habitación. Era pura alegría. Y llanto y risa.

En ese círculo yo era la mujer a la izquierda, a la derecha y al frente de alguien. No podía dejar de tener orgasmos, antiguos y nuevos. Mi voz exclamó algo como “¡Oh, my God!”, creí yo que en voz baja, pero Carlin me dijo luego: “¡Sabía que serías una de las gritonas! ¡Gran gemidora!” Mis labios pintados de Ruby-Woo se fruncieron, perfectos y temblorosos, de placer y seguridad.

Uno de los aspectos más emocionantes de Erotic Recess fue la ola de orgasmos: cuando una mujer comenzaba a correrse y sus gemidos reverberaban a través del círculo, otra venía y luego otra, lo que resultaba en una fantástica armonía. Las mujeres suenan como diosas cuando tienen orgasmos reales».

Fue la primera vez que dediqué más de cinco horas sólo a masturbarme. No sentí ninguna ansiedad por el desempeño y tuve orgasmos de cuerpo entero. Descubrí que podía tener un orgasmo detrás de otro, y que, con cada nuevo orgasmo, mi cuerpo se sensibiliza un poco más, y más adentro. ¡Hasta que me salió sangre de narices!

Pero lo mejor de todo fue la oportunidad de observar la vida sexual de otras mujeres en acción, a través de un lente sin filtros. Vernos experimentar, gozar, sin buscar impresionar o seducir. Sencillo y a la vez intenso.

Esa noche nos fuimos todas de copas para cerrar el taller. Pero la experiencia no terminaría aún para mí, me quedaba una semana de trabajo a solas con Betty.

Estuve ahí, hice eso y conseguí la polera

Al otro día, Betty me esperaba desnuda, fumando y tomándose un café. Hablamos un rato de mi trabajo y luego ella me mostró sus álbumes de fotos, me contó historias sobre su vida y del nacimiento de Bodysex one on one (una a una). Me mostró cómo, con toda delicadeza, pide acceso al cuerpo de la mujer con la que trabaja, cómo la va guiando, confirmando paso a paso el consenso, enseñándole a tocarse y a sentir su cuerpo para entrar en el placer.

Me entregué en cuerpo y alma a la experiencia. Como dice la polera que me regaló ese día “I masturbated with Betty Dodson”; es decir, “Me masturbé con Betty Dodson”. Aunque en mi caso debería decir más bien: “Me masturbó Betty Dodson”.

Es tu turno, Raffaella

Después de tres días de trabajo, Betty me detuvo en mis preguntas y me dijo que quería saber más de mi trabajo. “¡Yo sólo enseño esto! Tú sabes más. Quiero que me hagas tu taller de sexualidad, ¿podrías? ¿Qué necesitas?” Ante mi sorpresa, le dije que sí. Le expliqué que se trataba de un taller sensorial, que a través de ejercicios corporales se va haciendo un recorrido de lo que la sexualidad ha significado para cada mujer a través de su historia de vida. Le hablé de Mirén Bustos, mi primera maestra, quien me formó como psicoterapeuta. Le dije ojalá pudieran venir más mujeres y que esta vez no tendrían que desnudarse. “Hecho, mañana a las 14 horas comenzamos”, respondió.

Al salir, agarré mi bici y volé a Brooklyn. Trabajé toda la noche traduciendo y preparando los materiales, y al día siguiente fui a comprar fruta, chocolate y pañuelos para vendar los ojos.

Todo resultó como era esperado. O mejor. Era el primer taller que hacía en inglés y Betty Dodson estaba ahí, confiando en mi trabajo, generosa, humilde, sorprendiéndose ante lo que para ella era nuevo. Cuando terminamos, me dijo: “Esta es tu tesis, debes unir Bodysex y tu taller. No los separes, has uno. No necesitas estudiar más, sabes mucho y eres una gran terapeuta”. Y después: “Quiero que festejemos.” Me llevó a la cocina y sirvió dos grandes vasos de vodka con jugo de naranja. Me sentía cerca de ella. “Te llevaré a mi lugar favorito”, dijo.

Un rito pagano

Entramos a un edificio, quinto piso, se abrieron las puertas. Dentro nos esperaban dos vodkas en un sauna coreano. Tomamos, nos  dimos baños de vapor y masajes a cuatro manos. Me pareció estar viviendo un rito pagano de iniciación.

Agradecí todo lo que podría llevarme a Chile de su taller; y ella, lo que yo podría aportar a la comunidad Bodysex. Estábamos conectadas más allá de las diferencias de edad, de experiencia de vida, de tipo de cuerpo, de lugar en el mundo, de momento vital. Nada importaba salvo quiénes éramos, qué nos gustaba, qué queríamos ofrecer y cómo nos podíamos apoyar. Estábamos unidas a través de nuestro poder sexual, de nuestros orgasmos y del deseo de educar y visibilizar lo que hacemos. Y lo más importante: las dos cuestionábamos cómo se debía ser mujer. A mí se me había olvidado, pero ella y su gente me lo recordaron. 

Entramos a un edificio, quinto piso, se abrieron las puertas. Dentro nos esperaban dos vodkas en un sauna coreano. Tomamos, nos  dimos baños de vapor y masajes a cuatro manos. Me pareció estar viviendo un rito pagano de iniciación».

Sabía que esta experiencia sería importante para mí, pero no sospechaba la magnitud. La adolescente volvía con fuerza. Por un momento, quise renunciar a mi vida en Chile y quedarme en Nueva York, la ciudad en donde todo era posible. La alternativa era abrir espacios de posibilidad en mi país. Elegí lo segundo. Volví a Chile, hice mi tesis con bibliografía de Wilhelm Reich, de Lacan, de Jung, pero también de varios chilenos como Carmen Cordero, Humberto Maturana y Francisco Varela. Volví a Nueva York a certificarme y hoy hago en Chile versiones de los talleres diseñados junto a Betty. No me arrepiento en absoluto de haber vuelto, siento que el trabajo que hago aquí es necesario y urgente.

Una fiesta sexuada

Unos años después, volví a encontrarme con Betty. Celebraba ella sus noventa años en Menla, cerca de Woodstock, en el estado de Nueva York. Al revisar la página web del lugar en donde sería el encuentro, vi que se trataba de un centro budista ubicado entre bosques y ríos, con una enorme biblioteca, grandes salones, cientos de animales, en el que se hacían retiros espirituales.

Me dio risa. Sabía que iba a haber acción. Habría BDSM, fucking machines, shibari, masajes tántricos, masturbación grupal. ¿Cómo cabía una fiesta de estas características en un lugar construido para el silencio, la meditación, la renuncia al deseo? Al menos la comida del huerto que prometía la página podría servirnos para la resaca. Y el paisaje era de fantasía.

Cada una mostraría sus talentos. A mí me tocaría hacer un taller sensorial a cuarenta mujeres de distintas partes del mundo. En el bus desde Nueva York me topé con dos invitadas, una venía de Israel, otra de Berlín. Las tres estábamos ansiosas. Yo tenía dos días para terminar de preparar mi taller. Llevaba todo lo necesario: vino tinto, membrillo, panes, quesos, imágenes de diosas, testimonios de la gente con la que he trabajado. Me sentía más segura que la primera vez: había incorporado en mí la lengua de Mirén Bustos y la sabiduría de Bodysex, haríamos ejercicios de Carmen Cordero que dominaba y tenía algunos años más de práctica; pero aún así estaba nerviosa.

La primera noche había una cena y luego una fiesta sexuada. Decidí no ir a la fiesta ya que quería estar en forma para el temazcal de la mañana. Creo que fui la única que durmió esa noche; todas, o casi todas, llegaron al temazcal trasnochadas, muy divertidas, y sin tener ni remota idea de qué era un temazcal. Betty se paseaba desnuda, fumando, lo que por cierto estaba prohibido.

La primera noche había una cena y luego una fiesta sexuada. Decidí no ir a la fiesta ya que quería estar en forma para el temazcal de la mañana. Creo que fui la única que durmió esa noche; todas, o casi todas, llegaron al temazcal trasnochadas, muy divertidas».

Dentro del temazcal, busqué un rincón húmedo y fresco;  sabiendo que el calor sería fuerte. Cuando por segunda vez entraron piedras calientes, algunas mujeres se fueron y otras entraron. En ese momento, se sentó a mi lado Kate. Cuando le tocó presentarse, dijo que necesitaba que su familia la aceptara como una mujer queer. Lloraba. Su tono de voz honesto me enamoró, no podía parar de mirarla, de escucharla. Decidí hablar sólo para que ella me mirara, y así fue. 

En los días que siguieron no nos separamos. Practicamos BDSM, bailamos, nos masturbamos, hicimos tantra, participamos en rituales de fuego, nos dibujaron, nos hicieron fotos, practicamos yoga, nos bañamos en el río. Nos besamos, nos abrazamos, nos enamoramos. De todos los amores que he tenido en mi vida, éste es uno que atesoro, y espero, sinceramente, volver a encontrarla.

¡Gracias, Betty!

Betty me vio y me mostró quién soy; reconoció mi trabajo y mi amor; me festejó; me ayudó a confiar en mí misma y en el mundo; me dio una comunidad de mujeres únicas, libres, generosas; me dio una familia que me cuida donde no hay cuentos de hadas ni adornos. Desde que la conocí mi vida no ha parado de mejorar. Tengo pacientes nuevas, de otros países; sigo bailando; mis hijos están bien, conmigo en casa; he podido hablar de esas cosas que me tenían atragantada, pongo límites a lo que me daña. Sí, aún me falta. Me falta el amor de pareja, que extraño, me cuesta aún la ansiedad. ¡Pero por suerte mi vida no está resuelta! Si aún falta es porque hay aventuras por delante.

Betty murió el 31 de octubre del 2020 a los 91 años. Este es mi pequeño homenaje a mi maestra y el testimonio de cómo un taller (un encuentro humano) nos puede cambiar la vida.

*Raffaella di Girólamo es psicoterapeuta, con posgrado en terapia de adultos y pareja. Magíster y asesora en Políticas Públicas. Facilitadora de Bodysex Chile y Sexual Stories Revealed. Realiza distintos talleres, especialmente de narrativa en traumas y abusos. IG: @raffadigi; @bodysexchile

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